Entre ceja y ceja

Fake news y campaña electoral

miércoles, 31 de octubre de 2018 · 00:08

La señora abre su tablet, el joven su smartphone, el abogado su pc y la estudiante su laptop. Una noticia arrasa con los titulares de los principales medios digitales. En el formato habitual, una increíble falsificación, casi perfecta, de las portadas más reconocidas, anuncian algo espectacular, que daña irremediablemente la reputación de alguien muy conocido.

 Inmediatamente, la señora, el joven, el abogado y la estudiante, replican el link de la noticia a través de su WhatsApp. En cuestión de minutos, millones de usuarios digitales se han enterado de la novedad y la comentan profusamente en twitter, facebook e instagram. A la media hora empiezan a circular cientos de memes y la historia se ha instalado definitivamente.

 Pero es una noticia falsa, una fake news, una historia inventada, fabricada para causar perjuicio a la persona en cuestión. El producto estaba tan bien elaborado que nadie puso en duda la veracidad. El quebranto que causó resultó devastador. En los días posteriores, la persona afectada, desesperadamente, acude a todas las herramientas posibles para desmentir y aclarar … es inútil, no hay mucho que hacer.

 El desarrollo informático, las nuevas tecnologías de información y la masificación del uso de las redes sociales virtuales, en el contexto de la civilización del espectáculo en la que vivimos ha producido un fenómeno letal para la comunicación social en nuestro tiempo: las fake news.

 Circulan tantas noticias falsas y con tanta impunidad por el espacio cibernético, que resulta casi imposible discernir la verdad de la mentira, la información de la manipulación, la denuncia de la calumnia.

 Antes, la comunicación buscaba informar, entretener y educar … hoy el entretenimiento lo copa todo, si no entretienes no informas, si no entretienes no educas. Como nos hizo notar Mario Vargas Llosa hace ya varios años, estamos viviendo una era cualitativamente distinta, también en términos culturales, de las anteriores.

 No se trata solamente de la denominada “cultura de masas“, de la que hablaba la escuela de Frankfurt, sino de un fenómeno más profundo y estructural: una sociedad en eterna búsqueda del placer inmediato, del pasatiempo y del hedonismo.

 Allí tienen su caldo de cultivo las noticias falsas. Por definición, para llamar la atención y conseguir el objetivo que buscan, son espectaculares, apelan al morbo y a la curiosidad; juegan con las pulsiones más elementales e instintivas de la gente. Tienen, en ese y muchos otros sentidos, una enorme ventaja sobre las noticias verdaderas.

 Las noticias falsas se utilizan en todos los ámbitos de la vida social: en el comercio, en las finanzas, en la religión, en el deporte, en el cine, la televisión, etcétera, pero sin duda que donde mayor impacto han logrado recientemente es en el mundo de la política, específicamente en las campañas electorales.

 Efectivamente, las campañas electorales padecen en nuestros días el fuego cruzado de dos amenazas, a cuál más fatal: el dinero sucio y las fake news. El escándalo del “lava jato“ ha desnudado los nexos de corrupción entre varias campañas de América Latina con empresas constructoras brasileñas; mientras que la difusión de las noticias falsas, mediante manejo de big data y enfoque microsegmentado, han torcido el resultado de muchas elecciones, en Estados Unidos, América Latina, Europa y recientemente en África.

 Nuestra sociedad, que se encamina obligada e inexorablemente a una campaña electoral desigual, inequitativa y tramposa a favor del oficialismo, ya está empezando a padecer los rigores y el abuso de las noticias falsas. Unos autodenominados “guerreros digitales”, asesorados por expertos extranjeros, se han dado a la innoble tarea de diseminar a diestra y siniestra (y desde diestra y siniestra) una avalancha de fake news en contra de Carlos Mesa, seguramente en la convicción de que así podrán afectar su favorabilidad en el público.

Ante esta agresión, los ciudadanos tenemos que estar listos. Con la verdad de nuestro lado, sabremos defendernos.

 Ricardo Paz Ballivián es sociólogo

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