Renzo Abruzzese

La perdida batalla del oficialismo

martes, 17 de septiembre de 2019 · 00:10

La visión sociológica de los conflictos sostiene que todo conflicto supone dos o más partes enfrentadas y la confluencia de un vasto conjunto de factores que convergen en la situación crítica. Hay un punto en que la acumulación de tensiones debe encontrar una válvula de escape a efectos de evitar que el conflicto termine destruyendo a todos los involucrados. Se trata de un momento en que grandes sectores polarizados de la comunidad pondrán sobre el tapete una combinación explosiva: derechos e intereses.

La situación generada por la ineptitud oficialista y su pertinaz capricho de no recurrir a la cooperación internacional a través de la declaratoria de Desastre Nacional han logrado articular un conflicto que pone en movimiento el derecho de los bolivianos a mantener un ecosistema en condiciones apropiadas, y los intereses del MAS en “construir” espacios de poder que le permitan determinadas ventajas en términos electorales (y su consecuente agregado de senadores y diputados). 

En la dinámica de los conflictos de este tipo, la experiencia mundial muestra que un conflicto que se inicia como un evento fortuito y pasajero, tiende  a solucionarse de manera que las partes encuentren un acuerdo, sin embargo, cuando los conflictos se “organizan” en pos de objetivos estratégicos de largo, mediano o corto plazo, la posibilidad del acuerdo da paso a la necesidad de la dominación. El perdedor pasa así a la condición de subordinado. En este punto, la crisis se ha transformado en un dilema ideológico y su resolución comporta una batalla en la que se juega el todo por el todo. Como efecto primario, la cohesión de los grupos en conflicto se incrementa y los perfiles de los “enemigos” quedan claramente establecidos, de manera que cada cual tenga suficientemente claro de qué lado está.

Esto es lo que deja ver el “efecto Chiquitania”. Se trata de un acontecimiento que ha puesto de manifiesto cuál es la verdadera dimensión del conflicto entre el oficialismo y una oposición encarnada en la sociedad civil más allá de los partidos, agrupaciones, plataformas o cualquier forma de organización formal política.  A cada evidencia de que la ineptitud oficialista encubre alguna estrategia electoral le sigue la clara percepción de que el enfrentamiento entre la sociedad civil (fuertemente identificada con valores ecológicos) deviene en un inconveniente para la estrategia de poder del régimen, y que el conflicto se desplaza desde un escenario propiamente político al campo de las luchas sociales, en el que la ideología y la propaganda empiezan a perder claramente terreno. Se trata de una contienda en que el Estado se enfrenta a la sociedad civil.

En este tipo de conflictos, la solución pasa por que una de las partes “gane” a expensas de la otra. En el caso Chiquitania eso parece imposible, la victoria del MAS solo será posible doblegando la conciencia ecológica de toda la nación, y eso está muy lejos de pasar. La única forma de que el MAS se asegure ganar esta contienda sería confiscar a la sociedad una cuota significativamente importante de su propia conciencia ecológica, y eso no va a pasar. El régimen perdió esta batalla desde el primer chaco incendiado.

Desde esta perspectiva la pérdida de los bosques chiquitanos se ha transformado en una caja de Pandora que ha liberado todos los más profundos resentimientos contra un gobierno que, además, no da señas de coherencia con su propio discurso, al punto que ningún recurso discursivo evitará que Evo no sea percibido como el mayor depredador de la historia de Bolivia, y, a estas alturas, con cerca de tres millones de hectáreas perdidas, todo lo que haga “huela” a maniobra.

 

 Renzo Abruzzese es sociólogo.

Confidencial

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