Rodolfo Eróstegui T.

Su vida una pasión

martes, 22 de junio de 2021 · 05:11

Quiero hablar sobre Javier Torres Goitia. No desde la perspectiva política, sino más humana, como una persona que vivía para servir a su familia, a los amigos, a los correligionarios y a todas las personas que se cruzaban en su camino. Fue una persona que vivía como pensaba, vivía con pasión. 

A pesar de mis años todavía recuerdo algunas navidades de mi infancia en Sucre. Viajaba con mis papás desde Catavi. También llegaban desde La Paz mis tíos Javier y  Gladis con mi primo Javier, también lo hacían el tío Hugo y Claude, con sus hijas Vero y Ariane, además de su hijo Alain. Nos fusionábamos como si estuviéramos todos los días del año juntos. Mi tía Rosa con sus hijas además de la Ruth con su esposo Agustín, el Chato, con sus  hijos vivía allá en Sucre. Toda la familia junta en una sola casa, éramos una multitud.

Los primos corríamos jugando por los patios de la casa de mis abuelos. La Noche Buena, a determinada hora, todos bailábamos chuntunquis al ritmo de los villancicos, no había que darle la espalda al Niño Jesús. Uno de los más entusiastas era mi tío Javier, quien daba volteretas. No sé si lo hacía por adoración, por diversión o por enseñar a todos sus sobrinos e hijo cómo se adoraba la llegada de Jesús. Uno de esos días, el tío pediatra y mi madre enfermera reunían a los primos, uno por uno y nos examinaba. Todos sin novedad. Él quedaba satisfecho por haber cumplido con la familia. 

Luego de esas lejanas vacaciones que pasábamos en la calle Padilla de Sucre lo perdí de vista.  Como buen nortepotosino, nos fuimos a vivir a Cochabamba. Allá me enteré que él fue nombrado Ministro de Salud en el gobierno del general Torres, al que el coronel Banzer le dio un golpe de Estado. El tío Javier terminó exiliado en Chile y, por ende, ya no había reuniones familiares de fin de año.  

Lo reencuentro en México, en el aeropuerto al que me fue a esperar. Fui a vivir con él a su departamento, en el que tenía habilitada una habitación para los sobrinos. Nos acogió a tres: a  Din, Alfredo (†) y a mí. Nos daban alimentación y se interesaban por nuestras actividades en la universidad.

Allá me di cuenta que él era un estudioso. Leía mucho sobre dialéctica- Como yo estudiaba Economía, a diferencia de mis primos, comentaba conmigo sus hallazgos. Yo, muchas veces, recién me enteraba sobre algún tema y estaba obligado a estudiar esos tópicos.  Le pidió a Carlos Toranzo que le enseñe El Capital de Carlos Marx. Según cuenta Carlos, para cada clase Javier le pedía a mi tía Gladis que prepare un picante mixto; esa era la retribución que le daba, porque Toranzo no le quería cobrar por las lecciones de El Capital de Marx.

En su oficina en la Universidad Nacional Autónoma de México  recibía a cuanto boliviano llegaba a buscarlo. Muchos no tenían visa para vivir en ese país. Él, en persona, los acompañaba a la Secretaría de Gobernación, allá donde estaba el monumento conocido en ese entonces como el “Caballito”.  A una mayoría les solucionó su situación migratoria. Cuando fue nombrado Embajador de Bolivia en México por la Presidenta Lidia Gueiler, la ayuda personal a los compatriotas eran más seguidas.

En ese país él comenzó a estudiar lo que sería a la postre el concepto de salud pública que él puso en práctica. Cuando asumió la presidencia el doctor Hernán Siles, con la UDP, lo nombró Ministro de Salud. Él estableció una alianza estratégica entre sociedad civil y Estado para prevenir enfermedades. Se crearon los Comités Populares de Salud. Llegó al ministerio no a improvisar, sino a ejecutar una política ya preconcebida.

Cada etapa de su vida a vivió con intensidad. A su vejez se dedicó a los nietos y a escribir libros y artículos políticos y científicos. Siempre lo hacía con un espíritu joven. Su pasión y su gustito era el tenis. Lo jugaba permanentemente a sus noventa y tantos años. Su vida fue una pasión.

 

Rodolfo Eróstegui T. es experto en temas laborales.
 

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