Renzo Abruzzese

Bolivia, la búsqueda de certidumbres

martes, 17 de diciembre de 2019 · 00:11

La certidumbre ha sido desde siempre el sentimiento más preciado de la humanidad. La especie humana quizá sea la única en cultivarlo de manera sistemática y lo aplica tanto a los actos individuales como a los colectivos. La búsqueda de la certidumbre es el señuelo de toda la acción humana. Su antónimo, la incertidumbre, en cambio, nos llena de temor, genera un espació de duda sistémica, preanuncia un final imprevisible y nos hace proclives al error, y la desesperación.

Después de casi 14 años de un régimen secante, marcado por la violencia en todas sus formas, y por la imposición totalitaria a los caprichos de un tirano, como fue Evo Morales, presenciamos un espacio de incertidumbre marcado por los desafíos del futuro.

Ahora sabemos con absoluta certeza que Morales es capaz de todo. Su infinita angurria de poder no tiene límites y todo indica que no dubitaría un minuto si por volver a Palacio Quemado tuviera que incendiar – como Nerón-  ciudades enteras. En la otra cara de la medalla está escrita en fuego la necesidad de restituir la libertad y la democracia que Evo Morales había secuestrado en beneficio del MAS y de sus hordas narco-delincuenciales; empero, reconstruir la democracia nos obliga a actuar democráticamente en medio de un aparato de Estado bajo el control encubierto de las fuerzas masistas remanentes. 

El masismo complota desde dentro. De hecho, si la presidencia de Jeanine Añez no gozara del apoyo masivo de la ciudadanía, desde México, la Argentina o desde el mismísimo Pekín, Evo Morales ya lo habría puesto al borde del abismo. 

La incertidumbre crece, además, por las dificultades de reconstruir el sistema de partidos y la estructura política nacional en los marcos de una democracia representativa. En la vorágine de los acontecimientos nuevos actores y protagonistas de primera línea, proyectaron de forma acelerada una imagen que, finalmente, resultó ser sólo un espejismo. Ninguno de los grandes protagonistas del momento, a excepción del candidato Carlos Mesa, logró mostrar la fortaleza necesaria para evadir esta epidemia de incertidumbres y, menos aún, para enfrentar una resistencia delincuencial y narco-vinculada desde la frontera con Argentina.

 No es una cuestión de personas, se trata del capital político que los actores poseen como para enfrentar un monstruo de dos cabezas a un paso del territorio nacional.

La pregunta que emerge, sin mucha necesidad de reflexión y análisis, es si la democracia que acabamos de conquistar está preparada como para resistir y derrocar las fuerzas más oscuras agazapadas en el masismo. Las disputas internas del MAS entre un ala “radical” y una fracción “negociadora” están lejos de mostrar que esa tienda política hubiera abandonado su vocación totalitaria. Más aún, están lejos de mostrarla débil y dubitante.

 Si algo reprime sus instintos destructivos y delincuenciales no son sus tensiones internas, es la certeza de que los millones de jóvenes que “hicieron calle” volverían a cercarlos y defender sus ideales, sin mucho trámite de por medio, aún a riesgo de que este enfrentamiento termine incendiando el país. Y aunque ésta idea le fascina a García Linera, sabríamos con precisión cómo comienza, lo que –ni ellos mismos sabrían- es cómo y dónde termina. 

Todas las soluciones pasan por la realización de las elecciones. Éstas consolidarán el sistema y demarcarán las dimensiones de cada fuerza política y su capacidad de afrontar el futuro inmediato, futuro que, a claras luces, será enormemente complicado. Quien gane esas elecciones enfrentará un masismo que a estas alturas ya ha mostrado su imposibilidad de aprender a vivir en democracia y, además, su capacidad de rearticulación. 

La reconstrucción democrática requiere, en consecuencia, un liderazgo más allá de las ensoñaciones oportunistas y de las ambiciones desmedidas; requiere experiencia, capital político, solidez y consistencia. 

Quizá, la mayor objeción a esto venga de las nuevas generaciones que piden líderes nuevos, jóvenes y remozados. El argumento es que si Evo gobernó sin siquiera saber leer adecuadamente, cualquiera lo haría mejor. Para refutar este superficial criterio sólo valdría la pena ver lo que Evo Morales hizo con el país y o lo que nos dejó. 

Creo que en las actuales condiciones resulta superficial remontarnos a cronologías etarias; necesitamos dignatarios capaces de enfrentar la que será, sin duda, la más difícil reconstrucción nacional.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

 

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