¿Qué hacer?

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miércoles, 13 de diciembre de 2017 · 00:06

No abandonar la convicción y la lucha democrática por reponer el Estado de derecho y el respeto a la soberanía popular. Evo Morales y Álvaro García Linera no pueden ser candidatos a la presidencia y vicepresidencia en las próximas elecciones generales de 2019. Esto lo decidió el pueblo el 21 de febrero de 2016 y nadie, sino el propio pueblo, puede modificar esa determinación inapelable.

Mientras esto no quede absolutamente claro, cualquier propuesta de electoralizar el ambiente público pecará de funcional a los fines del oficialismo.


 El partido de gobierno quisiera que las oposiciones democráticas se resignen (luego de más o menos pataleo) y se enrumben en sus propias campañas electorales. “Elijan de una vez un candidato único y propongan una alternativa“, reclaman, pretendiendo que la habilitación inconstitucional de sus líderes sea un hecho consumado. Están haciendo todos los esfuerzos, concentraciones masivas de servidores públicos incluidas, para posicionar la idea de “Evo candidato”.


 En la vereda del frente muchos políticos, analistas y opinadores, unos de buena fe y otros no tanto, hacen cábalas y números para “demostrar” que “ahora sí” se le puede ganar a Evo Morales. Nos repiten que más del 60% de la gente está sólidamente en contra del MAS y que el otrora poderoso “voto duro” de Evo Morales se ha reducido ahora a menos de 35%. El camino, dicen, es entonces unificar ese 60%, consensuar un candidato, un programa, unas listas de congresistas y listo.


 La verdad es que yo no sé qué les hace pensar, a quiénes sostienen esa tesis, que el actual Gobierno respetará el resultado de unas eventuales elecciones generales que les sean adversas. ¿Si fueron capaces de echar por la borda la decisión popular expresada en el referendo del 21 de febrero de 2016, por qué habrían de aceptar la victoria democrática de algún otro candidato que no sea Evo Morales?


 Esto por una razón estructural, de fondo: los actuales detentores del poder en Bolivia están convencidos de que están llevando adelante una revolución, a la que denominan “proceso de cambio”.


 Son revolucionarios, no demócratas, creen que la democracia es la “dictadura de la burguesía” y proclaman que su objetivo es el socialismo; es decir, “la dictadura del proletariado”. Las leyes, la Constitución, las libertades ciudadanas, las garantías del debido proceso, el Estado de derecho, etcétera, para ellos son solamente herramientas que se pueden utilizar o desechar, según sirvan o no, a los fines revolucionarios.


 Por consiguiente, lo que aquí está en juego no es una simple alternancia en el poder. No se trata de si habrá el músculo suficiente en las oposiciones para derrotar electoralmente a Evo Morales; en realidad estamos discutiendo algo mucho más grave: la pervivencia o no de los valores republicanos y la democracia misma. De allí que ceder, aceptando el desconocimiento de los resultados del referendo del 21F, es un camino sin retorno al totalitarismo y la tiranía.


 Entonces ¿qué hacer en estas circunstancias? Olvidarnos de hablar de elecciones, partidos, coaliciones, candidatos, programas, etcétera, mientras no se respete la voluntad popular. No corresponde caer en la trampa que nos tiende hoy el Gobierno. No es el momento de discutir estrategias y tácticas electorales.


 Es tiempo de lucha y resistencia democrática. Con todas las herramientas pacíficas que estén a nuestro alcance, sin caer por ningún motivo en la provocación de la violencia, de manera serena, pero firme, debemos hacerle entender al Gobierno que no podrá imponer su modelo dictatorial, que desconoce la voluntad del soberano.


 No será una lucha fácil (la recuperación de la democracia nunca lo fue), pero tenemos la certeza que más temprano o más tarde se impondrá el derecho popular a vivir en un sistema democrático. Si superamos la tentación de los cantos de sirena, que nos quieren engañar para que aceptemos el cambio y el no cumplimiento de las reglas del juego, tendremos la oportunidad. Si nos equivocamos, podríamos lamentarlo mucho, como nuestros hermanos de Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Ricardo Paz Ballivián es sociólogo.

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