Roger Cortez Hurtado

El sonriente y el manso

martes, 18 de febrero de 2020 · 00:12

Ha de reconocerse que aún antes de encabezar la fórmula de su partido, el candidato presidencial del MAS nunca fue tacaño a la hora de sonreír. Pero desde que fue nominado en Buenos Aires, la sonrisa burbujea en su rostro y estalla incontenible a cada paso y en toda ocasión. Es la expresión viviente del que está contento y satisfecho.

Razones no le faltan porque, pese a todo, adelanta en las encuestas con casi un cuerpo a la tropa de competidores y, tal como están las cosas, a ellos no les será fácil remediarlo por sus propios medios.

Lo gracioso de los mohines del presidenciable no ha de hacer olvidar la grave dolencia que padece y consiste en su crónica y profunda alergia por la verdad. El nombre del modelo que defiende, “comunitario-productivo”,  lo demuestra sin compasión porque durante su largo control de las decisiones económicas jamás movió un cabello para abrir la puerta a empresas comunitarias y la producción ha sido encadenada a viejos e inútiles moldes que la están estrangulando y, con ella, al futuro del país. 

Las empresas estratégicas que ha dejado, abrumadas por un enorme peso de militantes que llenan sin beneficio sus planillas, o tienden a paralizarse, como ocurre con varias de las más grandes de YPFB, la azucarera de San Buenaventura, la estatal de minería y, desde luego, casi todas las nuevas pequeñas.

 Con una producción de gas que cae y sus mercados que se estrechan, Bolivia enfrenta la crisis climática, dependiendo invariablemente de la exportación de hidrocarburos y minerales, al mismo tiempo que el fuerte impulso que el MAS dio al modelo agroexportador, nos lleva al callejón sin salida de sacrificar los recursos base para una nueva economía que se encuentra  en los bosques, los mismos que su modelo incendia y arrasa para producir biocombustibles, transgénicos y ganado de exportación.

Tal es el modelo “comunitario productivo” que ninguno de los contendores del MAS enfrenta y refuta; unos porque obtuvieron y obtienen sus beneficios; otros,  porque creen que no es oportuno hacerlo, aunque la realidad no deja de advertirnos por todos lados que las sequías, inundaciones y otros desastres se harán peores, y que no hay economía posible si continuamos sacrificando la naturaleza, la biodiversidad, el agua y el aire.

Sin este debate sobre lo central y el proyecto de país, el candidato sonriente puede no avanzar, porque con lo que ya tiene casi se garantiza la mitad de las bancas parlamentarias y a sus oponentes fragmentados y enfrentados. 

Así se viabilizará la impunidad del régimen caído y la de Morales Ayma, quien trata de mala e inverosímil manera presentarse ahora como manso y pacificador.

Pero su candidatura está pensada para desmantelar el delicado apaciguamiento, porque si es autorizada detonará enfrentamientos y si es bloqueada él, en persona, convocará a que se desaten. La sonrisa apenas esconde, pues, un arsenal de amenazas y explosivos que pueden fácilmente inflamarse con los hábitos y reflejos que el Gobierno provisorio ha heredado de su antecesor y que se agravan con su aturdida decisión de meterse en la carrera electoral.

Las primeras encuestas hacen pensar que la fortaleza de la adhesión de los votantes masistas bien podría resistir que el Tribunal Supremo Electoral obligue a que cambie su binomio, sin que se resienta notablemente su convocatoria. De hecho, si ocurriera un impensable cambio que llevara  a la cabeza a alguien hoy vetada por su dirección partidaria, el MAS podría soñar con ganar en primera vuelta.

Pero, aunque no gane el Ejecutivo, casi asegura que podrá mantener al próximo gobierno                       -enclenque y oportunista- bajo permanente asedio, parlamentario y callejero.

Hasta ahora el destino del MAS permanece en sus propias y manos y depende de la manera en que dosifique sus sonrisas y puñales escondidos, y no en las de los aspirantes a reemplazarlo. Ellos siguen creyendo que es posible prolongar un gobierno “de transición” que se la pase quejándose del fraude y corrupción durante cinco años, sin afrontar  con plena y consciente participación de la sociedad modificaciones de raíz.

No basta con que cinco de las ocho candidaturas salgan ya mismo de carrera, ni tampoco es tiempo de “votos útiles”, que serán dilapidados si no están atados a un proyecto de país que nos unifique y supere al que se ha agotado y marcha a su desastrosa implosión.

 

Roger Cortez es director del Instituto Alternativo.

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