Rafael Puente

Que el coronavirus nos sirva para pensar

viernes, 17 de abril de 2020 · 00:12

La pandemia es universal y a estas alturas —aun cuando se encontrara la famosa vacuna, que sin duda sería una gran ayuda— el daño social y humano es irreversible. Hay una gran cantidad de gente que lleva un mes sin poder trabajar (ni alimentar a su familila). Hay un sinnúmero de empresas paralizadas, que cada vez tendrán mayores dificultades para pagar a sus empéados y obreros. Hay miles de personas que no pueden regresar (o ingresar) a su propio país. ¡Y hay adicionalmente —esto no era inevitable y sí resulta decepcionantemente inhumano— muchos miles de personas que sí han contraído el virus, pero que en vez de contar con la solidaridad social y del Estado lo que encuentran es marginación, aislamiento y abandono…!

Como tragedia universal probablemente es la más grave en la historia de la humanidad, y aunque los datos oficiales anuncian que está empezando lo que podemos llamar una paulatina desaceleración de la pandemia (hay países donde incluso se está probando el retorno de niños y niñas a la escuela), es todavía mucho lo que nos queda por sufrir, en términos de aislamiento e incomunicación, en términos de crisis económicas familiares y estatales, y en términos de graves quiebras empresariales. Y hoy por hoy lo único que cabe hacer es tener paciencia (y cuidarse, por supuesto).

Pero por lo menos aprovecharemos esta crisis, nunca vista, para pensar un poco. Hay ya numerosos análisis e informes, escritos por gente que sabe y piensa, que nos ayudan a entender que la pandemia del coronavirus no es una desgracia imprevisible (al estilo de un terremoto), sino que es el resultado de una forma concreta y desgraciada como la humanidad está tratando su propio planeta. Por el contrario, no paramos de saquear las riquezas del suelo y del subsuelo, no dejamos de contaminar la atmósfera, los ríos y los mares. 

Llevamos siglos en que un número cada vez menor, pero cada vez más poderoso e influyente, de empresas multinacionales viene poniendo el desarrollo de la ciencia al servicio de esos intereses transnacionales, y no somos conscientes de que estamos agotando la capacidad del planeta.

Es lo que algunos científicos llaman la “sobrecarga de la Tierra”, es decir que extraemos de ella más de lo que nos puede dar, la estamos haciendo perder el equilibrio, y la estamos exprimiendo al extremo de que ella empieza a liberar organismos patógenos como el ébola, o el dengue, o la chikungunya, o como el más universal y aterrador de todos ellos: el coronavirus.

Ya son cientos de miles de muertos en el planeta. Y nos encontramos con que el test confiable para confirmar a tiempo si una persona lo padece cuesta 140 dólares… ¡Y encima viene el presidente Trump y suspende la financiación a la Organización Mundial de la Salud!

A esto se añade en los estados débiles como el nuestro una especial incapacidad para responder a los dramas causados por la pandemia, incapacidad que en Bolivia resulta particularmente dolorosa. No hay hospitales suficientes, no hay personal de salud suficiente, no parece haber en cantidad suficiente las sustancias que pueden ayudar a enfrentar el virus (que por lo visto hace tiempo estaba presente en perros y gatos); ni el conocimiento técnico suficiente para hacerlo.

¿Aprenderemos la lección? No lo parece. Al menos en nuestro país el sistema de salud, empezando por el propio Ministerio, aparece desorientado e incapaz. El ministro saliente —dizque por razones personales— formula diagnósticos terroríficos sobre las perspectivas de la pandemia, pero él por si acaso renuncia. Y el gobierno no da muestras —pese a sus discursos oficiales— de poder fortalecer y reordenar el sistema de Salud.

 Nadie pretende milagros, la pandemia es superior a nuestras fuerzas —y a las del conjunto de estados del mundo—, pero por lo menos deberíamos ser capaces de ayudar a la gente que se encuentra en peligro, o que ya está claramente infectada, y ayudar no es sólo aconsejar, es posibilitar de manera práctica la disminución de la pandemia y el alivio de sus consecuencias… Amén.

Rafael  Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.

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