Renzo Abruzzese

Evo: la imagen de una derrota

martes, 31 de diciembre de 2019 · 00:12

Resulta muy difícil imaginar a Evo Morales en calidad de ciudadano normal. Así como no cabía en él una imagen entregando el poder, tampoco encaja en el Evo derrotado una que no sea destilando odio, resentimientos raciales e infinitas ambiciones de poder. Sólo basta repasar sus mensajes en las redes. En la vorágine de acontecimientos que determinan su renuncia pasó a la velocidad de la luz de caudillo populista a estratega terrorista. 

En los 14 años que le duró el delirio ya parecía normal que sólo abriera la boca para ofender a alguien, para denostar a un ciudadano que pensaba diferente o para amedrentarlo, mencionando -como al azar- el séquito de jueces y fiscales que descendieron a la categoría de vulgares paramilitares de corbata; hoy las cosas han cambiado, sus oscuros séquitos se refugian en embajadas transformadas en refugio de delincuentes buscados por la justicia o, mejor aún, teatro de mercenarios internacionales jugando las aventuras de James Bond.

Aquel hombre que encarnaba una Bolivia diferente, inclusiva, mirando el siglo XXI libre de las taras que arrastraba el sistema político y munido de un proyecto estatal capaz de hacer de la nación un país próspero y poderoso, prefirió apoltronarse en el escaparate de los déspotas, de aquellos que más pronto de lo esperado se creen insustituibles, irreemplazables y eternos. Triste historia la de Evo Morales a quien la gloria acompañó por la puerta grande y la historia lo  arrojó por la ventana del patio trasero.

No es fácil imaginar la amargura de este hombre. Una historia que se nutría de halagos y servilismos que jamás imaginó. Un hombre humilde que, como él mismo dijo alguna vez, en su vida imaginó disfrutar del poder en la medida en que lo hizo. De a poco, todo el poder se amalgamó con un ego que desde lo más profundo de su ser clamaba venganza. De la encarnación de la Bolivia renovada que representaba en sus primeros años, pasó a la transfiguración del ególatra que nadie quisiera recordar. 

Le pasó lo que les sucede a todos los hombres a los que una patria les queda demasiado grande y una vida demasiado corta. Sólo tres lustros bastaron para que el país se percatara de que no era lo que se esperaba y que no se esperaba de él nada más que otra mentira, una más en el infinito rosario de embustes que con desdeño pretendió hacernos creer. Quiso vendernos un país en el que sólo él y su mediocre entorno creían.

Como a todos los que de pronto se dan cuenta de que las cosas no son como imaginan o como se las pintan, cuando hizo consciencia de que lo habían echado, no le quedó más remedio que hacer lo que había aprendido de la mejor manera: echarle la culpa al “otro”. Y por esos artificios de la mente que nos libran de los tormentos de la alucinación se inventó un “golpe de Estado”. 

Como por obra de los demonios olvidó su renuncia, se le borraron los millones que se reunían en los cabildos y resumió sus pesares en una expresión dramáticamente simbólica: una pitita.  Qué atroz debe ser ahora sentir el peso de aquella expresión lanzada a sólo horas de tener que renunciar, peor aún, de tener que fugar como un delincuente acechado por sus errores.

Mañana, cuando pase la tormenta y quede convencido de que el espejismo de su eterna gloria no fue más que una noche de desliz y que su infinito poder no fue más que un canto de sirenas, probablemente se mire en un espejo y reconozca, ya muy tarde, que su odio y su ambición sin límites fueron su triste perdición. 

Tal vez y de forma serena comprenda que un país tan diverso no se construye levantando barreras y quizás, quién sabe, en la auditoría final de su paso por la historia reconozca que la cuenta final le dio saldo en contra. Pudo haber hecho tanto y lo tiró todo por la borda.

De nada le sirve ahora hacer un inventario de lo que hizo, porque hubiera sido espantoso que nada hiciera en tres lustros. De lo que se trata es de que casi todo lo que hizo, lo hizo mal. 

Habrá que agradecerle, sin embargo, y en justicia histórica, haber incluido a los excluidos de siempre, revitalizando el orgullo nacional, incorporando a los más débiles en el manejo del Estado. A él le debemos el honor de tener dignatarios de origen campesino, mujeres de pollera y birlochas lúcidas (como fue mi madre) en el ejercicio del poder. No todo fue tan malo, excepto su ceguera histórica y su entorno despreciable.


 
Renzo Abruzzese es sociólogo.

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