Rafael Puente

El lado positivo de la cultura social boliviana

viernes, 3 de julio de 2020 · 01:10

En una anterior columna comentábamos el lado oscuro de nuestra cultura nacional, consistente en la facilidad con que pueden enfrentarse diferentes organizaciones sociales y en la facilidad con que se puede marginar e incluso ofender a determinados grupos (cosa que ha quedado tristemente a la vista en las circunstancias de la actual pandemia).

Pero no debemos perder de vista el otro lado —positivo— de esa caraterística, y es la clara tendencia cultural a organizarse, a expresarse y a movilizarse. Nadie podría afirmar que nuestra sociedad es pasiva, ni que tienda al individualismo. Es todo lo contrario, la tendencia dominante es a la organización, y la mayor parte de nuestras organizaciones sociales han nacido de las bases y no desde arriba. 

Es lo que muestra nuestra historia desde antes de la Independencia; es lo que explica los desencuentros con los ejércitos auxiliares que vinieron de la Argentina, y lo que explica la aparición de las republiquetas antes de que llegaran los ejércitos de Bolívar y Sucre. Y lo que modernamente explicará, por ejemplo, la conformación y la capacidad de la COB.

En este país nuestro, la mayor parte de la población se encuentra organizada, la organización es parte de nuestra cultura (al margen de los errores o inconsecuencias que pueda mostrar esa organización). Así se explica el papel que siempre han jugado en nuestra historia las organizaciones sociales, las diferentes organizaciones de pueblos indígenas (antes de que naciera la Csutcb, con el creativo liderazgo de Genaro Flores, había nada menos que nueve organizaciones campesino-indígenas que pretendían ser nacionales).

Lo que nos cuesta es lograr la unidad de los grupos organizados, pero precisamente esa dificultad nos está mostrando la tendencia a la organización (a partir de las diferentes realidades y problemáticas de nuestros pueblos y de sus diferentes sectores o clases sociales). Y esa es a la vez una de las explicaciones (además de la enorme variedad social y cultural que nos caracteriza) de que nos resulte difícil lograr la unidad de las diferentes organizaciones. Lo que por supuesto tiene consecuencias políticas.

Y ahora lo estamos viviendo: en plena pandemia, y pese a los decretos gubernamentales para que nos mantengamos aislados y “confinados” en nuestros domicilios, la gente se organiza y se moviliza incluso a costa de arriesgar su salud (y la de todos). Por supuesto, esto puede resultar lamentable, pero es que los rasgos culturales tienen siempre y en todas partes consecuencias positivas y consecuencias indeseables. Pero teniendo en cuenta esa dualidad (que simplemente es parte de la realidad), en conjunto no deja de ser satisfactorio pertenecer a una sociedad que no deja de organizarse, y de debatir diferencias, que no adopta posiciones pasivas (y, por tanto, obedientes).

En parte son estos rasgos los que explican nuestra historia, tan diferente de la historia de nuestros países vecinos, una historia llena de encuentros y desencuentros, de contradicciones e inconsecuencias (desgraciadamente también de tremendas pérdidas territoriales), pero llena al mismo tiempo de movilizaciones sociales, de participación social, de fracasos y de triunfos.

Un pueblo así es difícil de gobernar, incluso difícil de entender, pero también difícil de someter, y éste es el valor principal, el que les hace difícil la vida a los partidos políticos, y a la mayor parte de sus dirigentes. Por supuesto, estas características convierten a Bolivia en un país políticamente complicado (algunos dirían que inmanejable), pero a la vez hacen de él un país socialmente activo, capaz de renovarse y de readaptarse a nuevas situaciones, y esperemos que por eso mismo más capaz de superar dificultades, incluida la pandemia que actualmente padecemos, ¿o no lo cree usted?

 

Rafael Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (Cueca) de
Cochabamba.

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