Rafael Puente

La inmadurez política de nuestra sociedad

viernes, 01 de noviembre de 2019 · 00:11

Las últimas elecciones fueron una muestra doble (y preocupante). Por una parte apareció una sociedad boliviana con posiciones políticas muy definidas y dispuesta a luchar por ellas, lo cual puede considerarse positivo. Pero por otra parte, esa misma sociedad ha mostrado también una preocupante incapacidad de diálogo y de busca pacífica de soluciones para los desacuerdos (que son normales y previsibles en una sociedad supuestamente democrática). Peor aún, en los 11 días que llevamos de conflicto han aparecido también expresiones y muestras de racismo discriminatorio -en ambos bandos- lo que hace doblemente difícil la llegada a un acuerdo.

Hemos visto muchas noticias realmente deprimentes, no tanto por el hecho de que no aparecen posibilidades prácticas de resolver el conflicto, sino por la absoluta falta de respeto entre diferentes sectores u organizaciones sociales y el uso indiscriminado de la violencia. Hemos visto en los noticiosos de Tv tremendos enfrentamientos con palos, piedras, cuchillos e incluso armas de fuego. Hemos visto la actuación de grupos violentos que siguen golpeando a un rival que se encuentra solo, herido y tirado en el suelo. Hemos visto una actitud de odio y descalificación del rival que crea grandes dificultades para cualquier tipo de diálogo, y de resolución de problemas.

En todos los noticiosos de los últimos días aparecían actitudes hostiles, amenazadoras y nada solidarias (entre ellas la llegada de mineros con dinamita, de cocaleros bloqueadores, de transportistas agresivos), lo que sumado a las actitudes y amenazas cargadas de odio, y discriminación nos hace ver que lo peor del actual conflicto no es la dificultad para llegar a un acuerdo, sino la certeza de que detrás de cualquier acuerdo subsisten el odio y la discriminación. Así no se construye un país.

Hemos vuelto a los peores tiempos y está quedando claro que en nuestro país sólo se puede respirar un ambiente de paz y tranquilidad cuando los desacuerdos ideológicos  y políticos son entre bandos desigualmente fuertes (de modo que el más débil no puede hacer otra cosa que someterse; sin pensar en diálogo ni en acuerdos socio-políticos). Cierto que en estos días ha habido también algo positivo, como ha sido la actitud serena de la Policía, que en la mayor parte de los casos (con alguna lamentable excepción) se ha limitado a defender el orden y a impedir las agresiones físicas entre los diferentes bandos; actitud que parecen haber asumido también los militares (tanto los jubilados como los que están en ejercicio). Dos actores centrales que podrían haber puesto las cosas mucho peor y a quienes debemos agradecer el cumplimiento de sus respectivas misiones constitucionales.

Pero nos falta mucho como sociedad democrática. Si nos agredimos así por unas elecciones (que por definición son coyunturales y pasajeras), ¿qué pasaría si estuvieran en juego otros elementos de carácter estratégico? Un problema electoral, por grave que sea, no justifica que haya jóvenes que han perdido los dedos de una mano, o un ojo, o la vida misma (como ha ocurrido con dos personas en Montero).

La cultura democrática, que parece ser lo que nos falta, consiste en asumir que en una determinada sociedad puede haber diferentes e incluso incompatibles posiciones políticas y que, por tanto, será importante definir cómo se manejan esas diferencias, y cómo se van resolviendo los problemas sin necesidad de golpear, de herir, y menos todavía de matar. Por tanto, la actidud de Gustavo Torrico, que pretende contener a los adversarios políticos con la advertencia de que pueden sufrir la muerte de sus hijos, es uno de los extremos a los que nunca deberíamos llegar…

Mucho más importante que definir quién ganó las elecciones o si debe haber segunda vuelta, o si las elecciones deben ser anuladas, es que adquiramos como sociedad la capacidad de disentir y de superar los desacuerdos sin necesidad de la fuerza física, y, menos aún, a costa de la vida de nadie.

¡Ajina kachun!

Rafael  Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.

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