Entre ceja y ceja

Pedro, Carlos, la Cinemateca y la Democracia

miércoles, 13 de julio de 2016 · 00:00
Aprendí durante 40 años en la Cinemateca Boliviana y alrededor de ella que hay vidas largas y tediosas como documentales rusos de la época de Stalin, y las hay cortas y suculentas, que no necesitan palabras para explicarse, como las obras de arte de Chaplin. Hay vidas tristes, trágicas y húmedas, como las películas hindúes, y otras alegres, risueñas y sonoras, como las de Peter Sellers. Hay vidas complicadas, difíciles y desesperadas, como las cintas de Bergman, y también están las sencillas, llanas y sin pretensiones como las de Enrique Carreras.

 Hay vidas que no debieron ser como algunas películas de Almodóvar y otras que no debieron terminar nunca, como aquellas en las que actuaba Humprey Bögart. Hay vidas llenas de personajes principales y secundarios (y miles de extras), como los filmes de Dino de Laurentis o Spielberg, y otras con sólo cuatro protagonistas, como aquellas con las que nos hizo temblar Hitchcock. Hay vidas musicales, pletóricas de canciones y de bailes, como cintas norteamericanas de la postguerra, y las hay mudas de acordes e instrumentos, como aquellas del cine francés alternativo de los 80.

 Hay vidas maniqueas, como el filme mexicano de la época de oro, y otras donde nadie sabe en qué lugar se perdió el límite de la ética, como en los alegatos de Tarantino o Almodóvar. Hay vidas que no importa cómo empiezan o cómo terminan, como una cinta de Stallone, y también otras cuyo devenir resultaría inexplicable sin secuencia, como en las de Lina Wietmuller.

 Hay vidas paraíso, como la inolvidable película de Tornatore, y también vidas borrascosas, como las cumbres de Laurence Olivier. Hay vidas agitadas, como Marathon y otras plácidas como la Novicia rebelde. Vidas epopéyicas, como las muchas versiones de Juana de Arco, y cotidianas, como las neoyorquinas de Woody Allen.

 Hay vidas en technicolor como cinta de Hollywood y otras en blanco y negro, como las de Sanjinés, cuando era un genio. Vidas repletas de efectos especiales y con sonido sensurround, como Avatar, y bellas por humildes y discretas como Hospital Obrero. Hay vidas que se desarrollan en el set, donde todo es boato, luces y actuación; y hay filmes que viven en la calle, donde todo es cierto, innegable y natural. 

 Vidas y películas de todos los tipos y sabores. Vidas que parecen filmes y filmes que parecen vida. Cintas que uno quisiera haber vivido con intensidad e incendio y vidas por las que uno daría lo que fuera por verlas en el celuloide. Cada vez que salgo del cine me convenzo, una vez más, que la vida es cine y los filmes vida son.
 Toda esta perorata sentimental viene a cuento porque ayer fueron merecidamente homenajeados Pedro Susz y Carlos Mesa por su tesonera, y fructífera labor como fundadores y constructores de la Cinemateca Boliviana a finales de los años 70 del siglo pasado, justamente cuando iniciábamos la recuperación de la democracia y la vida era un torbellino de riesgo, y aventura cotidiana para mi generación.

 La Cinemateca (sobre todo en el excine San Calixto a partir de 1978) muy pronto se convirtió en el lugar de encuentro para "conspirar” contra la dictadura. Allí, al tiempo que podíamos ver lo mejor del cine latinoamericano, europeo y mundial, aprovechábamos las penumbras de la vetusta sala para intercambiar panfletos, informaciones y organizar todo tipo de acciones para contribuir a la recuperación de las libertades ciudadanas.

 En la Cinemateca veíamos puntual y sonriente a Luis Espinal llegar con su oloroso a tinta, recién editado, semanario Aquí y nos abalanzábamos para devorarlo. Subíamos al cubículo del entre piso, donde Norma Merlo, siempre amable, nos invitaba un cafecito y Pedro Susz nos daba cátedra en análisis político. 

 Parece mentira que hubiesen pasado 40 años de aquellos días que nos marcaron a fuego, que nos hicieron lo que somos. La democracia y mi generación le debemos mucho a la Cinemateca y a sus constructores. Por eso es bueno recordar el espíritu que nos guiaba entonces … nos hace mucha falta en este tiempo.

Ricardo Paz Ballivián es sociólogo.

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