Roger Cortez Hurtado

¿Quién dijo que todo está perdido?

martes, 10 de septiembre de 2019 · 00:12

Lo dijo el presidente, cuando afirmó que nada puede hacerse, sino evacuar a los damnificados; sus ministros y parlamentarios, al señalar que el gobierno actuó a tiempo; o que se debe felicitar al jefe de Estado por su valerosa actuación; o que tenemos que convivir por siempre con las quemas; o la declaración de presidentes y ministros, en Leticia, Colombia,  al proponer vagos acuerdos, no obligatorios ni perentorios.

Cuando se haga un recuento de quienes hicieron que, cómo y cuándo, se verá cristalinamente quienes todo lo entregaron, los que los siguen haciendo, son los que menos tienen, como Pablo Miguel Suárez Núñez, el voluntario; las familias que viven y resisten las llamas sin resignarse; los municipios más pequeños que agotaron sus recursos; los jóvenes que salen a las calles a decir su bronca, sus ganas de que las cosas sean de otra manera; los que están juntando semillas de árboles y refugiando a los animales, heridos, quemados, espantados. Los que quieren empezar ya un nuevo turismo, trayendo a los que quieran ver, como las cenizas serán nuestro futuro, sino rectificamos ya mismo.

Contraste brutal con los que más tienen: el Estado, en casi todos sus niveles y especialmente el central,  diciendo que ha gastado ¿qué? 11,15 millones ¿Y los 500 millones que cuesta la propaganda oficial? ¿Y los palacios de jerarcas, parlamentarios, ministros? ¿Y los sobreprecios, las obras mal hechas?

Las cuentas llegarán, sin falta, pero lo que hoy cuenta es convertir el dolor en ímpetu de construcción, desde abajo, del seno mismo de la sociedad, porque sin margen de error: los que tienen el poder y no quieren soltarlo y los que aspiran a desplazarlos, empezarán  a darse cuenta que hay que hacer algo, cuando hayamos empezado a construirlo; antes, seguirán especulando y calculando.

Lo primero es detener todas las incursiones, avasallamientos, vestidos o no de falsa legalidad que han permitido contrabandear poblaciones en bosques, parques y territorios indígenas. Parar todas las triquiñuelas del Ministerio de Desarrollo Rural, INR,  sus amistades y parientes. Inmovilización de toda acción que no sea para mitigar y recuperar. Al mismo tiempo, romper con la hipocresía estatal de no declarar desastre “porque se afecta la imagen del país” (les preocupa su imagen, no la de Bolivia).

La ayuda externa que ha llegado hasta ahora merece nuestro respeto y gratitud, permanentes, o totales, como decía Cerati. La que necesitamos es muchísimo más y es parte de la responsabilidad colectiva, mundial, para salvar los pulmones del mundo -la Amazonia-; el punto universal en que naturaleza y música se han encontrado -la Chiquitania-; el Pantanal y el Chaco, como depositarios de biodiversidad única. Y para ello no bastan monsieur Macron 22 millones de euros! Necesitamos de un esfuerzo serio y suficiente de la comunidad internacional que reactive economías deprimidas y expulsoras de desesperados que van a buscar desesperadamente su vida al Norte.

Nadie arriesgará un centavo con las administraciones corruptas que se turnan; nuestra interpelación y movilización por ayuda requiere que limpiemos la casa. Esta no es una cruzada por misericordia, es la reformulación completa de como hacemos las cosas. Empieza en Santa Cruz, pero abarca la reactivación de la economía del país, fuera de los planes de reforma estructural, devaluaciones y desempleo, en la que caerán todos, sino cambiamos de esquemas y modelo productivo.

Para ser creíbles, necesitamos hacer de Bolivia la primera bioeconomía que haga de los bosques, de la biodiversidad, de la recuperación de tierras erosionadas y desertificadas la alternativa, a la que impulsan hoy el MAS y sus aliados de los capitales transnacionales de los agronegocios; de producción de un millón de toneladas de quinua en tierras áridas, con tecnología nuestra ya existente; de la investigación pionera en energías limpias; de la ruptura de la dependencia de los combustibles fósiles, empezando ¡ya! De la educación dirigida a una producción renovada, creativa y diversificada.

Empezarán a darnos atención cuando comencemos a crear empleos para la mitigación, la sanación y la reconstrucción; rompiendo y corrigiendo los programas electorales que circulan. Poniendo punto final antes que empiecen obras delirantes y destructivas como el Chepete o la ampliación de cultivos para biocombustibles, o para producir y seguir asfixiándonos con plásticos.

Antes, durante y después de las elecciones, porque nos estamos jugando todo.

 

Roger Cortez es investigador y docente universitario.

Confidencial

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