La escaramuza

Evo: entre la raza y la clase

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martes, 13 de noviembre de 2018 · 00:12

Si el apoyo ciudadano fuera únicamente el efecto de los medios, la habilidad de los actores,  la inteligencia estratégica y la disponibilidad de recursos financieros, Evo Morales tendría que obtener hoy en día una abrumadora mayoría, superior a cualquiera de las que obtuvo en el pasado. 

 Los datos y la propia percepción ciudadana muestran que esto no es así. Las clases medias le retiraron su apoyo y no pocos sectores indígena-campesinos hicieron lo mismo. El discurso indigenista sólo logró exacerbar las susceptibilidades de los ciudadanos urbanos y los segmentos más lúcidos del campo encuentran en ellos una deformación de la realidad.

 Los discursos del Vicepresidente, que denodadamente quiere mostrarse como un paladín de las reivindicaciones de raza, se asumen casi de inmediato como enunciados de corte fascista, al punto de que sus arrebatos lingüísticos le han restado  considerablemente el apoyo indígena e incrementado el odio mestizo.

 La sociedad en su conjunto percibió de inmediato que el cariz racial del régimen no correspondía a las expectativas que había creado el nuevo líder. Gran parte de los sectores medios, el mestizaje, segmentos campesinos asimilados a la vida urbana y la gran burguesía aliada a Evo terminó rápidamente percibiendo que el gobierno del MAS había racializado todo el espectro de la política, la cultura, la economía e intentaba  -en estricta obediencia del plan vicepresidencial- lavar el cerebro de los ciudadanos de una manera subliminal, deshonesta y equivocada.

El conjunto de la sociedad boliviana terminó así -a pocos años de instaurado el proceso de cambio- en una sociedad más racista que nunca. Algo falló en el diseño de poder con el que el IPSP-MAS se había munido para llegar a Palacio Quemado  y la falla consiste en creer que la raza hace más poder que las clases sociales.

 El fracaso de Evo Morales (que hoy parece cobrarle la factura) se debe, en síntesis, a que partió de un axioma equivocado, quiso transformar la sociedad boliviana considerando la raza como el eje ordenador, cuando en realidad todo proyecto de poder en Bolivia sólo es posible como un proyecto de clase.

 Ya en 2004, la Encuesta Nacional de Identidades Étnicas y Raciales había identificado que sólo 42,5% de la población aymara se consideraba indígena y 49% se declaraba mestiza. Entre los quechuas (etnia mayoritaria en Bolivia) sólo 14,6% se consideraba indígena y 69,7% mestiza, y cifras mayores encontramos en todas las principales etnias nacionales: todas, sin excepción, se identificaban más con la raza mestiza que con la indígena (datos de Rafael Loayza).

 Debe aclarase que la taxonomía especializada considera que Bolivia se compone de tres razas fundamentales: la indígena, la mestiza y la blanca, de y 36  etnias diferentes.

Bajo estas circunstancias, el retorno de una visión mestiza (que potenció a Carlos Mesa por encima de todos los otros candidatos, incluido Evo Morales) se percibe como un discurso que expresa mejor la realidad del país y su sociedad. Se ve “más moderno”, menos violento, más conciliador. El discurso masista, en cambio, se muestra amenazante porque colisiona con los intereses de clase que unen a los ciudadanos, más allá de sus características étnicas. 

Hoy en día, cuando observamos el retorno de prominentes mestizos que gozan de un inesperado respaldo ciudadano, ya nadie (excepto algunos masistas) repara en su color de piel. Lo que en verdad cuenta es quién representa mis intereses objetivos (salud, educación, trabajo, bienestar, etcétera) y no mis características raciales. En opinión de los ciudadanos, ya no me interesa si el precioso “cholet” que quisiera adquirir cualquiera de nosotros lo hizo Freddy Mamani o Gastón Ugalde.

 El MNR -que sin duda es la madre putativa del MAS- lo  hizo mejor, diseño un país para todos en la rasante de las clases sociales, al mejor estilo liberal que era y es el estilo de ser de las naciones modernas. Y no es que el escenario de las clases sociales borre las identidades culturales; al contrario, las afirma en el concierto de la libertad inherente a las naciones que heredaron el legado de la Revolución Francesa, Revolución que declara la igualdad universal de los hombres ante la ley y que sin muchos remilgos inventó la ciudadanía, imbatible enemiga del racismo.

 

Renzo Abruzzese es sociólogo.

Confidencial

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