Roger Cortez Hurtado

Ceguera compartida

martes, 3 de marzo de 2020 · 00:12

Hay un lazo que encadena al conjunto de las propuestas que se presentan a consideración de los votantes y que las termina hermanando, más allá de los afanes que despliegan todos por presentarse como únicas y diferentes. Este nudo de amarre hace que al final y después de las querellas, sermones y promesas sobre si más mercado o más Estado, con más o menos corrupción, todos presenten una línea de horizonte uniforme e indistinta de porvenir para el país. 

El nexo que los atrapa y termina por consumirlos es la completa subordinación de nuestra economía a la extracción y comercialización de hidrocarburos. Unánimemente del polo político y tecnocrático se nos dice que no es posible modificar este eje gravitatorio alrededor del cual se construyó el auge del proyecto masista y en torno al que se están labrando hoy nuestras próximas desventuras. 

Cuando se piden nuevas propuestas y enfoques, todos parecen ampararse y repetir las quejumbrosas y fatalistas expresiones del exvice García cuando preguntaba ¿con qué pagaremos los salarios, con qué nos mantendremos? A lo que sólo falta que se agregue ¿de dónde sacaremos recursos para pagar los más de 11.000 millones de dólares de deuda? (y el 20% adicional que está preparando el Gobierno provisional para incrementarla durante su efímera existencia).

Si al igual que el año pasado, nuestro consumo de diésel y gasolina asciende un 30% y la exportación de gas aporta aproximadamente los mismos 2.000 millones de dólares, casi 2/3 partes de esos ingresos pagarán las importaciones de combustible; mientras mantenemos una matriz energética basada en alrededor del 80% en la quema de gas para producir electricidad. 

Las respuestas que prevalecen apuntan a mantener la situación estática porque fundan sus esperanzas en incrementar las inversiones propias y atraer, a como dé lugar, las extranjeras, para buscar hidrocarburos con costos altísimos y resultados que podrían verificarse en plazos mayores a un quinquenio. 

Peor aún, con cinismo se nos promete utilizar mayores cantidades de diésel para continuar desmontes y quemas que llevarán a producir combustibles vegetales, sin importar que el sacrificio de nuestros ecosistemas incrementará las penurias de las grandes sequías e inundaciones que acarrea la crisis climática global.

Lo que se cuidan muy bien de no confesar es que la exploración desesperada o el uso de técnicas de hidrofracturación (fracking) y los “biocombustibles” van a contramano de la necesidad de cambiar de fuentes de energía y que acelerarán los procesos de retorno a la mayor pobreza de quienes apenas la superaron y del empobrecimiento de todos los que no seamos parte de los grupos empresariales y la alta burocracia, vinculados a los grandes negocios petrolíferos, de exportaciones agroganaderas o financieros.

El tránsito a una economía descarbonizada no puede continuarse postergando, los primeros duros pasos no deben demorarse con el pretexto de que requerimos una nueva transición. Necesitamos cambiar ya  nuestra matriz productiva y energética para adquirir la capacidad de resistir y adaptarnos a los cada vez peores embates del cambio climático. 

Necesitamos dejar de seguir amarrados a la explotación del subsuelo y para ello contamos con los recursos de vida que nos proporciona la naturaleza,  y la creatividad y el ingenio de nuestra gente como pilares de un nuevo patrón   productivo.

La multiplicación de las visitas a nuestro país de los 2,2 millones actuales, a 10 o 12 por año, en un quinquenio (superando esquemas tradicionales del turismo convencional),  la producción de alimentos para consumo propio y exportación, el autoabastecimiento de energía limpia corren parejos a la necesidad de dar saltos cualitativos en educación, salud, administración de justicia y limpieza del manejo de la administración pública.

Éstas son metas ajenas a los políticos profesionales, tradicionales y novedosos, igual que a la burocracia que copa las organizaciones sociales; su planteamiento, exigencia y materialización dependen  únicamente de nuestra movilización y participación colectiva.

Roger Cortez es director del Instituto Alternativo.
 

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