Entre ceja y ceja

Esa noche en Potosí

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miércoles, 08 de agosto de 2018 · 00:11

Recibí esta carta de Eusebio, un joven estudiante de Sociología de 21 años. La transcribo en sus párrafos más interesantes:

Son las seis de la tarde y acabamos de llegar a Potosí. El bus que nos trajo hasta aquí salió a las seis de la mañana de la terminal de la ciudad de La Paz. Estamos en pleno invierno. Cuando abordamos, el termómetro marcaba un grado centígrado y el frío calaba los huesos. La ruta estaba relativamente despejada hasta Oruro, a donde arribamos a las 10 de la mañana, luego de una subida lenta y tortuosa por la autopista, en plena refacción, y una parada de casi una hora en la ciudad de El Alto, en la que, literalmente, casi nos congelamos.

Ya en Oruro, obviamente, fuimos hasta los apis del mercado y nos llenamos de calorías para continuar nuestro viaje. Tardamos unas seis horas en llegar, porque en ese tramo sí había mucho tráfico y porque nos detuvieron tres veces en el camino, preguntando para qué íbamos a Potosí.

Tuvimos que mentir a nuestros interrogadores, policías en la ruta y la denominada “policía sindical” a la entrada a la ciudad, diciendo que éramos un grupo de universitarios, estudiantes de Minería, que íbamos a realizar prácticas al Cerro Rico. No nos creyeron mucho, pero finalmente nos dejaron pasar. De hecho, un subteniente, en una de las trancas, se acercó a nuestro supuesto profesor y le dijo en el oído, casi susurrando: “Bolivia dijo NO”.

Una vez en la ciudad, nos trasladamos a unas aulas de la universidad, donde solidariamente los compañeros de la Tomás Frías nos brindaron cobijo y amistad, aunque, la verdad, no mucho abrigo. Dejamos nuestras bolsas de dormir y nuestras mochilas, y salimos al encuentro de otros grupos de estudiantes, activistas, militantes de partidos, y ciudadanía potosina en general, que ya había iniciado una marcha por las principales calles y avenidas.

Nevaba copiosamente y hacía un frío de pelar. Nuestras chamarras, chalinas y gorros, más eficaces para el frío seco que para la nevada, apenas nos permitían combatir la inclemencia del clima, pero el ambiente de las calles, la alegría de la gente, los aplausos de las vecinas y los vecinos en las veredas y los cánticos y estribillos que coreábamos a viva voz, nos hacían olvidar completamente el hambre (no habíamos comido nada desde las empanadas de viento en Oruro) y el frío que nos azotaba.

Fue una noche mágica. Miles y miles de personas nos abrazábamos y cantábamos en las calles. Sobre todo, potosinas y potosinos, de todas las edades y condiciones sociales, y económicas, junto a paceños, cochalas, cambas, chapacos, chuquis, orureños benianos y pandinos. Estaba toda Bolivia, gritando al unísono que “no, no, no, no me da la gana de vivir en dictadura como la venezolana”, y repitiendo hasta que se inflamen las cuerdas vocales, que “Evo decía que todo cambiaría, mentira, mentira, la misma porquería”. Nos dábamos aliento mutuamente y nos reconocíamos hermanas, y hermanos, exclamando a todo pulmón que “el pueblo unido jamás será vencido”, tal como me contaba mi padre, cuando salían a las calles, hace cuarenta años, para derrotar a la dictadura militar.

Pero la apoteosis, sin duda, fue el momento en que todas la voces, todas, se unieron en un solo grito: “Bolivia dijo NO, Bolivia dijo NO”. Era el pueblo que hablaba, que decía que nada ni nadie le quitará su derecho soberano a decidir, que el 21 de febrero de 2016 elegimos vivir en democracia y que estamos dispuestos a defender esa decisión, pacíficamente, sin violencia, pero con una determinación irrevisable.

Nos fuimos a dormir felices, con mucho frío en la piel y en los huesos, pero con un calor inextinguible en el alma, con la sensación de haber sido parte de una jornada histórica. La noche que Potosí fue Bolivia de pie. Al día siguiente, la ciudad amaneció tomada por miles de policías, no nos dejaron acercarnos a la Casa de Moneda. El poder temblaba y no era de frío. El caudillo habló enrevesado, sin convicción y breve. Se notaba en su mirada que estaba derrotado.

Ricardo Paz Ballivián es sociólogo.

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