Vamos a andar

El interminable drama de los y las migrantes

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viernes, 14 de septiembre de 2018 · 00:10

Resulta angustioso encontrarse en los noticieros de todos los días con el drama repetido de masas de personas que se han visto obligadas a dejar su lugar de origen y partir en busca de nuevos espacios donde puedan intentar sobrevivir. Barcos tan llenos que acaban naufragando, camiones repletos y camuflados, masas de peatones que sólo quieren escapar del hambre, de la guerra, del racismo, que sólo buscan poder sobrevivir, y que se encuentran con que nadie los quiere recibir. Y ahí vienen los dramáticos naufragios, las separaciones de madres e hijos, las escenas violentas, y la más desoladora incertidumbre…

¿Se puede pensar ante estas escenas que vivimos en un mundo humano? ¿No es la inhumanidad la que predomina, por lo menos en lo que tiene que ver con Estados y gobiernos y fuerzas del orden? ¿Acaso la historia del mundo no es una historia de migraciones más o menos masivas? Países como Portugal, España, Inglaterra, Francia, Bélgica, ¿no resolvieron sus grandes crisis históricas gracias a la emigración masiva de sus habitantes que se fueron a poblar otros continentes? Y, por cierto, acabaron adueñándose de las tierras que los acogieron —pandilla de inmigrantes ilegales disfrazados de conquistadores— y ahora se dan el lujo de cerrar las puertas a quienes pretenden seguir su viejo ejemplo…

¿O nos va hacer creer el señor Trump que él desciende del pueblo Navajo? Ni los países que para sobrevivir facilitaron la emigración de sus habitantes, ni los países que ahora se encuentran dominados por los descendientes de esos inmigrantes muestran la más mínima coherencia al cerrar ahora las fronteras a nuevos inmigrantes (más urgidos que los antiguos)…

Ahí está el drama cotidiano y ni la Organización de las Naciones Unidas muestra capacidad —ni vocación— para resolver el problema. Los Estados modernos, pese a sus supuestos avances democráticos, están resultando mucho más inhumanos que los Estados medievales y premodernos. Curiosa mente, con la excepción parcial de Alemania, cuyo gobierno ahora tiene que enfrentar el renacimiento del peor de los racismos, precisamente en contra de la aceptación (y el cuidado elemental) de nuevos contingentes de inmigrantes.

Es evidente que no se trata de un problema sencillo de resolver, pero está claro que la solución no pasa por la insensibilidad ni por la xenofobia…

Y en casa ¿qué tal andamos?

Se puede afirmar que mejor que en el promedio de países del mundo occidental, no sólo porque Bolivia siempre ha recibido inmigrantes y porque la xenofobia nunca ha sido una enfermedad nacional —además de que tenemos el privilegio de que todavía nos sobra territorio—, sino también porque nuestro actual gobierno ha tenido el coraje de proponer a todo el mundo el concepto de la “ciudadanía universal”. Claro que aquí no nos vienen masas de inmigrantes, pero los que vienen son bien recibidos (ahí están ahora, por ejemplo, los venezolanos y venezolanas que intentan vendernos sus arepas…).

Pero al mismo tiempo no podemos dejar de lamentar que con esa propuesta —la de ciudadanía universal— ha pasado algo parecido a lo que viene ocurriendo con otros novedosos conceptos como el de los “derechos de la Madre Tierra”, o el del “Vivir Bien”, y es que en la práctica no se los aplica. Y si no, miren ustedes lo que pasa con el servicio de Migración, que pareciera tener como primer objetivo el desanimar a ciudadanos y ciudadanas que vienen de otros países, y a quienes se carga de trámites y condiciones burocráticas, cuyos ingredientes, además, dependen del criterio de los funcionarios de turno, que parecen no haberse enterado del concepto de ciudadanía universal (además de que ni siquiera parecen seguir una normativa concreta)…

¿No se podrá hacer un pequeño esfuerzo, compañeros del Gobierno, para que por lo menos esta propuesta innovadora se haga realidad? Ya pues…

Rafael Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.

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