Renzo Abruzzese

El otro Evo

martes, 14 de enero de 2020 · 00:12

El expresidente Morales Ayma se ha constituido en un referente de los vaivenes de la coyuntura desde su cuenta de Twitter. Seguramente este medio constituye un instrumento poderoso de la estrategia política que desde su renuncia y fuga sustituyó sus diarias arengas en las diferentes poblaciones que visitaba. Cuando ejercía el poder, uno percibía que el fondo de sus mensajes giraba en torno a los comunes elementos que utiliza el populismo moderno: la pobreza, el sufrimiento, la exclusión y en el caso boliviano, en particular, el racismo y la discriminación. Él se erigía como el símbolo de las víctimas, pero al mismo tiempo en el líder indiscutible de los más débiles: era un caudillo.

El discurso que durante 14 años escuchamos decorado pomposamente con calificativos, como revolución democrática cultural, proceso de cambio y otros, encubría una vocación revanchista que era casi imposible de ocultar.

Después de su renuncia e inmediata fuga, nos percatamos que casi tres lustros terminaron convenciendo al caudillo de que todo lo que decía (la mayor parte de las cosas eran burdas mentiras, o medias verdades) no fueron más que alucinaciones paranoicas en las que incluso él terminó creyendo. Su abrupto final le refregó en el rostro la fragilidad de las ensoñaciones de las que se jactaba  y es de esperarse que haya comprendido –aunque tarde- que nunca fueron verdades en boca de un hombre honesto.

 De pronto, la mayor parte del pueblo, del que se creía timonel insustituible, le dio la espalda. Se acabaron los grandilocuentes discursos, las maravillas de las que nos hablaba.  Las grandes ganancias habían sido déficits millonarios, los proyectos de la nueva Bolivia que proclamaba eran un fiasco y la verdadera Bolivia que vivía de la bonanza y el narcotráfico terminó mostrándose como realmente es: un país pobre y desilusionado. No le quedo más que fugar.

Las verdades a medias, las mentiras desembozadas, el cinismo sistemático (que aún profesan militantemente sus diputados) el desprecio por la democracia, el pisoteo a la CPE, el “le metemos nomás” y las ensoñaciones que alimentaban su ego de una manera patológica se vinieron abajo en 24 horas, y ahora tenemos, en Buenos Aires, al verdadero Evo, el que ya no tiene que inventarse nada que no sea útil sólo para él, para nadie más que él.

Este Evo ya no mira el largo horizonte de la historia, no le interesa transformar un Estado, indianizarlo, invadir el subconsciente colectivo para sellarlo con la mitología etnoandina. Ya no quiere una Suiza andina, ni pretende ser una potencia. Se olvidó del desarrollo de tecnologías atómicas, de la red de satélites, del ejército invencible etcétera; habla de venganzas, de ajuste de cuentas, de ejércitos populares, de retornos implacables, del holocausto de sus adversarios. 

Ha perdido el derrotero y de estratega ideológico ha pasado a la categoría de terrorista enfurecido. Cada mensaje es una proyección psicológica de sus frustraciones y la muestra irremediable de una “consciencia desdichada” en la que ya no reconocemos al caudillo, sino, al vencido.

Desde sus bases ya no vislumbran al visionario, sólo reconocen al indígena clamando venganza.  El Evo de los grandes proyectos (por imaginarios que hubieran sido) ha dado paso al despechado, cuyo único fin inmediato es evitar el olvido. Ya no hace política, abandonado a su suerte clama obediencia y fidelidad a control remoto, como le pasó a Hitler después de perder Rusia, o  a   Mussolini, cuando lo recluyeron en la República del Sur, un reducto italiano lleno de pueblos bonitos, (tan bonitos como Buenos Aires), pero pueblos al fin.

Ese es el Evo de verdad. El que, de haber podido, se hubiera transformado en un Maduro corregido y aumentado, en un Chávez o en un Mussolini; es decir, se hubiera sacado del todo la máscara y hubiera sido quien en realidad es: un tirano que ni a sus propios correligionarios perdona, una fábrica de vendettas personales, al mejor estilo de los sanguinarios dictadores del siglo pasado.

 

Renzo Abruzzese es sociólogo.

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