Rafael Puente

¿Vocación de poder?

viernes, 27 de noviembre de 2020 · 00:11

La demo-cracia, tal como la inventaron los griegos, supone la aceptación y reconocimiento de la opinión y las decisiones de la mayoría. Cierto que a partir de la Revolución Francesa se inventaron como sujetos de la democracia a los partidos políticos, que en la práctica son una desgracia, ya que a fin de cuentas la democracia se concentra en las peleas e intereses partidarios, y donde la población mayoritaria queda al margen de la vida política real (es lo que algunos han dado en llamar “partidocracia”).

En países como el nuestro esto se ha vuelto parte esencial de la cultura política, pero además ha ido degenerando en la medida en que el ejercicio de cargos públicos desemboca en el aseguramiento y acumulación de ventajas y prebendas para quienes ejercen esos cargos. Y esto está saliendo a la vista ahora que se vienen las llamadas elecciones subnacionales. Lo normal y previsible sería que muy pocos ciudadanos y ciudadanas quieran asumir funciones públicas, que inevitablemente alteran y complican la vida personal y familiar de quienes asumen dichas funciones (incluidos los negocios, las empresas, las fuentes de trabajo, la tranquilidad de las familias).

Sin embargo no es así. Las peleas por asumir candidaturas están presentes en todos los partidos, hasta el extremo de generar contiendas internas, rupturas, creación de nuevas fuerzas políticas. No es creíble que la “vocación de servicio” lleve a esos extremos. Por supuesto no es Bolivia el único país donde se da este fenómeno, pero eso no sirve de consuelo. Es sorprendente que tanta gente tenga esa vocación de “servicio”, hasta el extremo de pelearse por ejercer cargos públicos…

La única explicación es que el ejercicio de un cargo público abre la posibilidad de disfrutar de ventajas (las que genera el poder), que con demasiada frecuencia son ventajas económicas (y por tanto ilegales). Y así nos va (en Bolivia y en gran parte del mundo). Cuando el servicio público se convierte en fuente de privilegios y comodidades, deja de ser un “servicio”. Y así nos podemos explicar el funcionamiento real de la administración pública. Y la corrupción. En los hechos el horizonte no es mejorar la calidad de vida de la población (como suelen afirmar con unas y otras palabras los textos de propaganda política) sino garantizar el “disfrute” del poder por parte de las autoridades.

Hoy en Bolivia, el gobierno central parece asumido una posición coherente de servicio para todos. Arce y Choquehuanca afirman que no van a gobernar para tal o cual sector (afín al MAS) sino para toda la sociedad, sea cual fuera su inclinación político-partidaria. Esperemos que así sea. Pero falta que en el partido de gobierno se extienda la misma convicción. Por el momento nos encontramos con grupos masistas que no sólo desprecian los derechos de la gente de otros partidos o tendencias, sino que se están peleando entre sí, evidentemente por las ventajas que otorga la cercanía al poder.

No es una novedad, con mucha frecuencia hemos tenido ese tipo de tendencias en nuestros partidos políticos y en nuestras autoridades, pero no por eso debemos ser cómplices con nuestro silencio o desinterés político. Y este problema se agrava cuando se trata de elecciones subnacionales, de cargos locales, para empezar porque éstos son muy numerosos y por tanto más difíciles de controlar. Y lo único que podemos hacer es estar atentos: no podemos votar por quienes se pelean por candidaturas (es una muy mala señal), sino más bien por aquéllos a quienes haya que insistirles para que acepten ser candidatos. Si nos limitamos a mirar cómo los eventuales candidatos se pelean, estaremos cada vez peor.

Sabemos que dicho control es muy difícil, pero entonces después no nos lamentemos…

Amén.

Rafael Puente es miembro del  Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.

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