La escaramuza

Odio, violencia, inseguridad

martes, 19 de marzo de 2019 · 00:12

Uno de los mayores problemas que enfrenta nuestra sociedad es sin duda la “inseguridad”. La idea de inseguridad está determinada por el conjunto e intensidad de actos violentos que  sujetos individuales o colectivos cometen en contra de ciudadanos indefensos o atemorizados; actos que en los últimos años se han incrementado en progresión geométrica y características incompresibles: la madre asesina a sus hijos, el padre asesina a la madre, el abuelo viola a la nieta, el hijo asesina al padre y la cadena podría seguir ad infinitum, a lo que deben sumarse las formas más espantosas y sanguinarias de hacerlo.

Los expertos en esto atribuyen el fenómeno a la pérdida de las escalas valorativas, fenómeno por el que en un determinado momento los sujetos no pueden reconocer los límites entre el bien y el mal, y en esta secuencia un arrebato de ira pasa a ser un crimen imperdonable.  Es frecuente escuchar que los criminales -independientemente de la brutalidad de sus actos- declaran que perdieron el control, “no sabían lo que hacían” o “estaban bajo el efecto del alcohol y las drogas”. 

Eso en realidad es sólo la expresión de condiciones mayores, pues no toda la vida los efectos del alcohol o de las drogas inducen al desborde de las más bajas pasiones. En otros tiempos, por muy ebrio que uno estaba, muy rara vez los efectos de la embriaguez borraban los límites entre el bien y el mal. Hoy la regla se muestra diferente: no se pierden los límites por efecto de la bebida o las drogas, se bebe o se droga para encubrir las consecuencias del crimen. El criminal se emborracha o droga para hacerlo mejor: coartada final.

Los encargados de atender estos casos y las instituciones pertinentes atribuyen esta escalada de odio y violencia a factores ligados a la pobreza, la familia, la educación, el medio social en que estos criminales se desenvuelven, los efectos del crecimiento urbano y eventualmente a problemas típicos de salud mental. 

Sin duda, son factores que inciden en esta desastrosa epidemia, pero ninguna “variable” es capaz de transformar una actitud y menos en propiciar una acción concreta, si es que no surge y toma cuerpo bajo condiciones mayores, lo que sugiere que cada crimen es la expresión del estado de una sociedad en un momento dado, y, particularmente, el reflejo de un gobierno bajo condiciones especiales.

No le podemos pedir a los profesores de  escuela que “convenzan” a sus alumnos que pegar a una niña es un acto criminal cuando un prelado, que se supone es el ejemplo que deben seguir, no es más que un vulgar “pega mujeres” y está años luz de enseñar a sus propios hijos que la madre es intocable o que a los débiles no se abusa; o que a los desprotegidos se les ofrece el manto de la justicia, o que el que piensa diferente no es el criminal “que sólo venía para matar a sus papás” (García Linera). 

Tampoco podemos pedirle a un juez corrupto que quiera enseñar a la sociedad a reconocer los valores de lo bueno y de lo malo, y menos pedirle a un drogodependiente que no pierda los estribos y se manche las manos de sangre, cuando tenemos un gobierno que defiende a sangre y fuego una “republiqueta” que produce más del 90% de coca para narcotraficantes y productores de cocaína.

Se supone que los ciudadanos tenemos en los gobernantes y los operadores del Estado y la justicia el referente de nuestro propio comportamiento. Una sociedad gobernada por hombres y mujeres intachables, incapaces de desconocer o violar las normas jurídicas y sociales, es una sociedad que ha solucionado en gran parte las deficiencias de la escuela y la educación formal, y refuerza apropiadamente la educación del hogar. 

Pero en una sociedad donde el Presidente y sus acólitos hacen campaña por desconocer la ley, la encubren, la manipulan, la reconocen cuando les conviene y la ignoran cuando no contribuye a sus mezquinos intereses, es poco probable que formen ciudadanos incapaces de degollar a su pareja, o de violar a su vecina, o de vender estupefacientes al graneo a las puertas de una escuela primaria.

Esta epidemia de odio no es más que la vigencia plena del capital moral de  un régimen que nos ofrece un escándalo, un crimen, un oprobio o una declaración de odio racista durante los 365 días del año, dosis suficiente para que cualquier ciudadano –joven o viejo- crea que hacer lo que le viene en gana es parte de la normalidad.

 

Renzo Abruzzese es sociólogo.
 

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