Entre ceja y ceja

150, 100, 50

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miércoles, 04 de octubre de 2017 · 00:00
Hace 150 años se publicaba el primer tomo de la obra monumental de Carlos Marx, El Capital, hace 100 años se producía el triunfo de la revolución bolchevique que daba fin con la Rusia zarista y hace 50 años moría en Ñancahuazú el guerrillero argentino–cubano Ernesto  Che Guevara. Tres acontecimientos que marcaron a mi generación a fuego, las dos primeras como historia estudiada y la tercera como historia vivida.

 El marxismo y sus innumerables derivaciones políticas, académicas y culturales fue para la generación de la que soy parte nuestra religión y nuestra causa hasta la caída del muro de Berlín.
 
Probablemente algunos abandonaron el credo unos años antes y otros siguieron persistentes otros años después, pero nuestra juventud estuvo consagrada a difundir las "verdades" de la lucha de clases, la dialéctica, el socialismo, la economía política, etcétera. Muchos inclusive pasamos de la teoría a la práctica y, por distintas vías, militamos, luchamos y tratamos de hacer realidad esos "ideales”.

 Por entonces la crítica y la disidencia eran consideradas contrarrevolucionarias. No existía mucho margen para ejercer la libertad de opinión, porque suponíamos que estábamos "en guerra” contra el imperialismo y sus "lacayos” internos. Las elecciones, la democracia, el Estado de Derecho, el debido proceso, las libertades ciudadanas eran para nosotros "la dictadura de la burguesía” y creíamos que los crímenes atroces de Stalin, Mao, Pol Pot, Castro, etc., que se filtraban a nuestro conocimiento, eran propaganda de los yanquis y los colonialistas.

 Fue muy duro cuando comprendimos y aceptamos la verdad y nos dimos cuenta que, en el peor de los casos, fuimos cómplices intelectuales de barbaridades y, en el mejor, tontos útiles e ingenuos. Muchos abandonaron la política y se alejaron, decepcionados, del compromiso social.
 
Unos cuántos, por diversas razones, continuamos en la actividad política, aunque no necesariamente desde la militancia activa.

 Entonces recién pudimos hacer una lectura crítica de El Capital, descubrimos los Grundisse (borradores de las reflexiones del autor cuando escribía su obra) y nos dimos cuenta que Marx también dudaba, reflexionaba y se autocriticaba con fiereza. Situamos la obra en su verdadera dimensión, como una de las más importantes de la historia de la economía, pero lejos de ser la "biblia” que creíamos. Tuvimos acceso a la otra cara de la revolución rusa, esa faceta atroz de millones de víctimas, tan parecida al fascismo y al nazismo que execrábamos. Conocimos el costo horroroso para el pueblo soviético de la carrera espacial y armamentista y nos llenamos de vergüenza por haber apoyado y admirado esa locura.

 Y ahora podemos, por fin, ver con distancia y ecuanimidad la gesta del  Che en nuestro país.
 
Podemos decir con claridad que se trató de una invasión, que los guerrilleros tenían una visión no sólo vanguardista, sino paternalista de la revolución. Hoy sabemos el ser contradictorio y difícil que era el  Che, su pasado implacable y cuestionable en la revolución cubana. No, el  Che no había sido, como creímos durante tantos años, ni Bolívar, ni Cristo, ni el héroe quijotesco que nos dibujaron.

 En fin, 150, 100, 50 … tres eventos que nos hicieron, en buena parte, lo que somos, o lo que fuimos durante mucho tiempo. Pero tuvimos la suerte de sobrevivir para cuestionarlos y ubicarlos donde deben estar. En buena medida esa crítica y revisión nos permitió redescubrir los valores de la libertad, del disenso, del derecho a pensar, hablar y escribir diferente.

 Creo que hoy soy el demócrata convencido que soy, el militante ciudadano y republicano que quiero ser, gracias también a haber vivido y padecido los efectos del adoctrinamiento coactivo.
 
Superar la obtusa consigna, el pensamiento único y el culto a la personalidad, de alguna manera, también fue el resultado de haber persistido durante algún tiempo en el error. El Capital, la Revolución Rusa y la caída del Che nos enseñaron y nos seguirán enseñando, por efecto y por defecto … qué suerte que ahora lo podamos entender así. 


Ricardo Paz Ballivián es sociólogo.

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