La escaramuza

De Mussolini a Maduro: itinerario del fascismo siglo XXI

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martes, 05 de marzo de 2019 · 00:12

Algún eminente epistemólogo sostuvo que el último discurso epocal, antes de la proliferación de los metadiscursos propios de la posmodernidad, fue el liberalismo. El liberalismo fue sin duda el mayor esfuerzo de la modernidad por explicar el mundo que había nacido de las entrañas del capital. 

Y fue sin duda, un gran discurso, sin embargo, a pesar de la fortaleza de sus postulados, los fenómenos como la Primera Guerra Mundial, la Gran depresión y la nueva configuración que había tomado el juego de poderes a nivel global, lograron que la cuna del más ortodoxo pensamiento liberal se deslizara a un liberalismo con mayores contenidos sociales, cuyas mejores figuras se hallan en las filas de la socialdemocracia.

 La idea es que es imposible que una teoría se mantenga inmutable tanto como es imposible que la ideología que la sostiene y justifica no se vea forzada a cambiar, de hecho, un liberal de los tiempos de Locke o de Hobbes en el siglo XVII  tendría bien poco parecido con un liberal del siglo XXI.

Lo mismo sucedió con el socialismo. La Revolución rusa primero, la Revolución china, después, y las experiencias como la cubana mostraron que los postulados que en su momento habían sido sacrosantos para un leninista militante, cedieron y finalmente colapsaron ante el fracaso del socialismo real. La teoría marxista hoy en día tiene bien poco de la doctrina que en el siglo pasado pregonaba la URSS como credo universal e inevitable.

Todavía hoy los comunistas y socialistas doctrinales buscan desesperadamente nuevos paradigmas en los que pueda sobrevivir su propia ideología, el más próximo a nosotros es el también fracasado socialismo del siglo XXI. 

El fascismo, cuya presencia se debió a una exacerbación  de los “nacionalismos autoritarios”, alcanzó con Hitler su mayor exponente. Las diferencias entre el fascismo italiano y   el nazismo alemán son sugestivas. Hitler representa la etapa degrada y corrompida del proyecto fascista italiano, que de por sí estaba pensado como un totalitarismo corporativo extremo.

En términos generales, todo indica que los grandes proyectos político-ideológicos que vieron la luz en el siglo pasado se han degrado engendrando fenómenos que se desarrollaron o que en la actualidad se despliegan como alternativas extremas, erráticas, corruptas y, por lo general, sanguinarias. 

El liberalismo decimonónico terminó en un “capitalismo salvaje”, depredador y en una espiral de concentración de la riqueza sin precedentes en la historia. El socialismo marxista-leninista degeneró en regímenes totalitarios que sepultaron uno a uno los principios humanistas del proyecto que había construido el propio Carlos Marx.

 La utopía del hombre nuevo terminó en los campos de concentración de todos y cada uno de los tiranos que experimentaron ese modelo después de la Segunda Guerra o, en su defecto, terminó en el prototipo cubano, secuestrando su propio pueblo a sangre y fuego.

El fascismo parece haber degenerado en algo que podríamos llamar fascismo siglo XXI, una expresión radical de los “nacionalismos reparadores” sin ética ni moral que funcionan al amparo de los sistemas más corruptos que jamás conoció ningún país latinoamericano. Se trata de la forma envilecida del fascismo europeo del siglo XX (que de por si fue abominable) que, enmascarado en procedimientos falsamente democráticos, reproduce los delirios de Mussolini, Hitler y otros fascistas de esa época.

Desde esta perspectiva, el chavismo venezolano podría catalogarse como la expresión más completa del nuevo fascismo, uno en que a los ya conocidos contenidos del fascismo clásico (antiliberalismo, anticonservadurismo, caudillaje, partido-ejército o milicias-partido y objetivos totalitarios)  se amalgaman con visiones localistas, étnicas, raciales o de clase reivindicando los idearios de la vieja izquierda revolucionaria, de la que, en realidad,  son su más errática negación. Venezuela es, pues, el primer y fallido experimento del fascismo siglo XXI.

 

Renzo Abruzzese es sociólogo.

 

Confidencial

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