Opinión

EVO, Mesa y unos cantos de sirena

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martes, 16 de octubre de 2018 · 00:08

Un precioso mito homérico relata que los antiguos marineros griegos eran seducidos y engañados por unas hermosas sirenas, cuyos cantos lograban que perdieran la razón. La expresión se utiliza metafóricamente para señalar un discurso elaborado con palabras agradables y convincentes, que esconden alguna seducción o engaño. Eso es exáctamente lo que encarna la presencia del MAS en el poder.

La esperanza de que Bolivia pudiera encontrar un tiempo nuevo en cuyos vericuetos los sistemas de representación reeditaran la presencia ciudadana que los partidos “tradicionales” habían perdido, encontró en el MAS y Evo Morales una vertiente de esperanza. Morales se erigía como el hombre que reinstalaba las aspiraciones del ciudadano de a pie, reconstruiría un país para los bolivianos sin distinciones odiosas. Poco tiempo se requirió para comprender que aquello no fue más que un canto de sirena, a la vuelta de la esquina la sombra de un régimen racista y doblemente discriminador se erigía como la ideología oficial. Pasamos del racismo y la discriminación criollo-mestiza, a una discriminación y racismo aymaracentrista. Los mestizos -dijo Linera- “no existen”. En el ambiente se respiraba un odio de razas que antes, si existía, nunca hirió de muerte la subjetividad social boliviana. Todos percibimos que invertir el sentido del racismo que acompañó la historia de nuestros pueblos no hacía del régimen un gobierno menos racista que los anteriores; de hecho, el boliviano común “sentía” que nunca como con Morales la sociedad se había vuelto efectivamente racista.

Cuando Morales tomó el poder, llegó acompañado de un halo de honestidad y credibilidad que lo animó a prometer un gobierno que por ninguna razón cometería los excesos que habían debilitado y finalmente sentenciando a muerte a todas las fuerzas políticas hasta ese momento vigentes. El sistema político “neoliberal” se vino abajo porque había perdido credibilidad salpicado de corrupción. Morales se erigía frente a esto como “la reserva moral del mundo”. Sus promesas -empero- se desmoronaron a menos de un año de gestión, cuando el todo poderoso Santos Ramírez, tercer hombre del MAS y alto dirigente del IPSP, cayó al descubrirse un negociado en YPFB, con un muerto de por medio. Una operación gansteril impensable desde la imagen que el régimen se empeñaba en difundir. Aquella corona de honestidad que Morales proclamaba al mundo se vino abajo para develar que todo el discurso moralista de su gobierno no era más que otro canto de sirena.

De la vorágine de atropellos, medias verdades y mentiras poco piadosas de las que echaba mano el régimen para justificar lo injustificable, nació la pregrina idea de que el pueblo se tragaba todo. A una sucesión infinita de errores, transgresiones, infidencias y corruptelas, le seguían una igualmente infinita sucesión de falsedades justificadoras, terminaron instalando en la subjetividad ciudadana la certeza de que el guía estratégico de todo esto no era García Linera, sino, más bien, Goebbels, el nazi. En el remate de este drama surrealista apareció la figura de una hermosa mujer que resultó ser la madre negada del hijo inexistente pero probablemente vivo del mismísimo presidente. Bastó aquello para que todos comprendiéramos que nos gobernaba la mentira. Para rematarla, la mejor carta del régimen, el juicio en La Haya, el mar y la mediterraneidad boliviana, resultó un escandaloso fracaso que terminó dándonos la certeza de que a trece años de gobierno, sólo tuvimos cantos de sirena.

Cuando la suma de todos estos enredos hizo aguas, el referéndum al que confiadamente convocó Morales, contraviniendo la seguridad que producen las borracheras de poder demasiado prolongadas, el pueblo le dijo NO. Los bolivianos nos percatamos súbitamente que el régimen había firmado su visa al pasado, y que han retornado las esperanzas de una Bolivia que se maneje como un país de verdad y no como un cato de coca.

Producto de este rosario de desencantos emerge Carlos Mesa, no sólo porque su imagen como estadista ensombrece la de Evo Morales, sino porque encarna el hastío de la ciudadanía ante un régimen como el de Morales. Encarna la honestidad y, sobre todo, porque su imagen habla de un país para todos, sin los odios que sembró Morales y menos del desprecio vicepresidencial por todo quien piensa diferente.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

Confidencial

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