Raúl Peñaranda U.

Gas a ultramar, 17 años tarde

domingo, 30 de junio de 2019 · 00:10

Un asunto central de la discusión política y económica de principios de los años 2000 fue cómo organizar la industria del gas en Bolivia. Los sectores liberales, especialmente representados por los presidentes Jorge Tuto Quiroga y su sucesor, Gonzalo Sánchez de Lozada, insistían en la necesidad de exportar gas a los mercados de ultramar, especialmente México y Estados Unidos. Para ello se debía  realizar importantes inversiones para construir un gasoducto hacia un puerto peruano o chileno e instalar allí plantas de gas (para ser exportado en barcos, el Gas Natural Licuado –GNL– debe ser congelado y comprimido).

La idea de ambos era que no se podía depender solamente de dos países vecinos (Argentina y Brasil) para exportar el energético, y que los mercados de México y Estados Unidos eran enormemente más grandes. Su propuesta se basaba en diversificar las posibilidades de venta de nuestro producto más importante.

El gobierno de Carlos Mesa también apoyó la idea, pero específicamente enfocada a tender el gasoducto hacia Perú, para dotar gas al altiplano boliviano y entendiendo además que las tensiones históricas con Chile hacían difícil realizar las inversiones en ese país.

Las fuerzas sociales y políticas opositoras de entonces, entre las que se encontraban el MAS y otras, estuvieron en contra de la idea de que se pudiera usar un puerto chileno para hacer aquellas obras, pero en general rechazaron exportar el gas a ultramar, sea cual fuera el puerto utilizado. Evo Morales y Álvaro García Linera movilizaron a la opinión pública boliviana contra esa idea. 

Su futuro ministro de Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada, inventó el eslogan, interesante, pero hueco, que señalaba: “Ni Chile ni Perú, gas para Bolivia”. Yo debo admitir que dudaba en la opción de venta de gas por barco, pensando erradamente que los mercados de Brasil y Argentina servirían por un tiempo virtualmente indefinido. No era así.

El principio del fin del sistema político anterior fue precisamente la denominada “guerra del gas”. Las fuerzas progresistas de entonces vencieron el debate político e ideológico y posteriormente se cerró la discusión sobre la posible venta de GNL a ultramar. La estrategia del MAS, una vez llegado al poder, se basó en vender gas a Brasil y Argentina y aumentar los impuestos (proceso llamado “nacionalización”).

Los países vecinos, entre otras cosas para no depender del gas de los díscolos bolivianos, que hoy privatizan todo y mañana lo vuelven a nacionalizar, empezaron a construir esas plantas de regasificación de GNL. Brasil la instaló en Bahía, Chile, en Quintero, Argentina, en Bahía Blanca y Perú, en Melchorita. Excepto Chile, que sólo compra gas, los demás países usan esas plantas para exportar o importar gas de ultramar.

Pero la semana pasada ocurrió algo impensado. Evo Morales, dando una vuelta de 180 grados, y después de haberse opuesto a la exportación de gas a ultramar… ¡ahora la defiende como una idea positiva!

“Quiero decirles que hemos acordado construir un gasoducto a Ilo, océano Pacífico en Perú, para instalar otra planta de GNL, más conocido como congelar gas, y de ahí mandar gas a otros continentes, China o India”, dijo el mandatario.

Su medianía ideológica lo hace expresar que se exportaría el GNL a China o India, cuando esos países están cerca del Medio Oriente, Rusia o el sudeste asiático, donde están los grandes exportadores de gas. Así que pensar en venderlos gas a China e India es sólo una bobería más. Lo que no ha hecho Morales (jamás lo hará) es reconocer que estaba errado, que la idea de vender GNL del principio de los años 2000 era adecuada y que el país podría haber empezado ese proyecto hace 17 años.

El Presidente, en vez de haber desarrollado una política gasífera que no halló nuevos campos de gas y que en los hechos prácticamente está agotando los actuales, pudo haber pensado en alternativas que ayudaran de manera más eficiente en las tareas de exploración.

También pudo haber pensado antes en construir el gasoducto hacia Ilo, como lo propusieron sus antecesores, y exportar GNL a países de ultramar. No lo hizo. Ahora, ante la inminencia de la finalización de los contratos de gas con Argentina y Brasil y el riesgo de tener las arcas vacías, vuelca su mirada a lo que proponían sus “enemigos”. Para eso es la alternancia en el poder, para que los que tienen ideas fijas y obsesivas salgan de sus cargos y dejen paso a otras propuestas.

 

Raúl Peñaranda U. es periodista.

 

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