Roger Cortez Hurtado

Los nuevos rostros y las mañas de siempre

martes, 17 de diciembre de 2019 · 00:12

En toda transformación profunda, las sociedades empapadas y arrastradas por su fuerza suelen tardar, a veces mucho, en comprender el calado y la extensión de los cambios producidos o que están en plena evolución. Es también frecuente que nos distraigamos con detalles o personajes, vistosos o entretenidos, capaces de deslumbrar instantáneamente, pero básicamente desarraigados de profundas raíces.

La secuencia de hechos que se van amontonando en pocos días sobre las acciones, reflejos, formas de ser dos de los más destacados dirigentes que capturaron la atención de la gente, y los medios de la difusión masiva está apuntando en sentido de que la intrepidez o la novedad de sus imágenes no alcanza para detener, y menos volcar, el impulso arrollador de la tradición política más común y arraigada en nuestro medio. 

Luis F. Camacho y Marco Pumari consiguieron, en un lapso fulgurante, encender la imaginación de mucha gente, alentando la ilusión de que el eclipse del desgastado régimen masista podría ser reemplazado por personas, aparentemente, despojadas de vínculos significativos con el pasado que había sepultado el proceso constituyente y, desde luego, con el gobierno masista.

El régimen que buscaba perpetuarse acumuló una cantidad aplastante de indicios y denuncias de acciones podridas, sea por abuso de poder o por desvío de los recursos públicos; abrumó con su eterna violencia verbal, acusaciones, descalificaciones y atormentó con su insensibilidad, y prepotencia, logrando que inclusive, entre sus fieles, se advirtiese la necesidad de modificaciones, incluyendo las de caras y voces que coparon la escena política por años.

En principio, Pumari, procedente de uno de los territorios más postergados y menguados con la persistente emigración de sus pobladores, que buscan en otros lares las perspectivas que no encuentran en su cuna natal, proyectaba un imagen localizada y acotada por los límites de la reivindicación que había encendido la última protesta potosina.

En cambio, Camacho encontró el sitio perfecto para escenificar la disputa nacional por la recuperación democrática gracias a la energía y potencia que ha acumulado Santa Cruz durante el largo período en que ha ido poniéndose a la cabeza de la economía y la demografía del país. Partió con esa clara ventaja y la disponibilidad suficiente de recursos materiales y financieros para convertir los cabildos como punto de encuentro de la irrupción libertaria de jóvenes, adolescentes y mujeres, en una plataforma ideal de su lanzamiento, aunque juró que no incursionaría en la política, ni las elecciones.

Pudo quebrar, posiblemente con poco gasto de imagen, esa su promesa, porque sus rápidos reflejos y su conducta arrolladora se ajustaron a la debilidad o ausencia de los dirigentes políticos. Su encuentro con Pumari en la acción y la iniciativa los potenció a ambos, creando una sinergia que dio base a expectativas sobre un posible futuro conjunto.

Esa posibilidad nunca superó el plano especulativo, porque el origen, raigambre y proyección clasista, cultural, y económica de ambos resultaba  tan incompatible, casi antagónico. Camacho lo entendió rápido y de la forma más práctica diseñó una hoja de ruta para separarse, con el menor daño posible para sí, en materia de expectativas electorales, pero con el mayor para su ilusorio socio. Las grabaciones de sus charlas no dejan duda del propósito, igual que la forma de  administrarlas, que había planificado para cumplir su propósito.

Los requerimientos de Pumari en las grabaciones no dejan espacio para interpretaciones y demuestran que el fondo de su negociación, más allá del lugar que pudiese ocupar en un binomio, iba mucho más lejos y determinaban quién iba a ocupar el rol dominante y quién el de subalterno.

Las cosas se ponen peores cuando se ve que en tales charlas y negociaciones no hay espacio alguno para definir un proyecto de país, exactamente como ocurrió en la última campaña electoral, en la que sólo terminó por debatirse quién podía ser más democrático y menos corrupto.

El MAS nos probó que las declaraciones ideológicas no inmunizan contra la corrupción. Lo que está pasando ahora nos demuestra que la juventud o la novedad tampoco vacunan contra la persistencia de los vicios y desviaciones de la vieja forma de hacer política.

 

Roger Cortez es director del Instituto Alternativo

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