Entre ceja y ceja

Reelección indefinida = tiranía

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miércoles, 07 de febrero de 2018 · 00:06

Son muy pocos los países en el mundo que permiten la reelección presidencial indefinida: Argelia, Bielorrusia, Cuba, China, Eslovaquia, Corea del Norte, Nicaragua, Venezuela, Vietnam y algunos otros del continente africano. Acaba de salir de esta deshonrosa lista Ecuador, a la que se sumaron hace muy poco de manera abusiva, y tramposa, Honduras y Bolivia. En el resto de países o no se permite de ninguna manera la reelección presidencial o se la permite por una sola vez, ya sea de manera continua o pasado un periodo constitucional.


 Esa abrumadora mayoría de países que no permiten la reelección presidencial indefinida, lo hacen porque son democracias plenas, que entienden que la alternancia es un requisito y no sólo un adorno del sistema en el que gobierna el pueblo. Si una sociedad permite ligar su destino al de una sola persona, quiere decir que algo está funcionando muy mal en la gestión de renovación de liderazgos y en la imprescindible canalización funcional del cambio social.


 La experiencia nos enseña, que la reelección indefinida genera un modelo de gobierno -y de renovación del mismo- perverso y francamente antidemocrático.


 El gobernante que se reelige permanentemente, cumpliendo la formalidad de unas “elecciones” periódicas, pero que en realidad son tongos políticos, en los que toda la institucionalidad a su servicio trabaja para sus designios, es en realidad un autócrata, un monarca, un tirano, que, obligado por el contexto de un mundo moderno y democrático, “cumple“ con el requisito, más no con la voluntad del pueblo.


 En Bolivia nunca tuvimos, hasta ahora, reelección presidencial indefinida. Nadie, ni los “caudillos bárbaros” y menos los “caudillos letrados”, ordenaron elaborar una Constitución que consagre tamaño despropósito. Tuvimos la idea de la presidencia vitalicia, sugerida en la Constitución bolivariana (que jamás se intentó siquiera implementar), tuvimos dictadores, tuvimos reelección pasado un periodo, tuvimos reelección inmediata por una sola vez, pero jamás nadie antes había osado implantar la reelección indefinida.


 Algunos asambleístas constituyentes del MAS, intentaron introducir el tema en la Constitución el año 2007, pero fueron derrotados y rechazados, primero dentro de su bancada y luego por el pleno de la Asamblea Constituyente que, a duras penas, aceptó por mayoría cerrada, la reelección presidencial continua por una sola vez.


 En todos los debates de entonces, de antes y de ahora, se demostró con abundancia de casos concretos y ejemplos, que la reelección presidencial indefinida, inevitablemente, conduce a la tiranía.


 Tanto es así que, en febrero de 2016, cuando el MAS decidió volver a la carga para insistir en una nueva postulación de Evo Morales a la presidencia del Estado, la pregunta del referendo para la reforma del artículo 168 de la Constitución nos pedía decidir si estábamos de acuerdo en aceptar que nuestros mandatarios puedan ser reelegidos dos veces, en lugar de una sola. ¡El propio MAS sabía que pedirle a la gente que apruebe la reelección presidencial indefinida era un despropósito y un disparate!


 Ante la negativa de la mayoría del pueblo boliviano, que dijo No ese 21 de febrero a la reforma constitucional, casi dos años después, un sector desesperado del oficialismo, decidió jugarse el todo por el todo: le ordenaron al Tribunal Constitucional que modifique, sin tener atribución ni tuición alguna para aquello, el artículo 168 de la Constitución, mutilándolo, declarando inaplicable el último párrafo de dicho artículo, es decir el “por una sola vez“. 


 Al sacar estas cuatro palabras de la Constitución, los supuestos guardianes de la misma implantaron la reelección presidencial indefinida.


 Esto es lo que realmente está en juego hoy en día en Bolivia. Si la ciudadanía acepta que se implemente la reelección presidencial indefinida, la tiranía será una realidad inapelable, tal como es en Cuba, Venezuela, Corea del Norte o Guinea Ecuatorial. Por eso, no es exagerado afirmar, que nos estamos jugando la democracia.


Ricardo Paz Ballivián es sociólogo.

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