Racismo decadente

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martes, 23 de enero de 2018 · 00:04

La masiva protesta ciudadana exigiendo la abrogación del Código del Sistema Penal, por considerarlo atentatorio a los derechos y libertades ciudadanas, ha despertado en el Vicepresidente una suerte de cruzada racista.

 “A estos racistas, colonialistas, no les tenemos miedo”, manifestó desafiante ante en el XVII Congreso de las Bartolinas. “A unos cuantos karizos les vamos a derrotar, ellos no son mayoría”, amenazaba de forma airada, mientras mostraba algunos post de Facebook que, en todo caso, son, sin duda, una ínfima proporción de los miles de mensajes y memes que la ciudadanía publica en ésa y otras redes.

Se supone que como uno de los ideólogos del proyecto masista, todos sus esfuerzos tanto teóricos como prácticos debieran orientarse a integrar las diferentes culturas, etnias y razas en un proyecto plural y democrático, y no como sucede:  azuzar la llama de conflictos  raciales.

La hermenéutica discursiva de Linera consiste en asimilar toda forma de oposición a una categoría racial. De esta forma “algunos karitas” son los que marchan en contra de Evo Morales. Doble argucia, no sólo marchan los “karitas”, marchan las  clases medias, (nuevas, viejas, aimaras, quechuas, guaraníes, moxeñas, mestizas) burgueses, lumpen; todos, y no marchan contra el Presidente, marchan contra el Código Penal, y demandan respeto  por los resultados del 21F.

En realidad avivar sentimientos racistas de la manera en que lo hace el Vicepresidente  es una vieja estrategia destinada a encubrir -por la vía del miedo a un enfrentamiento fratricida- el hastío de una sociedad que ha decidido manifestar su absoluto desacuerdo con la manera en que, por 12 años, el MAS manejó este país como si se tratara de un feudo.

Diga lo que diga el Gobierno,  lo cierto es que la ciudadanía está cansada de un régimen que despilfarró ingentes cantidades de recursos económicos en una orgía de corrupción, de prebendalismo corporativo, en la egomanía transformada en política de Estado y en la construcción mediática  de un líder indígena que pudo pasar a la historia con las glorias de Bolívar, Sucre o el Mariscal Santa Cruz, y que decidió rifar su oportunidad tras los espejismos de un proyecto racializado, incapaz de reconocer una nación diversa y compleja que, sin muchas teorías y argumentos, se reconoce en la modernidad y no el pasado.

Los ciudadanos protestan porque perciben que sus mandatarios viven presos de sus propios prejuicios raciales.

Encadenados a los viejos esquemas de un marxismo aplazado en la historia, de pronto se encontraron con que todo el modelo estatal etnitizado (para utilizar las palabras de García Linera) sólo era una quimera que no encontraba punto de conexión con la realidad. Lo que tienen hoy en las calles, esas clases medias que tanto desprecia y combate el Vicepresidente, esos indígenas decepcionados de las mentiras gubernamentales, esos  migrantes aimaras, quechuas y de tierras bajas que hoy les dieron la espalda, son la nación que no pudieron, o que no quisieron ver. Apelar a la raza no es la mejor manera de redimir sus errores.

La inmensa mayoría de la sociedad boliviana –y esto se lo debemos al MNR y al MAS- comprende que el racismo y la discriminación son una lacra del pasado que debemos combatir, y superar. Pero ni el racismo ni la discriminación se superan racializando la política y discriminado al ciudadano de a pie, eso lo hizo Hitler y terminó como terminó.

Este súbito radicalismo gubernamental es, sin duda, una asonada de racismo decadente y constituye la negación más brutal y fragante de una plurinacionalidad y de una multiculturalidad que todos deseamos.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

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