Raúl Peñaranda U.

El gobierno necesita un respirador

jueves, 21 de mayo de 2020 · 00:10

El gobierno necesita un respirador. Está falto de oxígeno, por causas externas, pero sobre todo por sus propios errores. Ha ido dando tumbos al tomar malas decisiones y no logra salir del remolino en el que se ha metido. Sólo para hablar del último mes, primero sufrió el escándalo por el uso de aviones del Estado para transporte de civiles, todos amigos de autoridades. Fue un claro ejemplo de uso indebido de bienes.

Las autoridades no terminaban de salir de esa polémica cuando se lanzaron, inficionados por el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, contra Rafael Quispe, uno de los políticos más populares de las clases medias. Por haber usado un vehículo oficial para ir a Yungas a hablar de la pandemia, lo acusaron de… uso indebido de bienes del Estado. Justo después del asunto de los aviones. La reacción fue tan fuerte que tuvieron que dar marcha atrás.

Luego el gobierno insistió con tres decretos supremos destinados a limitar la libertad de expresión, y gracias a ellos lograron detener a dos desconocidos agitadores masistas. Tras la polémica, esta vez también internacional, tuvieron que, otra vez, dar pie atrás.

Para salir un poco del entuerto se pusieron manos a la obra para desarrollar una campaña publicitaria por la llegada de los primeros 170 respiradores artificiales al país, tras largas seis semanas después de haber decretado la emergencia sanitaria. Con la mala suerte, para el Ejecutivo, que los aparatos no servían para uso de terapia intensiva. Si el asunto se hubiera aclarado a tiempo, no hubiera tenido los ribetes que al final alcanzó. Pero fueron los médicos quienes destaparon el asunto.

Hasta llegar al asunto del precio. Y la caída, como fichas de dominó, de numerosas autoridades, incluida la del Ministro de Salud. Hacer un negociado justo en la peor de la crisis de salud es algo que la ciudadanía difícilmente perdonará.

¿Por qué se mete esta gestión en tantos problemas? Quizás se deba a un vicio de origen: su llegada al poder fue fortuita y su mandato era muy claro: llamar a elecciones (y, después, enfrentar la pandemia). La Presidenta, al haber decidido ser candidata, deslegitimó su gobierno, le dio argumentos a la oposición masista, empeoró su imagen internacional e hizo que empezara a enredarse en crecientes polémicas con sus adversarios. Al ser una jugadora política más, tuvo que ingresar al lodo. Y así le ha ido.  

Como resultado de ello, el gobierno ha demostrado sectarismo. No manifestó interés por sumar fuerzas ni actores a su causa. Decenas o cientos de activistas y personalidades que ayudaron a la caída del gobierno anterior vieron, seguramente con desazón, que el Ejecutivo no hizo ademán ninguno en atraerlos.

 Se llenaron varios de los cargos de ministros, viceministros, presidentes de empresas estatales y otros con perfectos desconocidos, muchos de ellos corruptos y que nunca se habían opuesto al MAS; mientras que especialistas y profesionales que habían enfrentado a Evo se tuvieron que limitar a ver las noticias por TV.

El sectarismo ha ido todavía más lejos, como se demuestra en la acusación contra Quispe y el alcalde de Cochabamba, José María Leyes, que por un asunto menor tiene orden de aprehensión (nuevamente a solicitud de Murillo).

Ese sectarismo ha hecho que el gobierno persista en rechazar un acuerdo nacional y, por lo tanto, se ha alienado. No tiene aliados que lo puedan sacar de la situación de soledad en el que está. Los otros actores políticos, tras haber sido separados por los operadores del gobierno, se sienten hoy libres de lanzarse en picada. Incluso los empresarios han empezado a murmurar que el gobierno anterior les mostraba más interés. Así las cosas, difícilmente hallará el respirador que tanto necesita.

También su estrategia respecto al MAS ha sido errada. No desenmascaró ninguno de los grandes actos de corrupción anterior y se limitó a desempolvar una retórica agresiva y propia de la guerra fría, apelando a palabras como “sedición”, “actos subversivos”, “narco-guerrillas”, “terrorismo”, “castro-comunistas”.

El MAS estaba por los suelos en noviembre pasado, pero las acciones torpes y excesivas del actual gobierno (detenciones de personas, acusaciones, ultrajes) han ayudado a ese partido a reconfigurarse y unirse. Muchos de los votantes que seguramente se estaban alejando del partido de Morales, al ver tal arremetida contra sus símbolos y sus representantes, deben estar pensando seriamente en volver a votar por esa fuerza política. Si la estrategia de confrontación sirviera para debilitar al MAS, tendría sentido para el gobierno llevarla a cabo. Pero logra lo contrario.

No se vence a ese partido requisando camiones con fruta del Chapare ni anunciando que aviones de guerra irán al Trópico cochabambino, ni escribiendo cartas ilegibles a Morales. Se lo vence convenciendo a sus seguidores que el gobierno se preocupa por sus bases y las respeta. Eso, hasta ahora, no ha ocurrido.

Raúl Peñaranda U. es periodista.

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