La escaramuza

Los nuevos sublevados

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martes, 12 de diciembre de 2017 · 01:07

Los resultados de las últimas elecciones judiciales tuvieron la virtud de despertar un sentimiento democrático que en los últimos años estaba circunscrito a la ciudadanía adulta y a la clase política heredera del periodo de recuperación democrática (1982-2006). La dinámica política, tanto de la oposición como del oficialismo, se desarrollaba en torno a los parámetros centrados en un liderazgo, basado en los atributos carismáticos y/o las capacidades que el ciudadano reconocía en ellos. Las rígidas y siempre oscuras estructuras partidarias, correctamente designadas como “aparatos”, eran la esfera natural de acción política y la “militancia” (pertenencia a un partido) se reconocía como un acto de fidelidad a determinados principios, y lógicas piramidales, en las que el ciudadano encontraba la oportunidad de hacer “carrera política”.


 Toda la dinámica se sostenía en un conjunto de postulados que se daban por verdades inmutables.

Eran la ideología oficial del partido. Estos procedimientos alcanzaban diferentes grados de eficiencia en términos de participación y representación ciudadana. Constituían la forma natural de la lucha política. El “militante” reconocía un liderazgo y se identificaba con la posición ideológica que pregonaba de manera que los interlocutores eran claramente identificables. Los discursos ideológicos y el líder formaban las piezas claves del sistema político actuante.


 Hoy las cosas han cambiado. El súbito despertar a la vida política de una generación de jóvenes sin pasado ideológico ni militancia política ha trastocado los parámetros clásicos de “hacer política”. El régimen del MAS no tiene en frente “neoliberales” y sin esta pieza retórica su discurso se desploma por sí mismo. Los nuevos actores sociales no requieren una “conducción” pautada por criterios ideológicos para intervenir en las luchas políticas y los discursos estructurados ideológicamente no engranan con la percepción pragmática del poder que los caracteriza. 


 La participación es un acto “privado”, más allá de cualquier estructura organizativa formal y  los “discursos” del poder ya no se asumen como perspectivas inmutables. Las ideologías son fósiles del pasado reciente y la clásica confrontación entre las derechas y las izquierdas deviene en quimeras heroícas pero inútiles. El régimen en este orden de cosas perdió su categoría preferencial: ya no hay derecha a la que endilgarle el desastre.


 Por otro lado, no se trata ya del militante (otro resabio de épocas pretéritas), ellos son hombres y mujeres libres, mentes abiertas, vidas aceleradas, movilidad continua, preparación ininterrumpida y competitividad propia de una sociedad capitalista y moderna, no tienen nada que ver con las formas comunitarias de producción y menos con un “socialismo comunitario”. El “socialismo siglo XXI” es una quimera totalitaria frente a la cual ellos son su negación espontánea en la dialéctica de los opuestos.


 La inteligencia artificial ha sustituido los discursos del poder y ha posicionado la libertad, y los valores centrados en el ser humano y los derechos civiles como el fundamento de algo que no es un discurso ideológico, sino un dato de la cotidianidad que no están dispuestos a perder ni negociar. Todo el boaventuresco discurso del retorno a los orígenes se transforma, así, en un artificio de la imaginación filosófica sin valor práctico alguno. Del “socialismo del siglo XXI” pasamos de golpe y, sin previo aviso, al “humanismo del siglo XXI”, y esas sí  son buenas noticias.


Se trata –como puede verse– de un nuevo interlocutor frente al que los rebuscados argumentos de clase o etnia puestos de moda por el régimen del MAS no tienen el más mínimo efecto. El clásico “enemigo principal” de la doctrina leninista descansa en paz en el sector de celebridades del panteón de la historia.


Probablemente todo el accionar de este nuevo actor político cabe en el término “antipolítica ciudadana”, lo que significa que el MAS tiene ante sí un interlocutor con el que le será muy difícil entenderse, simplemente porque no logrará entenderlo nunca; hay entre ambos una diferencia cognitiva y una brecha epistemológica insalvable: el MAS se ha posesionado del pasado, este nuevo interlocutor en el futuro, los insurrectos jóvenes viven en línea, en tiempo real, no hay un solo punto de convergencia y son, en consecuencia, como el agua y el aceite; molecularmente incompatibles. 


Para ponerlo en breve sólo resta decir que el régimen está a punto de encontrar la horma de su zapato. Una insurrección de pañueletas rojas empieza a inundar las plazas y aunque los problemas del MAS acaban de empezar, y la batalla será dura y prolongada, de inicio tiene una ventaja comparativa en contra: no tiene idea del tamaño del enemigo.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

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