Rafael Puente

La cultura del incendio

viernes, 18 de septiembre de 2020 · 00:11

Volvemos periódicamente a la suicida cultura de incendiar bosques, supuestamente para apostar por el desarrollo agropecuario. Pero quemando lo único que se logra es destruir la naturaleza. Cierto que en estos momentos se ha declarado una emergencia nacional por la constante extensión de los incendios, concretamente en la Chiquitania, y el gobierno acaba de abrogar un decreto supremo que en la práctica venía a permitir las quemas incontrolables. Es un poco tardía el tal decreto, pero peor sería nada.

En cambio sí es oportuna la propuesta de iniciarle un juicio a Evo Morales por ser autor —en todo caso responsable— de la promulgación de normas eco-cidas, concretamente la Ley 741 que aprueba la legalidad del “desmonte” en parcelas de 20 hectáreas, y también el Decreto Supremo 3973, que hizo posible la quema ecocida de cinco millones de hectáreas. ¿Será posible que la mayoría de diputados masistas apruebe estas propuestas del Ejecutivo? Ojalá.

Entendemos que hay de por medio un factor cultural, concretamente de los pueblos indígenas andinos, que con toda razón van comprobando que su producción agrícola en tierras altas resulta insuficiente —las tierras mismas (las cultivables) resultan insuficiente— y, por tanto, llevan varios decenios emigrando a tierras bajas, pero sin abandonar la cultura de tierras altas, y, por tanto, sin entender que para “desmontar” la selva lo que hay que hacer es quemarla, disparate total, en primer lugar porque lo que se arriesga —el descontrol del fuego, con terribles consecuencias— es quedarnos sin naturaleza; en segundo lugar porque en el mejor de los casos la tierra que ha sido objeto de quema pierde fertilidad.

Sin embargo, ya hemos comentado en otras ocasiones que tenemos ejemplos sumamente aleccionadores de un aprovechamiento sabio de las selvas tropicales, muy concretamente allá en Sapecho (Alto Beni, Norte de La Paz), donde se cultiva cacao aprovechando la selva pero sin liquidarla, haciendo que un mero desmonte manual (sin fuego y, por tanto, sin el riesgo de acabar con la selva natural) permita el cultivo de dicho producto tan apetecido, y además un cultivo permanente y de larga duración, ya que no se arrasa con las selvas ni con la capacidad productiva del suelo.

Pero los hermanos “colonizadores”, quechuas y aymaras, poco conocedores de las características de los bosques y selvas, insisten en meterles fuego y meterle cultivos intensivos, que agotan muy pronto esa tierra y obligan a seguir destruyendo los bosques nativos. Como era de temer, la llegada de un dirigente colonizador a la Presidencia del Estado Plurinacional (Evo Morales, natural de Orinoca, en el Altiplano orureño, pero emigrado al trópico de Cochabamba, donde llega a ser el máximo e indisutible dirigente cocalero) no ha servido para resolver el problema sino para agudizarlo.

Son muchos los territorios víctimas de esta “cultura”, pero de manera especial el territorio que más ha sufrido y en este momento está sufriendo es la Chiquitania, tierra de bosques fértiles y poblada por pueblos que tienen una ancestral cultura de lo que es vivir en ese tipo de territorios. Y en este momento ya no resulta “noticia” saber que sigue habiendo incendios en territorio chiquitano, porque se repite cada día, y que parece que los seguirá habiendo mientras quede algo que quemar.

Por tanto, nos alegramos de los nuevos decretos, aunque resulten tardíos, pero no nos hacemos la ilusión de que se cumplan. En toda una cultura la que está en juego, pero sería obligación de toda la ciudadanía, por supuesto, también de las mayorías de habitantes de ciudades y pueblos,  vigilar que esos decretos se cumplan. Lo que ya se ha perdido tardará decenios en recuperarse, pero al menos conservemos un recuerdo de lo que eran nuestros bosques chiquitanos. ¡Ajina kachun!

 

Rafael Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.

 

 

 


   

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