Rafael Puente

Nuestro deprimente sistema de salud

viernes, 3 de abril de 2020 · 00:08

La epidemia mundial del coronavirus es más fuerte que nosotros (como sociedad y como Estado) y nadie puede pedir milagros. En el mundo entero, empezando por los países ricos, todos se sienten amenazados e impotentes ante una epidemia que supera nuestros conocimientos y que probablemente es consecuencia de desastres ambientales acumulados y poco estudiados. En una situación así es injusto —además de poco realista— pedir que el Estado tenga ideas claras de cómo luchar contra ese virus, ni siquiera en Bolivia, donde las dimensiones del drama son menores (probablemente porque en nuestra siempre deficiente situación de salud se han ido desarrollando más anticuerpos que protegen a la población). Pero todos estos son datos de segunda importancia y posiblemente datos poco garantizados.

Lo que no se puede justificar es que el gobierno del Estado sea incapaz de organizar un mínimo de atención médica para las personas que empiezan a presentar síntomas. No puede ser que a la angustia de unos primeros síntomas (al margen de que después se confirme su gravedad), se sume la doble angustia de no saber a qué centro de salud se puede llevar a los pacientes. Y el botón de muestra más  esclarecedor es el de Richard Sandóval (ejecutivo de AXS, por tanto un hombre lleno de contactos y posibilidades), que es una de las recientes víctimas mortales de la pandemia.

Lo que se sabe es que primero lo llevaron de su casa a la Clínica del Sur (en La Paz) y que ahí se decidió derivarlo a otro hospital, al Hospital de la Portada, que resultó no tener el equipamiento adecuado, por lo que el paciente es derivado al hospital del Norte (en El Alto). Pero entre ser trasladado de un sitio a otro (y sin la medicación adecuada) el paciente muere…

Si esto ha ocurrido con un ejecutivo muy conocido y apreciado (y que contaba con todo el apoyo familiar y social que podía necesitar), nos podemos pregun­tar cuántos casos habrá de personas pobres, sin contactos institucionales y sin recursos económicos, a las que les ha ido igual o peor. Está bien que el Gobierno decrete el estado de emergencia que estamos viviendo y que se esmere por la multiplicación de barbijos y kits. Lo que no se puede entender es que el Gobierno no haya dejado claro públicamente cuáles son los centros de salud a los que se puede llevar a las personas que presentan signos preocupantes, como tampoco se puede entender que a estas alturas haya hospitales públicos que carecen del “equipamiento adecuado”, ni que puedan darse el lujo de rechazar pacientes.

Se dice también que varias clínicas privadas se negaron a atender a Richard Sandóval, pero cabe entender que algunas clínicas privadas se sientan incapaces de enfrentar una pandemia sorprendente como ésta. Pero los centros públicos de salud no pueden darse ese lujo. Y el gobierno, más allá de suspender actividades y restringir al mínimo la circulación de personas en calles, avenidas y centros de trabajo (cosa que también tiene sentido), tiene como responsabilidad central apoyar a los hospitales públicos e informar diariamente a la población sobre cuáles son los centros más adecuados y mejor dotados.

Sabemos que el sistema de salud fue mal manejado por los sucesivos gobiernos de Evo Morales (que ahora mismo aparece más preocupado por las elecciones que por la epidemia del coronavirus), pero en una crisis como ésta es imprescindible hacer los necesarios cambios presupuestarios para que la población pueda sentirse, ya que no segura, al menos mínimamente orientada.

¿O no lo cree usted así, Presidenta Jeanine? La muerte de Richard Sandóval desgraciadamente no es la única, pero es la más simbólica de lo abandonada que está la población boliviana en el campo de la salud. ¿Se puede imaginar qué nos pasaría si en Bolivia la pandemia del coronavirus tuviera las dimensiones que tiene en Italia o España? ¿Y ha pensado qué le podría explicar a la dolorida familia de Richard Sandóval? Espero que lo piense…

Rafael  Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.

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