Diletantismos

El gran impostor (y sus seguidores)

sábado, 13 de octubre de 2018 · 00:11

Al parecer, lo propio del dictador del siglo XXI es pretender que es demócrata, por lo cual debe mostrar dotes actorales. Así, cuando se sacó de la manga el adelanto cínico de la ley de primarias electorales (convertida en un mojón en el camino hacia el partido único), el Presidente dijo que se había sentido sorprendido, e incluso asustado. Sin embargo, desde hacía semanas, si no meses, sus acólitos venían llenando firmas de militantes en las esquinas. Pura actuación de un gran impostor que cree que la audiencia se traga su performance.

Entretanto, el ejército industrial de recursos humanos puestos al servicio del proyecto dictatorial está afanadísimo lamiendo las heridas de la derrota de La Haya por el medio que sea. No por el enorme costo nacional del fallo, por supuesto (es impajaritable que Morales va a pasar a la historia como el presidente que terminó de cerrar definitivamente toda posibilidad de recuperar algo de soberanía en la parte de costa que nos perteneció), sino por los costos políticos para la repostulación forzada e ilegal.

Desde el Vice que, en un último rapto enajenado de su amor por torcer los resultados en la mesa cuando ha recibido una goleada, llegó al extremo de sugerir que en La Haya no perdimos, sino que nos trajimos un honroso empate, pasando por algunos gobernadores o ministros que superaron a García Linera al decir que en realidad Bolivia tuvo una gran victoria (quizá se refieran, para seguir en el estilo de nuestras cuitas deportivas, a que ganamos experiencia para futuros torneos en pro de la “irrenunciable reivindicación marítima”).

Pero en fin, el asunto del mar pasará y llegará el momento de saber si conseguimos salvar la democracia o nos resignamos, como cubanos, venezolanos y nicaragüenses, a tener que soportar una autocracia. Y entonces se pondrán en juego otros temas.

Por ejemplo, la troupe de llunku-periodistas y opinadores masistas, tramposos y mentirositos como siempre, ahora están dados a la tarea de asustar con el fantasma del “neoliberalismo estilo Macri”, para sugerir o decir abiertamente que mejor nos quedamos con lo que tenemos, so pena de sufrir una inflación que destruirá el valor de los salarios.

“Cualquier cosa menos la pesadilla neoliberal”, dicen. ¿Y la pesadilla venezolana? Pero lo más importante es que omiten a propósito considerar realidades más parecidas, como las de Perú, Colombia y Chile, que mal que bien no han tenido la dudosa suerte de experimentar con el socialismo del siglo XXI y, sin embargo, hace buen rato que caminan sobre seguro hacia un desarrollo mediano sin grandes sobresaltos (personalmente pienso que nuestros vecinos gauchos son únicos y casi incomprensibles, pero esto sería motivo de otra columna).

Otro tema del libreto oficialista de estos días no es una semiverdad, fake news o lo que se le ocurra al millennial comunicacional de turno: es una palmaria muestra de la vocación antidemocrática de esta gente de la vieja izquierda estalinista y trotskista del siglo XX que ha reverdecido viejos laureles autócratas en este siglo: es que la oposición sólo sabe decir que Bolivia dijo no, que no tiene propuesta.

Olvidan que, más allá de cifras económicas, también hay bienes institucionales preciados que tienen que ver con la libertad. Qué mas programa de gobierno que la restauración de la legalidad democrática por medio, para empezar, del reconocimiento de la voluntad soberana expresada en el referendo de 2016. Hay más de dos millones de ciudadanos, entre los que obviamente me cuento, que se sienten estafados porque se está ignorando su voto, y encima con un argumento ofensivo: que, estúpidos como somos, hemos sido víctimas de una mentira montada. Es algo imperdonable.

Por otro lado, conozco gente arrepentida de haber votado una y otra vez por el MAS en años pasados, que esta vez lo harían nuevamente si la nomenclatura masista, demostrando que finalmente ha aprendido lo que es la democracia, aceptara postular a algún delfín. Algo parecido a lo que ha ocurrido en Argentina o Brasil con los kirchneristas y el PT calmaría las aguas que, sino, serán sin duda procelosas el año que viene.

Wálter. I. Vargas es ensayistay crítico literario.

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