En riesgo de extinción

Los dos enemigos

martes, 14 de agosto de 2018 · 00:12

Dos son los adversarios capaces de hacer temblar al MAS. Del primero, el más grande y el más fuerte, cabe que ni se haya anoticiado, o que prefiera ignorarlo, porque el mayor enemigo del MAS es el MAS.

De su vientre y su boca han nacido las peores calamidades, los enredos y las heridas que no curan. Ningún ajeno induce u obliga que el MAS se deslice hacia estos con nombre de caudillismo, patrimonialismo o impunidad que impregnan sus prácticas. En sus profundidades se gestó el proyecto de la nueva reelección, igual que desconocer la voluntad soberana y la Constitución. O la pervertida idea de lealtad que lleva a garantizar inmovilidad, ascenso e impunidad para los que cometen delitos “por la corona” (robo para la corona, dijo un ministro argentino, cuando fue sorprendido in fraganti desviando recursos públicos).

Su segundo enemigo –y a éste sí lo identifica bien el régimen– es la protesta espontánea de los ciudadanos ante los abusos; esas movilizaciones, sin patrones ni mordazas, que comúnmente se denominan movimientos sociales.

No hablo de organizaciones sociales, cuyas cúpulas están rigurosamente controladas y secuestradas por el régimen. Esas direcciones, empotradas ahora en las entrañas del Estado, le garantizan al poder una gobernabilidad basada en el amansamiento de sus bases mediante una obrilla aquí, la satisfacción de una reivindicación acá; siempre bajo un ajustado esquema de recompensas, privilegios y cargos públicos para la dirigencia.

Los movimientos sociales, como la resistencia al gasolinazo, las marchas indígenas, la rebelión de los “discas”, las movilizaciones regionales, nacen cuando partidos políticos, organizaciones sociales, comités, cámaras u otro tipo de instancia gremial o corporativa no alcanzan a canalizar y conducir un reclamo o una protesta. Éste, que se llama a sí mismo “gobierno de movimientos sociales”, no lo es y les teme porque no puede preverlos, contenerlos ni comprarlos.

El 21F es una expresión que nació como votación mayoritaria, se convirtió luego en demanda de respeto a la Constitución y a la democracia. Explotó, más tarde, como protesta frente al anticonstitucional fallo de los empleados del régimen en el TCP y se ha convertido, y madurado, durante las últimas semanas, en M21; es decir, un movimiento social que ha llegado convertirse en la mayor pesadilla de un régimen atrapado en los enredos de su codicia, de su incapacidad para enfrentar los mayores problemas del país, pese a su larga estadía el mando.

El inepto, de yapa, para superar el mismo programa que ensayamos desde que, en 1942, el consultor estadounidense Merwin Bohan, traído por su embajada, nos lo recomendara: colonización de las tierras bajas, sustitución de importaciones, industrialización al estilo del siglo anterior, etcétera.

Eso hacemos, de una y otra manera, con más Estado algunas veces, con más mercado en otras, y eso es lo que propone el MAS para reelegir a su jefe; eso sí, con mucha más deuda, dependencia, destrucción natural y atropello a las libertades, la Constitución y la democracia; todo bajo el nombre de “agenda 2025”.

La maduración del 21F (voto, protesta, movilización) en movimiento social (M21) lo enfrenta con sus posibilidades y límites. Su mayor posibilidad consiste en afianzarse, extenderse, enfrentar las campañas de miedo e intimidación que el régimen ensaya para contenerlo y disolverlo; si crece y madura lo suficiente puede desbaratar el plan continuista, y el afianzamiento de las prácticas antidemócraticas.

No alcanzará esa victoria si permanece como acción pura de plataformas y activistas urbanos, necesita conectarse con el desencanto indígena, ante un régimen que ha negado sus derechos y destrozado sus organizaciones, así como con el descontento campesino, por la forma sectaria y prebendal con que el oficialismo maneja a los dirigentes de sus representaciones organizativas.

Una victoria social de esa magnitud, sin dueños ni manipuladores partidistas, nos colocará en el escenario de recuperar plenamente lo democrático, así como construir un proyecto nacional, basado en los avances que contiene nuestra Constitución, para unir la libertad a la prosperidad y el bienestar, con base a nuestro esfuerzo, disciplina, y creatividad colectiva.

Roger Cortez es director del Instituto Alternativo.

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