Verónica Ormachea

La primavera democrática boliviana y luego el infierno

martes, 26 de noviembre de 2019 · 00:11

Fue inédito. A través de movilizaciones pacíficas, la sociedad civil boliviana hizo caer al dictador Evo Morales. Fuimos protagonistas de un hecho histórico. Un ejemplo para el mundo. Todo empezó cuando se detectó el fraude electoral instruido por él a su favor y le arrebató la elección a Carlos Mesa, que salió en segundo lugar.  

Bolivia vivió algo parecido a la Primavera Árabe de 2010, que nació en Túnez, en la que  los pueblos se levantaron contra gobiernos autoritarios, creando un efecto dominó, que terminó con la caída de varios presidentes. ¿Nos seguirán Venezuela y Nicaragua?

Los bolivianos salimos durante 21 días a las “mil esquinas” del territorio porque no queríamos convertirnos en otra Venezuela.

Fue la “revolución de las pititas”. Amarrábamos pitas a los árboles para bloquear las calles y mientras tanto hacíamos flamear la Bandera de Bolivia. Portábamos carteles, golpeábamos ollas, marchábamos, hacíamos vigilias y lanzábamos arengas contra el fraude por la democracia, y por la renuncia de Morales.

Los grandes protagonistas fueron las mujeres y los jóvenes. Éstos no habían conocido otro presidente que el dictador Morales y clamaban por democracia.

Recibíamos al día cientos de  mensajes y convocatorias en WhatsApp e internet que se viralizaban al instante.

Los cruceños fueron ejemplares. Hicieron vigilias día y noche bajo el Cristo, y de allí surgió el liderazgo de Fernando Camacho, con la Biblia.

Éramos millones y logramos de forma pacífica paralizar al país. Los bolivianos en el exterior también protestaron.

Luego la Policía, así como las FFAA, en cumplimiento de la Carta Magna, nos dieron su apoyo.  Estos últimos “sugirieron” la renuncia de Morales y éste lo hizo.

Cuando Morales dimitió hubo un punto de inflexión. El país se convirtió en un infierno.

Se escondió en el Chapare, sede de los cocaleros, y derrotado ordenó a sus huestes quemar casas, instituciones, autobuses y destrozaron lo que encontraron en su camino, mientras gritaban “guerra civil”.

Luego se asiló en México. ¿Por qué no se fue donde sus amigos cubanos o venezolanos?

Allá violó las normas de asilo político diciéndole al mundo que le habían hecho un golpe cívico-policial, lo cual es falso. Prueba clara es que luego hubo una sucesión legítima y hoy contamos con la presidenta constitucional Jeanine Añez.

Desde el exilio dorado siguió ordenando a sus partidarios cometer actos criminales con explosivos para cercar la ciudad de La Paz y privarnos de alimentos, gasolina  y gas. Los había, pero bloquearon las calles y evitaron que lleguen a la ciudad; sin embargo, resistimos.

Tal vez quiso emular al Cerco de La Paz que realizó el indígena Túpac Katari en 1781 contra los españoles, cuando los habitantes terminaron comiendo perros.

Lo peor fue el intento de volar la planta de hidrocarburos de Senkata. Si explotaba, los autores se hubieran inmolado y cometido genocidio. Aquello dio como resultado ocho muertos. En Cochabamba también hubo enfrentamientos entre cocaleros y las fuerzas del orden.

Aún hay bloqueos y el Gobierno está dialogando con los movimientos sociales.

Lo fundamental es que promulgó la Ley electoral de convocatoria a elecciones generales que se realizarán en marzo de 2020.

La ley impide que Evo se presente como candidato, no así a sus partidarios. Aquél no dejó un sucesor por su deseo de perpetuarse en el poder, como Fidel Castro, Franco y el mismo Hitler, y su Reich de los mil años.

Morales tal vez jamás pueda volver a Bolivia porque el  Gobierno le ha presentado una querella penal por terrorismo y sedición.

Hace 14 años muchos bolivianos y el mundo vieron con satisfacción que un indígena fuera elegido por primera vez como presidente de Bolivia.

Morales tuvo la oportunidad de realizar cambios fundamentales para sacar al pueblo de la pobreza,  y mejorar la educación, salud  y servicios básicos, pero no lo hizo. Derrochó el dinero de los bolivianos en gastos innecesarios.

Este es el lamentable resultado de su gobierno dictatorial, autócrata y racista. Es el fracaso del socialismo del siglo XXI.

 

Verónica Ormachea  G. es periodista y escritora.

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