En riesgo de extinción

Prisioneros en su trampa

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martes, 30 de enero de 2018 · 00:07

El séquito, es decir el grupo que rodea, custodia y se alimenta de las acciones y decisiones del jefe de Estado, experimenta la asfixia de los barrotes que ha construido para disfrutar del poder.  Ese encierro, laboriosamente edificado, les impide decirle abierta y francamente al Presidente que el camino de la reelección es la ruta hacia su derrota. 


 Al no poder expresarse con sinceridad, deben callar la verdad, inventar explicaciones extravagantes, teorías retorcidas y mantener una política de continuas agresiones e incremento de la tensión política y social para disimular su quiebra.


 Desde el día mismo del ascenso, con la teoría fundadora del evismo hasta la abrogación del Código Penal, fruto de una “asonada clasemediera”, según el principal y único teórico del régimen,  el séquito ha cultivado la leyenda de que el Presidente es imbatible, invulnerable y, sobre todo, infalible, repitiendo esta plegaria cotidianamente, a cada momento, en la oreja del conductor. Así construyeron un tóxico sistema de toma de decisiones en la cúpula del MAS. 


 Con el Vice a la cabeza, el séquito aprendió que la manera casi segura de materializar sus propias iniciativas es repetirle al Presidente que éstas se originan en la creatividad presidencial, hasta que el supremo conductor asimile y crea ese mensaje.  El costo de esta forma de proponer y ejecutar su agenda es respaldar incondicionalmente, sin derecho siquiera al rezongo, las determinaciones del jefe, porque la sumisión y la incondicionalidad les han garantizado  cimentar, ampliar y conservar su parcela de poder.


 Algunos de ellos alcanzan a darse cuenta que la aceleración del deterioro de la gestión, la disminución de credibilidad, el crecimiento de las evidencias y sospechas de abusos de poder, y asalto de las arcas públicas, traducidas en la persistente caída de atractivo electoral del Presidente, abren la puerta a que prospere la posibilidad de una fórmula electoral opositora, hoy, con las tendencias de intención de voto vigentes, con todas las posibilidades de derrotar, inclusive en primera vuelta, a  su único candidato. 


 Saben también que la  revocatoria de la anticonstitucional sentencia del TCP o cualquier otra medida que signifique el retiro de la candidatura de Juan Evo Morales Ayma significa, casi automáticamente, el astillamiento de la oposición partidaria en múltiples candidaturas, con la mejora correlativa de rendimientos electorales del oficialismo. 


 Es más dudoso que puedan escrutar más allá el horizonte para asimilar que si, burlando toda la resistencia, su actual candidatura consiguiese imponerse, sería bajo la sombra de una duda completa respecto a la legitimidad y limpieza del proceso electoral, y la posibilidad de que el régimen sucumba catastrófica y aparatosamente, inclusive antes de concluir su mandato.


 Pero, el calabozo construído para atajar la verdad y cimentar las leyendas y la mitología del sujeto histórico irremplazable,  los tiene atrapados y anula sus posibilidades de tomar iniciativa alguna que signifique rectificar la deriva hacia la derrota.


 La precariedad en que se encuentra el régimen y su proyecto puede todavía esconderse gracias a que los partidos opositores, cuya mayor diferencia con  el oficialismo estriba en quién debe ser el siguiente ocupante del palacio quemado, no asumen indispensables iniciativas, como el simple anuncio de que sus propios candidatos eternos -o sea, sus también perennes jefes- no se presentarán como candidatos a la presidencia o vicepresidencia en 2019, como aporte para combatir el caudillismo, como el problema central de la reelección perpetua. 


 Un escenario electoral de 2019 despejado de todas las candidaturas que representan el pasado en sus diversas etapas y contenidos, nos da la oportunidad de empezar a cuestionarnos la manera de superar la fracasada visión desarrollista -punto de contacto fundamental entre el MAS y sus opositores- que empuja a que, alucinados por el anacrónico modelo productivo (a veces estatista, a veces privatista), sacrifiquemos la base de una nueva economía basada en nuestra verdadera riqueza, que son las fuentes de vida (agua, oxígeno, biodiversidad) hoy confiadas  a nuestra responsabilidad colectiva.

Roger Cortez  es director del Instituto Alternativo.

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