Renzo Abruzzese

El racismo masista y la caída de Evo

martes, 03 de diciembre de 2019 · 00:11

Dese hace mucho tiempo  el juicio ciudadano daba por sentado que la salida de Evo Morales y la caída del MAS seguirían un derrotero violento. Nadie, en su sano juicio, podía imaginar al presidente Morales entregando la banda presidencial, en un acto propio de una transición democrática. Había para ello una serie de elementos que entrecruzan aspiraciones de orden personal y un vasto conjunto de objetivos propios del proyecto político que lo hizo presidente el 2006. 

Sería, sin embargo, superficial pensar que su caída se debió únicamente a la desmesurada ambición de poder que lo acompañaba o a esa inconmensurable egolatría, que 14 años en el gobierno y un entorno servil generaron en él; en el fondo, su final fue el producto de una tortuosa combinación de un ego desmesurado y un proyecto estatal e ideológico imposible de ejecutar, un maremágnum de corrupción y una progresiva tendencia totalitaria.

Desde hace ya varios años se veía con claridad que el proyecto político del MAS se debilitaba en razón de una marcada tendencia a racializar la política y concebir el Estado como una entidad étnica  y discriminatoria, que se desplegaba de forma paralela a un excepcional momento económico que favorecía el crecimiento de las clases sociales y la casi indestructible alianza entre el MAS  y la burguesía criolla.

 Las expectativas que este sistemático desarrollo económico generó no afincaban en las cosmovisiones étnicas en que se movía el poder. Nadie volcó a ver 500 años atrás y menos a pensar que el incario era la panacea de la felicidad.

El frustrado intento de crear un modelo de economía comunitaria desfallecía frente a mundo globalizado. Mientras los flujos del capital internacional y el producto de la bonanza incidían poderosamente en una clase media en rápido crecimiento, el proyecto masista se esforzaba por construir un país a la inversa. La imposibilidad de racializar una clase media empoderada, cuyas aspiraciones y expectativas eran propias de una concepción occidental, inherente a la modernidad, lo único que realmente logró fue producir la certera percepción de que el gobierno se alejaba cada vez más, y de manera más radical, de la sociedad civil; de esa sociedad civil compuesta por una juventud urbana de clase media, que terminó derrotándolo en las calles.

Una lectura errada de la realidad subyace a la caída de  Evo Morales. La perspectiva indigenista y la dosis de un racismo inducido, que parecía fuertemente asentado en los estratos campesinos, resultó totalmente inconsistente. Los campesinos productores fueron los que, en última instancia, hicieron frente a los grupos de mercenarios, guerrilleros, cocaleros de dudosa reputación y delincuentes comunes, que durante los aciagos días de su caída convulsionaron las ciudades  y bloquearon las carreteras. 

La imagen que Evo y su entorno se habían formado resultó totalmente errada. En el momento de su caída, los “movimientos sociales”, fuertemente marcados por su filiación étnica, brillaron por su ausencia, no actuaron ni a favor ni en contra y, finalmente, fueron las clases sociales producto de la bonanza económica las que definieron su futuro. Evo y su entorno palaciego no pudieron distinguir las diferencias entre el poder de una clase media multiétnica y pluricultural, y un conjunto de ideologemas basados en la raza.

Un juicio sereno podría argumentar que las aspiraciones que despertó la presencia de Evo Morales y del MAS en el concierto de la historia nacional moderna son legítimas, pero no exclusivas. Todas las expresiones políticas nacionales coinciden en la necesidad de la inclusión y la profundización de la igualdad social; lo que falló en el MAS fue el prisma con el que leía el país. 

Nunca pudo abandonar una perspectiva de raza y no logró comprender que inclusión e igualdad social son por definición conceptos antagónicos al racismo, que contaminó todos los actos estatales que derivaron en su caída.

Por lo demás, nada de lo que está sucediendo en torno a la caída del caudillo supone que el MAS, como fuerza política, ha pasado a la historia; es, sin duda, un actor político aún poderoso, en la medida en que representa una visión nacional que está vívidamente presente al menos en un tercio de la sociedad boliviana. El MAS será por muchos años un interlocutor de primera línea; sin embargo, si una profunda autocritica no endereza sus confusiones y devaneos, corre el inminente riesgo de pasar a la historia como un intento fallido.

 

Renzo Abruzzese es sociólogo.

 

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