La escaramuza

La madriguera de los curacas

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martes, 17 de octubre de 2017 · 00:00
Cuando el abogado del acusado de sustraer más de 35 millones de bolivianos del Banco Unión arguyó en defensa del ladronzuelo y otros personeros del banco que eran víctimas de los hechizos de un curaca, brujo de status ministerial, y que el delito era consecuencia de las artes malignas de las que se valía, la hilaridad hizo presa de propios y extraños. Esto no hubiera pasado por ninguna razón hace un poco más de una década. En esos tiempos no existían las condiciones para que semejante argumento sustituyera la rigurosidad de los criterios jurídicos en defensa o en contra de un ciudadano; hoy, sin embargo, hacen parte de las formas instituidas de entender la realidad. 
 
 Que un abogado defensor versado en las triquiñuelas del derecho penal pretenda deslindar responsabilidades basadas en ese criterio, sólo pone en evidencia el grado en que las instituciones, los discursos del poder y el sistema de referencias que toda sociedad cobija para guiar el comportamiento de los ciudadanos han alcanzado niveles alucinantes. Hemos pasado de la borrachera del poder al delirium tremens. 
 
 Si el defensor del ladronzuelo fuera cuestionado por cualquier profesional del rubro, sólo le bastaría recordarles que el segundo hombre de este país nos aseguró que "el sol se iba  a esconder y la luna se va iba escapar y que  todo sería una tristeza” si Evo perdía el referendo del 21F;  que el canciller encontró que las piedras tenían sexo; que un ministro consideró que más de medio millón de ciudadanos sólo suman 10 mil o que un alto funcionario de una institución corrupta se inventó un pueblo en un verdadero acto de magia negra, para apropiarse de los fondos de un proyecto. 
 
No cabe duda que estamos en la fase superior del proceso de cambio; la verdad se ha sustituida con la mentira; la realidad con el delirio, la soberanía con la ambición de dos poderosos.
 
 Si sólo se tratara de anécdotas casuales podrían incluso  caer simpáticas, el problema es que este tipo de prejuicios se han instalado como parámetros de la realidad nacional; peor aún, son los que guían los actos que el Estado despliega como políticas públicas. Cada uno de estos exabrupto conlleva una consecuencia que, en el concierto de sus alucinaciones, termina afectando algo o a alguien, o encubre un propósito oscuro, un acto doloso, un corrupto en acción... Al final, el precio de sus delirios los pagan los ciudadanos. 
 
 Ante los argumentos del abogado defensor del ladronzuelo de treinta y pico millones de bolivianos del Banco Unión –que se supone administra los dineros del pueblo – los propios masistas salieron –esta vez airados– a declarar su absoluta sorpresa. Como de costumbre, lo bañaron de improperios y pidieron que públicamente caiga sobre él y sus secuaces "todo el peso de la ley”. A  estas alturas, sin embargo, de nada sirven las airadas declaraciones publicas, porque ya comprendemos que semejantes absurdos son posibles sólo en el reino de los absurdos.
 
 De hecho, por radicales y amenazantes que resulten las críticas y apelaciones en favor de la "racionalidad”, sabemos que son únicamente artificios que intentan encubrir la inexorable realidad y esa realidad sugiere que ésta es la  manera masista de hacer política (si a eso podemos llamar política).
 
Hubo un tiempo –medieval, por cierto– en que los magos, los brujos y los encantadores creían poder hacerlo todo e infundían tal temor que nadie se atrevía a cuestionarlos. Esta configuración mental se ha apropiado del MAS. Convencidos de que los achachilas están de su lado, hacen lo que mejor les viene en gana y a la hora de explicarlo echan mano de todos los subterfugios posibles, incluidos los del más allá; empero, como el pueblo es sabio, percibimos, cada vez con más certeza, que esto no es más que la desesperación y el temor de los curacas en la madriguera del poder.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

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