Cara o cruz

Evo Morales, el “desorientado”

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jueves, 26 de julio de 2018 · 00:12

Habría que entender bien la declaración del presidente Evo Morales cuando dijo que “no lo orientaron” adecuadamente hace “seis o siete años” en el tema de la salud. Y que por eso no sabía que “los hermanos” se enferman de cáncer y que carecen de tratamiento. También admitió que pudieron haberse construido más hospitales durante su gestión.

Es preocupante ver que el Presidente falta a la verdad. No es cierto lo que dice. No es que no lo “orientaron” y que por eso no construyó más centros de salud. La verdad es que él sabía todo eso. Y, pese a saberlo, no actuó en consecuencia, por una mezcla de tozudez y visión personal: pese a que miles de personas le decían que se preocupara de la salud, él insistía en construir canchas. Contra el sentido común y la lógica, afirmó que las canchas son mejores que los hospitales, puesto que la gente deja de enfermarse. Habría que preguntarle por qué él ha sido operado ya cinco veces (de la rodilla, dos; de la garganta, dos; del tabique nasal, una) en los últimos 12 años si es que juega tanto al fútbol.

Morales no puede decir que “no sabía” sobre temas de salud porque el tema está en debate permanente. Es conocido que al Presidente no le gusta leer (él mismo lo dijo), pero contó que sus asistentes le leen resúmenes de prensa. Y ahí, suponemos, estaban incluidos estos asuntos.

Pero hay más: Morales logró hacer expulsar del país al padre Mateo, un cura español que hacía campaña por el aumento del presupuesto para la salud. El mismo Morales comentó las acciones del sacerdote. Y hay todavía más: hace poco, en Santa Cruz, los enfermos de cáncer y los médicos subieron a la segunda planta del oncológico de esa ciudad y lograron captar la atención de Morales con gritos y pancartas. 

Y, finalmente, fue testigo de la protesta médica del año pasado. El mismo Morales expresó que deseaba que se realizara una cumbre para reorientar las políticas públicas de ese sector.

O sea que no es cierto que “no fue orientado”. Simplemente el Primer Mandatario no quiere admitir que se equivocó. Que construir canchas sin ton ni son sólo implica un desperdicio de dinero. Para no hablar de la planta de úrea que no funciona,  la fábrica de azúcar que no tiene caña, los aeropuertos sin pasajeros, los centros de alto rendimiento sin deportistas y los estadios sin público. Es la década desaprovechada.

Y el problema empeora porque él mismo no se da cuenta de su gravedad. Contó en un discurso reciente que mandó a arrestar a los miembros de la banda de sargentos porque sólo tocaban la diana cuando el equipo de la Escuela de Sargentos metía gol. Pero cuando él marcaba un tanto, la banda no tocaba. ¡Los hizo arrestar! Desde ese momento –reveló- existe la orden de que alguna banda toque cuando él y su equipo meten goles, pero no cuando lo hacen los contrarios.

Está bien que al Presidente no le guste leer, pero debería conocer la Constitución que les hizo aprobar a los bolivianos mediante referendo en 2009. Lo que hizo, al hacer arrestar a uniformados, contraviene al texto constitucional. Es una vergüenza. Demuestra, una vez más, su megalomanía.

El poder enferma, eso lo sabemos. Convierte a buenas personas en seres abusivos y autoritarios. Por eso es que la democracia intenta evitar aquello mediante equilibrios y alternancia en el poder.

Los dictadores que están mucho tiempo en el cargo pierden toda conexión con el sentido común. Robert Mugabe, por ejemplo, el exdictador de Zimbabue, quería ganar la lotería y nunca le salía el número ganador, obligó a sus asistentes a que ello cambiara. ¡Él lo merecía! Pues bien, el año 2000 ganó la lotería de su país. ¡Justo compró el boleto del premio mayor! Y se llevó los 100.000 dólares, muy campante, a su casa. Eso, aparte de asesinar opositores, robar la plata de su pueblo, mantenerse en el poder por décadas y denunciar al “imperialismo”. Otro ejemplo, ya para cerrar: el exdictador turcomano Saparmuarat Niyázov un día decidió prohibir el ballet y el teatro en su país, y mandó a arrestar a quienes tenía pelo largo y dientes de oro. Es que el poder enferma.

 

Raúl Peñaranda U. es periodista.

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