La escaramuza

La dialéctica inversa

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martes, 16 de abril de 2019 · 00:11

Uno de los aportes más sobresalientes en la historia del pensamiento humano fue sin duda la aplicación de la dialéctica hegeliana en la interpretación materialista de la historia. Se la debemos al mayor revolucionario de la modernidad: Carlos Marx. El materialismo histórico despejó los enigmas de la historia al comprender que ésta se mueve por contradicciones. La superación de un periodo suponía una transformación cualitativa de la sociedad, tarea que se daba por sentado, estaba en manos del proletariado.

En las últimas décadas el mundo entero experimentó un reverdecimiento de los postulados marxistas. En ellas la aplicación de los principios dialécticos tomaron nuevamente vida, esta vez bajo interpretaciones forzadas y en gran parte alejas del espíritu y la letra del propio Marx. El proletariado dejó de ser la pieza clave de la revolución social, en su lugar estaban los movientes sociales, que ahora eran una amplia amalgama de sectores “afines” al poder instituido. En Bolivia, el proletariado pasó a un segundo plano bajo la estricta tutela de fuerzas campesino-originarias. Para que los conceptos cuajaran a esto se llamó “socialismo siglo XXI”

Mientras la izquierda se mantuvo fiel a los postulados del materialismo histórico, nadie puso en duda que la aspiración general era alcanzar el mayor grado posible de desarrollo de la historia, superar cualitativa y cuantitativamente uno a uno los traspiés del pasado inmediato y remoto. Ése fue para la izquierda el leitmotiv de su valerosa lucha a lo largo de todo el siglo XX. Se trataba de un serio intento por superar la historia presente y pasada. Superar el pasado fue el ideario que logró consolidar los movimientos progresistas en todo el planeta.

Este postulado, sin embargo, se hizo añicos con el colapso del “socialismo real”. En América Latina, y particularmente en Bolivia y Ecuador, la búsqueda de nuevos ideales terminó invirtiendo el sentido progresista de la dialéctica marxista centrada en la lucha por alcanzar un nivel de desarrollo de la sociedad y del hombre, más allá del que había propuesto el capitalismo. 

El concepto de “hombre nuevo” que esgrimió por varias décadas la izquierda latinoamericana y boliviana terminó renunciando a las posibilidades de redención humana en los términos que habían planteado los grandes teóricos marxistas, incluido el propio Marx. Ante este fracaso, la lucha de clases, la dictadura del proletariado, la restitución de las dimensiones humanas avasalladas por el proceso de enajenación que produjo el sistema capitalista entraron en desuso y, en su lugar, se posicionaron criterios, teorizaciones y argumentos en favor de un retroceso, en que el desarrollo se planteaba como un retorno a los orígenes, una forma de desandar la historia hasta sus filones ancestrales, en contradicción flagrante de los principios de la dialéctica materialista de la historia. 

Las nuevas “fuerzas progresistas” terminaron en el reducto de las más conservadoras y reaccionarias posiciones que hasta no hace mucho tiempo  habían combatido con las armas teóricas de la dialéctica.

La izquierda se derechizó y para no dejar evidencias de su propia claudicación teórica y practica se declaró indigenista, originaria y ancestral. Para ser un ciudadano “de nuestros tiempos” no necesitabas ser universal, sino, más bien, absolutamente local. La historia se dio vuelta hasta encontrar sus más remotos ancestros. La legítima aspiración de superar el capitalismo por algo mejor se redujo a cenizas. El futuro quedó anclado en el pasado. 

Por encima de los derechos universales del hombre (la mayor conquista del occidente moderno) se instalaron los principios de una racialidad excluyente. Al ciudadano universal que había promovido la izquierda mundial por más de cien años se sobrepusieron los derechos ancestrales, una especie de vendetta antidialéctica en el seno mismo del poder del Estado.

Siguiendo esta ruta crítica, la historia ya no debía apuntar al futuro, sino, más bien, debía volcarse al pasado. A los más remotos ancestros que la república había superado, derrotando el colonialismo español y en estricto cumplimiento de la dialéctica de la historia. El Estado Plurinacional (extraña denominación que pretende borrar del imaginario colectivo la noción republicana del Estado) se presenta así, como una dialéctica inversa. Un intento hasta ahora fallido por trasponer el pasado como futuro, justo en el momento en que el mundo se ha mundializado.

 

Renzo Abruzzese es sociólogo.

 

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