Rodolfo Eróstegui T.

Cuestión de ética

martes, 24 de diciembre de 2019 · 00:12

Los conflictos que se dieron después del 21F del año 2016, los mismos que se agudizaron con el fraude en las elecciones del 20 de octubre de este año que finaliza, fueron una canalización de la energía social desatada a lo largo y ancho del  país, a diferencia de lo que ocurrió en el año 2003,  que se dio principalmente en las ciudades de El Alto y La Paz.

Si bien la gota que rebalsó el vaso para que la gente se vuelque a las calles fue el fraude electoral digitalizado por Evo Morales y ejecutado por el MAS, en complicidad con el Tribunal Supremo Electoral, pero,  en el fondo lo que se reclamaba con la movilización fue el comportamiento antiético de los exgobernantes. En términos generales, podemos señalar que salió a flote la dimensión ética de los bolivianos; es decir, el respeto a las costumbres y normas, en los cuales creemos y valoramos en el país

La movilización pacífica y creativa durante el conflicto se manifestó en todas las capitales departamentales del país  y muchas ciudades intermedias. La parálisis del país no fue total porque existieron algunas regiones como el Chapare, que son los bastiones de Evo Morales, o en algunos barrios de algunas ciudades donde el expresidente gozaba de mucha simpatía, como ocurrió en las ciudades de El Alto, Cochabamba o en ciudades intermedias, como lo que ocurrió en Yapacaní. Pero los lugares donde se apoyaba a Morales se los podía contar con los dedos de las manos.

La dimensión ética se manifestó porque hubo un cansancio generalizado de que, desde el gobierno nacional, se burle o no se cumpla con las leyes o con la Constitución Política del Estado (CPE),  que  estuviésemos sometidos a las chicanas de los abogados  y que la justicia fuese manipulada a gusto y sabor del Órgano Ejecutivo. Pero también el pueblo boliviano estaba cansado de ver todos los días la corrupción sin precedente y de  escuchar la famosa frase de que se “investigará, caiga quién caiga”, y no caían los verdaderos responsables, sino los funcionarios de menor jerarquía que recibían órdenes de los poderosos.

 Se sancionaba al mensajero que llevó la carta y no al autor de la misma. 

Lo ético también estaba vinculado al respeto al voto. La población salió a las calles para hacer respetar su decisión, que ya fue burlada el 2016, ya que ahora lo estaban haciendo  camuflados con el fraude electoral, que en este país es un delito.  Estaban cansados de las respuestas oficialistas cuando se les encaraba, por las buenas, el irrespeto al voto: todos los funcionarios del Órgano Ejecutivo nacional mostraban su rostro de sinvergüenzas. 

En todos los foros de los medios de comunicación repetían con descaro que Evo Morales y Álvaro estaban jurídicamente habilitados para participar en las elecciones  por la sentencia del Tribunal Constitucional, cuyos miembros fueron nombrados por ellos. No entendieron, y hasta ahora no entienden, que el problema, en este caso, no era jurídico, sino ético. 

Entonces, en definitiva, podemos decir que el pueblo salió a las calles con sus pititas movilizado por la defensa de valores éticos: salió a flote la dimensión ética del pueblo boliviano.

Sin embargo, el resultado para los habitantes de la ciudad de El Alto, por el comportamiento de algunas personas, que a ciencia cierta no se sabe si viven en esa urbe o no,  no fue igual que en el año 2003, cuando los alteños que salieron muy respetados y con una autoestima elevada. En la actualidad no. 

Es por esa razón que los ciudadanos que nos movilizamos estamos obligados a impulsar actividades que acerquen a los bolivianos y se curen las heridas. De no hacerlo, se comenzará a incubar un nuevo conflicto en un futuro próximo.

Rodolfo Eróstegui T. es experto en temas laborales.
 

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