Rafael Puente

¿Otra vez la Chiquitania?

viernes, 20 de marzo de 2020 · 00:11

No salimos de la crisis ambiental (por incendios) de que fue víctima la Chiquitania y entramos en otra peor. Una región tan extensa y tan rica en recursos vegetales y animales, poblada por pueblos históricos con personalidad propia y con gran capacidad de control de su ecosistema, no deja de ser víctima de los peores atentados contra su integridad y contra su riqueza ecológica.

Para hablar sólo de problemas recientes, el penúltimo desastre fue la medida tomada por el presidente Evo Morales, cuando autorizó la tradicional quema de pastizales y bosques como forma de chaqueo para hacer más rentable la producción agrícola, tremendo error (que es el que vienen cometiendo desde hace decenios nuestros “colonizadores”, vale decir indígenas quechuas y aymaras que no tienen experiencia de manejo de zonas tropicales o boscosas). 

Se entiende que a primera vista el método parezca provechoso, por la rapidez con que permite convertir el bosque o la sabana en terreno de cultivo, pero después de ese primer aparente “buen resultado” el terreno queda empobrecido y su cultivo deja de ser rentable.

Pero además ese proceso de quema autorizada acaba generando, como era de temer, terribles incendios, cuyo daño va a tardar generaciones en superarse. Comprensible que la mayoría de nuestros presidentes -a fin de cuentas collas (con excepción de Banzer, que resultó peor que los collas)- en el fondo se comportan como colonizadores y, por supuesto, eso tenía que mostrarse también en el caso de Evo Morales, típico “colonizador”. 

Pero cuando asume la Presidencia la señora Jeanine Añez, que además de mujer es camba y, por tanto, cabía la esperanza de que tuviera criterios ambientales más sanos a la hora de tratar la Chiquitania, nos encontramos con que su comportamiento es todavía más ecocida.

Efectivamente, la presidenta Añez resulta continuadora de las políticas de su antecesor Evo Morales y está entregando la Chiquitania a los agroindustriales para la producción de soya transgénica, sacrificando una vez más a la “Madre Tierra” en beneficio de esos agroindustriales. Cierto que habrá cosechas sumamente rentables de soya, pero transgénica, lo cual genera daños de largo plazo a los terrenos, pero además con la producción de una soya poco saludable.

Queda claro que el poder es dañino para quien lo ejerce. Lo mismo el varón colla (supuestamente de izquierda) que la mujer camba (confesamente de derecha) antepone las momentáneas ventajas de una cosecha a la conservación transgeneracional de una naturaleza sana y productiva.

Ya se ha vuelto tradición este afán de depredar el medioambiente, supuestamente para incrementar ganancias. Por supuesto no es ésta la única desgracia para la Madre Tierra; es peor todavía la exploración de gas o petróleo en parques nacionales, como es peor la autorización (o vista gorda) para la instalación de empresas mineras en nada menos que en el Illimani o en pleno río Amazonas.

Y hablando del momento actual, ¿no se han preguntado nuestros gobernantes si en medio de una naturaleza depredada no resulta mucho más fácil la expansión de un virus, como el que ahora nos amenaza? ¿Se creen de verdad que se puede simultanear la lucha contra el virus con la depredación de la naturaleza?

Cierto que Jeanine, a diferencia de Evo, nunca prometió anteponer los derechos de la Madre Tierra a los derechos humanos, pero no porque no lo haya prometido va a tener sentido que también ella colabore a la destrucción de esa Madre Tierra. Por supuesto, no es de los empresarios privados que vayamos a esperar una conducta diferente, pero de los gobiernos del Estado sí, tenemos el derecho de exigir que se hagan todos los esfuerzos para salvar a la naturaleza de los intereses de empresarios y colonizadores. ¿O no?

¿Y el pueblo chiquitano? Queda reducido a una posición pasiva. No tiene la opción de opinar, pero además está claro de antemano que su opinión no tiene ningún valor y, por supuesto, es la víctima principal de todo este angustioso proceso, inevitable consecuencia de la manera como se mandó al diablo al “Estado Plurinacional”… ¡Ojalá me equivoque!

Rafael  Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba. 

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