La escaramuza

Lecciones de Venezuela

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martes, 05 de febrero de 2019 · 00:11

La ratificación ciudadana a un presidente paralelo en Venezuela, más allá de ser una determinación poco común, demostró ser una estrategia realmente efectiva frente al poder de las bayonetas y todos los órganos de represión con los que cuenta Maduro, incluidas las fuerzas paramilitares y los mercenarios a su servicio. Este hecho ratifica varias certezas que los bolivianos debiéramos tomar en cuenta.

La primera comprobación es que cuando un pueblo decide dar batalla“no interesa el tamaño del enemigo”. La imaginación latina es fértil aún en ciencias políticas. La segunda constatación es que toda forma de resistencia requiere de una estructura de acción política unificada. En el caso venezolano, esa estructura la conformó el congreso en manos de la oposición, Congreso que sólo fue posible cuando los diferentes partidos y grupos de oposición decidieron (finalmente) crear una “Mesa de Unidad”. 

La tercera certeza es que los liderazgos políticos que resisten regímenes autoritarios requieren un amplio margen de movilidad. Si un líder es neutralizado, el siguiente toma la posta sin fracturar la estrategia de resistencia, lo que supone una cuota de renunciamiento político partidario y personal muy alto, y una vocación democrática  a prueba de fuego. La cuarta certeza consiste en que ninguna forma de resistencia puede funcionar adecuadamente sin una amplia base social de apoyo. 

La oposición venezolana logró unificar el descontento y la protesta en torno suyo de una forma impresionante.La palabra clave aquí es “oposición” y no partido, pues todo indica que en las nuevas formas de lucha los partidos no tienen un peso específico, han sido sustituidos por el poder ciudadano. A esto se añade una característica importante:  ni aun bajo condiciones de extrema tensión y polarización de las fuerzas sociales, y políticas, las bases sociales y los grupos que apoyan una dictadura se ven significativamente afectados; al contrario, cuanto mayor es la resistencia del pueblo, mayor la cohesión de sus bases, lo que incrementa las posibilidades de enfrentamientos violentos o una guerra civil.

Esta característica depende básicamente de que los líderes le den certeza al pueblo de que existe una alternativa y un líder decidido a dar batalla, y  que, aun bajo el asedio represivo del Estado, son portadores de un proyecto reconstructivo y de una transición democrática viable, y, sobre todo, pacífica.

Lo que Venezuela nos enseña, además, es que la resistencia democrática es posible cuando existe una disposición subjetiva ciudadana y liderazgos ciudadanos de alguna manera organizados. Otra de las enseñanzas del proceso venezolano estriba en la certeza de que cuando las Fuerzas Armadas hacen parte de un poder corrupto y prebendal, su sometimiento al dictador es proporcional al tamaño de la crisis: cuanto más difícil se pone la situación para el tirano, más leales se muestran y, en consecuencia, se impone la necesidad de ofrecerles garantías que lindan en la impunidad. 

Esta flexibilidad pone en riesgo la fortaleza y credibilidad de los líderes opositores, porque cuando las dictaduras van camino a su caída, la sed de venganza del pueblo se multiplica exponencialmente. La única manera de manejar esto es a través de la transparencia, claridad del discurso y la eliminación de patrones “ideológicos”. La ideología válida es la voluntad del pueblo.

Otra certeza sugiere que la importancia y el peso específico del apoyo internacional, para ser efectivo y real, sólo es posible cuando la oposición cuenta con un liderazgo que goza de legitimidad fuera de dudas. Sólo en estos casos el apoyo internacional es útil, particularmente porque desdibujan la imagen del “enemigo interno”. Los dictadores tienen que enfrentarse en ese caso a fuerzas que no pueden controlar ni reprimir.

Una síntesis primaria del proceso venezolano dejaría ver que en determinados momentos las dictaduras modernas deben lidiar con formas nada clásicas de resistencia política. Bajo estas nuevas modalidades de enfrentamiento, todas las acciones giran en torno a una opción pacífica, un liderazgo legítimo, un discurso claro y conciso, una amplia participación social y una propuesta reconstructiva que sustituye a un “programa ideológico” de gobierno al estilo de los partidos políticos clásicos, y una incondicional participación ciudadana. 

Si a eso se suma el reconocimiento internacional, la posibilidad de una transición pacífica es posible. Estas lecciones parecen diseñar la ruta crítica de las dictaduras modernas, a las que, Bolivia no es extraña.
Renzo Abruzzese es sociólogo.

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