Vamos a andar

El chicote en lugar de la ley

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viernes, 21 de diciembre de 2018 · 00:10

No fue cualquiera. Fue el Director de Juventudes del MAS de Santa Cruz (el señor Rolando Cuéllar), el que explicó hace pocos días a la prensa –con motivo de los disturbios producidos en el TED– que “cuando un hijo se porta mal su papá lo chicotea”. Un planteamiento que contradice toda visión humana y profunda de lo que es educar a los hijos, pero que se vuelve todavía más llamativa cuando sirve como punto de referencia para el comportamiento político del partido gobernante. ¿Creerá realmente el Sr. Cuéllar que con chicotazos se educa? Se amedrenta, sí; se atemoriza, probablemente: se domestica; pero de ninguna manera se educa. Claro que en muchas escuelas del país hay maestros –¡y maestras!– que comparten la visión del dirigente masista, pero cuando esa violencia se denuncia los maestros en cuestión son sancionados…

Y precisamente lo lamentable de este caso es que el Sr. Cuéllar no sólo no ha sido sancionado por su partido (¿será porque comparte su criterio?), sino que se le permite aplicarlo al campo político, al campo de las relaciones entre los diversos sectores de la sociedad civil. Se sabe que en 2017 amenazó con “tomar” (se supone que a chicotazos) el Colegio Médico de Santa Cruz, y que ya el 2008 había participado en el atentado a Unitel en Yacuiba. Cierto que un desubicado puede aparecer en cualquier lugar y momento, pero lo preocupante es que nadie, ni en su partido ni en el Gobierno, lo mande callar o al menos le llame la atención.

De hecho en Entre Ríos (Trópico de Cochabamba), hace tres meses una turba de 700 comunarios (la mayor parte borrachos) lincharon a un joven de 20 años y dejaron malherido a otro acusándolos de ser ladrones de vehículos. Por una parte no consta ninguna denuncia concreta de vehículo robado (así lo afirma la Policía, que por su parte intentó inútilmente calmar la violencia), pero aunque la hubiera, el supuesto delito tendría que haber sido probado (por la justicia, y no por una turba de borrachos). Y en todo caso semejante abuso de fuerza ha quedado impune (pese a que la familia del difunto ha solicitado investigación). ¿Que la justicia en nuestro país no es confiable? De acuerdo, pero entonces lo que tenemos que hacer es cambiar el sistema judicial, pero no aprobemos esa forma de hacer justicia, no repitamos la lógica del chicote…

Curiosamente nos enteramos por la prensa de que el diputado del MAS Henrry Cabrera (nada menos que presidente de la brigada parlamentaria de Cochabamba) golpea a su expareja, y no le pasa nada. ¿Será que también en las relaciones de pareja –¡o de expareja!– tiene validez la lógica del chicote?

Peor aún, nada menos que David Ramos (jefe de la bancada parlamentaria del MAS en Cochabamba), afirmó públicamente, con motivo de los conflictos suscitados en Shinaota cuando los diferentes partidos intentaban registrar a sus militantes, que “el Chapare y sus sindicatos son autónomos” y por tanto pueden echar a golpes a los representantes de partidos opositores que pretenden llenar sus libros… Para empezar esa autonomía no existe, pero aunque existiera no justificaría el uso de la violencia.

Repito: En cualquier parte puede aparecer un loco, un autoritario o un chicotero. Lo preocupante es que cuando aparece nadie le dice nada, ni las autoridades llamadas a hacerlo, ni los jefes políticos de esos actores. Da la impresión de que al cabo de 13 años de ejercicio del poder los compañeros del MAS se sienten tan aferrados a él, tan satisfechos por sus ventajas, tan temerosos de perderlas, que –consciente o inconscientemente– han decidido sustituir la democracia por el chicote, la participación social por el autoritarismo, el diálogo por la violencia. Pero la historia nos muestra que a la larga esas actitudes resultan contraproducentes, que más que miedo generan bronca, y que esa bronca tampoco tiene por qué ser racional (ni atenerse a informes económico-financieros o a obras realizadas); y que quien hace uso del chicote suele acabar chicoteado… ¡Ukhamau!

 

Rafael  Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba. 

 

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