La escaramuza

Populismo se escribe con sangre

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martes, 17 de julio de 2018 · 00:11

Los últimos años mostraron el declive de los populismos  latinoamericanos; sin embargo, el agotamiento del modelo que propiciaban ha tomado un curso inesperado. Se suponía que su vocación democrática derivaría en una consolidación de las democracias a más de cualificarlas por la vía de una mayor inclusión y vastos programas de justicia, y equidad social; empero, aunque estas variables fueron ampliamente trabajadas y los resultados son de alguna manera  evidentes, el curso que adoptaron resultó totalmente contrario al espíritu que eventualmente se había pensado: en vez de reproducir más democracia reprodujeron más dictadura.

En su fase de agotamiento. Los principios  que habían pregonado perdieron progresivamente los contenidos que se suponía los hacía diferentes. En el caso boliviano, todos los parámetros relacionados a la defensa de los recursos naturales, el respeto al medioambiente y los valores  indígenas, que hacían parte consustancial de su discurso emancipatorio, se desmoronaron estrepitosamente. El régimen que se había proclamado “la reserva moral del mundo” quedó resumido a un amplio y descarnado sistema de corrupción institucionalizado, y lo mismo sucedió en todos  los otros países.

 En comparación con los dramáticos tiempos de las dictaduras militares de los años 70 y 80, las cosas cambiaron sustancialmente. Los populismos tardíos latinoamericanos mostraron una tenaz capacidad de resistencia e incluso rearticulación que por momentos dio la imagen de una sostenibilidad inédita. Las dictaduras militares terminaron enfrentadas a la totalidad de la sociedad civil porque dieron por cierto que el enemigo interno era, finalmente, todo el que no tenía un grado militar.

Los regímenes del tipo Maduro, Morales o Lula muestran una inédita capacidad de resistencia porque la construcción de enemigos internos obedece a patrones desconocidos en la historia moderna de nuestras sociedades.  En el caso boliviano, el enemigo se cobija bajo el concepto de raza. 

Las estrategias represivas que implementan estos regímenes  también se han transformado. La transformación del Poder Judicial en un dispositivo parapolicial de carácter represivo, acompañado de una enorme cantidad de recursos subsidiarios, configuran una reorganización de los aparatos represivos de Estado, para los que las fuerzas democráticas no estaban preparadas. Acostumbradas a lidiar en los espacios propios de libertad y la institucionalidad jurídica y política, todas las fuerzas y las organizaciones políticas aún pecan de una  ingenuidad virginal que las transforman en presas fáciles de las dictaduras populistas. Esto paso acá y en los otros populismos latinoamericanos, y produjo las mismas formas de resistencia ciudadana.

Todo esto como se ve no es exclusivo de Bolivia. Los países que adoptaron este modelo siguieron un patrón de conducta política muy similar y generaron respuestas ciudadanas muy parecidas. Todos estos populismos pretenden eternizarse en el poder, todos se corrompieron con la misma velocidad, y, en su fase final, todos parecen optar por la violencia y el crimen político. 

Este panorama deja ver que así cómo lograron seducir a sus respectivas sociedades con el mismo discurso y mantenerse con los mismos oscuros artificios. Su salida, eventualmente, podría sujetarse a los mismos patrones de acción.  

 Basado en estos criterios, ¿alguien con dos dedos de frente podría imaginar un Evo Morales aceptando voluntaria y democráticamente los resultados del 21F? O, ¿un Álvaro García Linera armando una arenga sin destilar odio y racismo? Eso es prácticamente imposible. De hecho, todo deja ver que estos regímenes están decididos a escribir la historia de su derrota con mucha sangre de por medio, particularmente sangre joven. Lo que diseña un oscuro escenario de premoniciones que, dadas las características del régimen boliviano, es altamente posible de cumplirse.  En otras palabras, el curso natural de la epidemia populista podría estar irremediablemente condenado a teñirse de sangre.

 

 Renzo Abruzzese es sociólogo.

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