Rodolfo Eróstegui T.

El vendaval

martes, 26 de noviembre de 2019 · 00:12

Poco a poco se enfriarán las cabezas y cuando estén frías recién comenzaremos a valorar mejor la coyuntura actual que provocó la caída del innombrable y la posterior aprobación de la ley de convocatoria a nuevas elecciones sin Evo y Álvaro. Seguramente en el corto y mediano plazo se harán análisis mucho más sesudos que los que conocemos, pues ahora muchos los están haciendo con las heridas abiertas y sangrantes, y otros con la garganta irritada de tanto gritar: ¿Quién se cansa?, ¿quién se rinde?

Con la anterior salvedad y con la garganta todavía ronca,  me atrevo a intentar una muy pequeña percepción que mis antenitas de vinil me permiten decir luego de   que se llevó el vendaval en Bolivia. Yo soy un laboralista y no politólogo;  por lo tanto, seguramente no soy certero con el uso de categorías propias del uso cotidiano de los analistas de la política, pero ahora a ¿quién le interesa leer sobre el mercado de trabajo? 

En primer lugar se destaca a la democracia; es decir, al conjunto de instituciones,  normas y prácticas mediante las cuales los ciudadanos interactúan cotidianamente. La democracia fue torpedeada constantemente, la justicia fue torcida a los intereses gubernamentales, a tal extremo en que muy pocas personas podían confiar en ella, pero el vendaval no se la llevó, sino que la reforzó.

La democracia exige que todo el mundo se someta a las leyes. De esta máxima no se escapa el presidente del país o el más humilde ciudadano. Al no cumplir las normas de una u otra forma comenzamos a debilitar la confianza en las instituciones de la democracia. Pasamos al reino de la corrupción para conseguir, como se vio, aprobar un examen de ingreso o ganar una licitación. 

El gobierno que salió era el principal violador de la Constitución Política del Estado (CPE), creía que la democracia no estaba tan afianzada en la sociedad, pero el concepto de democracia, por ejemplo, estaba mucho más anclado en la conciencia  de los jóvenes que lo que se pensaba. 

Es más, se creyó que la juventud no tenía valores democráticos, muchos decían que pertenecían a la generación zombi que caminaba detrás de su smartphone. Sin embargo, constatamos que ellos tienen una idea concreta del país en el que quieren vivir y del rol de la democracia en su desarrollo personal y profesional. 

Ellos alzaron su voz en coro porque percibían que el gobierno del innombrable quería conculcar la libertad que ellos necesitan para crecer profesionalmente o como emprendedores. 

El Gobierno masista al parecer percibió desde un inicio que perdería las elecciones. Por ello buscó alianzas con sectores venidos a menos en su representatividad, como la Central Obrera Boliviana (COB) para de esa forma mostrar a la opinión pública que mantenía su hegemonía política. Pero lo que logró transmitir al ciudadano de a pie, sobre todo a los jóvenes, es que había una intención de reemplazar al ciudadano, sujeto básico de la democracia, por una representación corporativa sindical, a la que mucha gente no estaba ni quería estar afiliada.

 De esta forma, tanto el Gobierno como la COB, por ejemplo, quedaron en offside. Este fuera de lugar se produjo porque toda la sociedad observó que en los últimos 14 años el  Gobierno violó con consentimiento de la dirigencia el principio de libertad sindical a cambio de recibir canonjías oficialistas. Los trabajadores percibieron que la organización que los representaba perdió la independencia política que necesita para defenderlos.   

El innombrable y el MAS quieren hacer ver que lo que hubo en Bolivia fue un golpe de Estado. Eso es para consumo externo, porque aquí todos sabemos   que quisieron eternizarse en el  Gobierno aduciendo que era un derecho humano. Pero la CPE, en su artículo 168 dispone claramente que sólo hay una reelección. Es más ellos, convocaron a un referendo en 2016 y también Bolivia les dijo No. Pero siguieron adelante hasta cometer el fraude electoral.

Fueron pillados como un niño al  que lo sorprende la mamá con la boca llena de caramelos y él dice  yo no fui. En realidad lo que ocurrió es un cansancio de tanta mentira y distorsión de la realidad en la que ellos nunca eran culpables de nada.

Creo que poco a poco los intelectuales, los sociólogos  y los politólogos nos podrán aclarar más sobre el vendaval que pasó por Bolivia.

 

Rodolfo Eróstegui T. es experto en temas laborales.

 

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