La escaramuza

Bolsonaro: la Victoria de la Verdad

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miércoles, 31 de octubre de 2018 · 00:02

La victoria de Jair Bolsonaro ha suscitado  más incógnitas que certezas porque se impone a las fuerzas de “izquierda” agrupadas en torno al Partido de los Trabajadores, justo cuando, hace apenas unos pocos meses, Luiz Inácio Lula da Silva mostraba una clara ventaja. Se han esgrimido factores como la corrupción (motivo por el cual Lula está preso) el índice de criminalidad (se producen 27 asesinatos por hora en el Brasil actual) la inseguridad ciudadana (siete de las ciudades más peligrosas del mundo están en Brasil).

La crisis económica (el crecimiento del PIB en lo que va del año fue de apenas 1%) y el desempleo  que de 8%, hace cuatro años, creció al 12,1% el 2018. Pero con todo eso,  hace apenas seis meses atrás, antes del 7 de abril, fecha en que el exmandatario se entrega a la Policía, ante la inminencia de su detención, el poderoso Lula habría derrotado con amplia mayoría  (y a despecho de todos estos indicadores) a cualquier otro candidato.

En el curso de seis meses,  Bolsonaro llegó a conquistar el 45% de la preferencia de los votantes profesionales, el  25% de los ciudadanos más pobres (con menos de un salario mínimo por mes), el 51% de la clase media y el 55% de los estratos más pudientes. A pesar de haber proferido criterios inaceptables en contra de las mujeres brasileras, el apoyo de éstas  subió de 14% en agosto,  a más del 46% una semana antes de las elecciones.

Algo parecido pasó con los evangélicos brasileños (30% de la población total del Brasil), entre los cuales alcanzó 42% de preferencia. El 47% de los negros votó por Bolsonaro pese a su explícito desprecio por ellos; una proporción similar alcanzó en la comunidad LGBT que había ofendido hasta el escarnio. Habría que añadir que el 45% de la población brasilera es negra. Esto no lo detuvo, les dijo lo que de ellos pensaba.

La gran mayoría de los entendidos en política lo consideraron -con muchísima razón- casi un engendro del mal, una réplica tardía del fascismo. Se lo califica como ultraderechista y sin duda lo es. No quepa duda que es racista, misógino, neoliberal a ultranza y lo acompaña un currículo militar, descarnadamente afín a las dictaduras que asolaron el Brasil el siglo pasado. Pero le ganó a la izquierda populista pese a todo y contra todo pronóstico.

Lo que en realidad sucedió es que con Bolsonaro ganó la diferencia. No ganaron los indicadores económicos, ni sociales y menos políticos. Lo que definió el voto del brasilero de a pie fue la certeza de que más allá de los exabruptos, que sin ningún inconveniente profería el candidato, tenían en frente un hombre sincero y honesto. Ganó la  diferencia frente al espejismo populista siempre mentiroso y siempre corrupto. Lula y los del PT no pudieron frente a la honestidad de un hombre que dice lo que piensa por errado que sea.  Lo único que Bolsonaro no fustiga es la inteligencia de su pueblo.

Lo que hizo vencedor al adversario de Lula fue que era un candidato diferente. No necesitó de complicados estratagemas, ni verdades a medias, ni interpretaciones forzadas al límite del absurdo; era honesto y sincero, y eso era más que cualquier  discurso. Me refiero a esos discursos vacíos a los que nos tiene acostumbrado el populismo.

Pero lo que interesa en realidad es ponderar la nueva subjetividad social en los países bajo el jugo de caudillos populistas y en esa perspectiva cabría preguntarse si el apoyo a Carlos Mesa en Bolivia no obedece a los mismos mecanismos de resistencia, cansancio y desprecio por los regímenes que construyeron castillos de papel y los inundaron de corrupción.

A Bolsonaro o a Mesa podrán inculparlos de cualquier cosa, podrán presentarlos como rémoras del pasado, como alfiles del imperio, como demonios del neoliberalismo, pero con todo y eso son diferentes, no hay manera de equipararlos. Son como el agua y el vinagre. Frente al imperio de la demagogia sutil  ha levantado cabeza el imperio de la sensatez y el peso de la honestidad, probablemente por eso, los bolivianos preferimos al vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada antes que a  Evo Morales o García Linera.

Renzo Abruzzese es sociólogo

Confidencial

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