¿Qué pasó con el modelo?

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martes, 19 de septiembre de 2017 · 00:00
Una serie de conflictos en el epicentro de los movimientos campesinos, una retórica agotada y una emergencia de fuerzas sociales organizadas como plataformas, como grandes conglomerados de cibernautas o como organizaciones políticas y/o cívicas,  avizoran un quiebre de la monolítica estructura de poder que ostentó triunfante el MAS durante la última década. ¿Qué pasó con el modelo?

 Podríamos asumir con cierta ligereza que se trata de las expresiones normales de un desgaste político propio de tan prolongada permanencia en el poder y, sin duda, este elemento tiene que ver con su crisis actual; empero, no logra explicar eficientemente el fenómeno, pues en el fondo no pone en cuestión la permanencia de Evo Morales per se.

 En el caso de Achacachi es una querella entre un alcalde corrupto y una comunidad en la que hay más de un interesado en ocupar su lugar. Los municipios resultaron verdaderas minas de oro y, en consecuencia, verdaderos campos de batalla. La Federación de Asociaciones Municipales de Bolivia (FAM) dio a conocer, en 2007, que entre enero y agosto de ese año se cambió 80 alcaldes en toda Bolivia. Entre abril de 2010 y abril de 2012 fueron removidos  17 alcaldes. El problema mostraba contornos tan problemáticos que el Presidente Morales afirmó que las destituciones que no se sometan a "procesos judiciales” constituían "golpes de Estado”.

  Como se ve, no se trata de tensiones de orden ideológico, partidario, programático o lo que fuese, son disputas de naturaleza económica, juegos de poder en torno a disponibilidades monetarias y, en última instancia, la oportunidad de ingresar al campo de los grandes números. No debería extrañarnos desde el momento en que lo que en realidad anima estas disputas es la vocación natural de los hombres por disponer de una solvencia económica que le permita vivir mejor, sólo que lo que no parece estar claro en ellos es que esa posibilidad debe alcanzarse basada en la honestidad y no el latrocinio. 

Algo similar sucede con los cocaleros. El rechazo a la Ley de la Coca que beneficia a los productores del Chapare, por parte de los sembradores de la milenaria hoja asentados en los Yungas paceños, no es en el fondo una diputa entre la legalidad y la ilegalidad, o para ser más claros, entre la producción delincuencial, y la originaria y legal; es, en esencia, una lucha por el control de los mercados y los beneficios de su producción. Se ejecuta en el plano de la economía a pequeña y gran escala. 

 Si hipotéticamente se borrara a los cocaleros del Chapare del esquema productivo de esa mercancía, su lugar lo tomarían, gozosos y de inmediato, los actuales -y legalistas- productores yungueños, de eso no quepa duda. No podría ser de otra manera, en la medida en que se trata de un producto de la economía capitalista de mercado, tan sujeta a las leyes de la oferta y la demanda, como la mismísima Coca Cola.

Ni qué decir con instituciones como el Fondo Indígena. De 3.462 proyectos aprobados, por un monto de 1055.8 millones de bolivianos, sólo el 0,03% concluyó la inversión exitosamente.
 
Ingentes cantidades de dinero terminaron en cuentas privadas. El caso es emblemático, no por los increíbles montos que supuestamente se gestionaban en beneficio de los sectores indígenas de una manera absolutamente corrupta, sino, porque evidencia que en el fondo todos los dispositivos ideológicos, étnicos y culturales que servían de soporte argumentativo en beneficio de un modelo de "socialismo comunitario” nunca estuvieron allí.

El Estado refundado por el MAS como  "socialismo comunitario”, del que tanto se jactan los teóricos del MAS fue, en ese sentido, un proyecto fallido y terminó, como se sabe, en un capitalismo degrado por la corporativización de poderosos sectores económicos en alianza con una burguesía financiera y agroindustrial que estaba tan lejos de socializar la economía, como nosotros de la galaxia de Andrómeda.

Las crisis que hoy enfrenta el régimen no tienen un significado ideológico, ni siquiera propiamente político; es, de principio a fin, la emergencia de agentes económicos que aprovechan la alegoría "socialista” para consumar aspiraciones burguesas. Tampoco debiera extrañarnos en tanto y en cuanto son ciudadanos que aspiran una vida mejor en los marcos de una modernidad victoriosa, modernidad capitalista, en la que resulta legítimo añorar una vida de rico. La diferencia estriba en que para unos el camino es la honestidad y para otros la corrupción.

Desde esta perspectiva, el proceso de cambio, a expensas de un "socialismo comunitario”, no produjo un ciudadano diferente a cualquier otro en el mundo capitalista. Aquí y en New York los hombres quieren vivir bien. Hizo lo que hacen todas las economías pobres cuando sustituyen un agente económico por otro. Desplazó a los sectores mestizos, eternos beneficiarios de la nación e incorporó a los sectores indígenas eternos excluidos  de la nación. 

Y lo hizo bien. Lo hizo tan bien que ahora las potenciadas burguesías nacidas en el sexenio de Banzer, estas nuevas clases medias y estas "burguesías cholas” no tienen planeado cambiar la matriz de desarrollo capitalista vigente. Este resultado no previsto plantea la posibilidad de pensar que la crisis actual del régimen pone en evidencia el fracaso de un modelo estatal y de un proyecto de poder denominado socialismo comunitario. Todo lo que una década de gobierno dejo al país es un capitalismo renovado, nuevos agentes de la economía de mercado, nuevas tensiones entre sectores de la dinámica económica y nuevas expectativas en todos los segmentos de la sociedad nacional.  

Presenciamos el ocaso de un modelo de Estado y un proyecto político fallidos. No los venció el imperio, ni la derecha neoliberal, son víctimas del sino de los tiempos. Del inexorable influjo del capitalismo global y del advenimiento de una democracia social que ha dado pruebas por demás eficientes de ser, en todo y en sus partes, superior a cualquier experimento socialista.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

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