Diletantismos

Esplendor y ocaso de Tristán Marof

sábado, 27 de octubre de 2018 · 00:12

No se ha hecho todavía una reconstrucción de la vida del mayor y más cosmopolita de nuestros revolucionarios sigloventinos: Gustavo Navarro, por mal nombre Tristán Marof. Y es una pena, porque se trata de un personaje harto pintoresco y apasionante, por lo menos en un sentido novelesco, como fue tradición latinoamericana, sobre todo en la primera mitad del siglo XX (me refiero a la caterva de Nerudas, Diegos Riveras, Guillermos Lora y tutti quanti redentores de las masas que anunciaron verborrágicamente el incendio revolucionario del subcontinente de boca para fuera).

En el “caso Marof”, yo me zambulliría en las hemerotecas para estudiar sobre todo el periodo que va de 1927 a 1936. Porque en 1927 Marof es expulsado del país por Siles y se va a Perú, donde se entrevista con Mariátegui, obviamente para ver la mejor forma de conspirar. Pero ésa sólo sería la primera parada de la verdadera gira internacional que emprendió entonces esta estrella del socialismo latinoamericano.

En apretada síntesis, llega a Cuba vía Panamá y en la isla se mete en problemas con los comunistas cubanos. Luego se va a México, donde indispone al Gobierno azteca, que igual decide expulsarlo (se dice que incluso se lo amenazó con fusilarlo), recalando en Nueva York. Desde esta ciudad decide finalmente reunir armas (¿vía colecta, tema a investigar) para enviarlas e invadir Bolivia por Villazón, pero se le adelanta otro revolucionario: Roberto Hinojosa. Finalmente se va a Argentina, donde, a tiempo de oponerse a la Guerra del Chaco, termina por ser condenado a muerte y luego liberado, según cuenta y muestra Stefan Baciu, uno de sus admiradores.

Digan si no es para narrar esta historia “en modo realismo maravilloso”. Claro, esa nueva odisea ha sido referida en general por el propio Marof, por lo cual, tratándose de alguien que se inventaba y autoproclamaba todo el tiempo, nunca se sabrá a ciencia cierta dónde termina lo real y comienza la fantasía. ¿Pero para qué hacerlo si ésta tendría que ser por fuerza una biografía semifalsa, al estilo del Nabokov de Mira los arlequines

Esa la parte gloriosa de la vida de Marof. Porque después, en los años 40 y 50, ya en el país, se aclimató hacia una politiquería más estilo nacional, hasta envejecer. Esta parte final, el Marof viejito, también jugosa para quien quiere entretenerse un poco, aunque también tristona, si se miran menos satíricamente las cosas, tampoco está investigada. Pero puede ayudar un librito que ha aparecido hace poco: la correspondencia que entre 1957 y 1974 tuvo con otro famoso sujeto de nuestro olimpo redentor: el inefable Fausto Reinaga.

“Doctor Fausto”, como le dice Tristán en las cartas, quién sabe si en un guiño goethiano, escribe siempre desde su casa de Killi Killi (Villa Pabón), cercana al “callejón Zaratustra” (no sé si existirá tal callejón, pero conociendo el talante chistosamente megalómano del escritor indigenista, es altamente probable que haya sido él el autor de semejante bautizo de ese rinconcito paceño). Marof, por su parte, lo hace desde una quinta en Santa Cruz, donde se retiró a pasar su precaria vejez (hay alguna foto por ahí, circulando por la red, del espigado exrevoltoso convertido en apacible hortelano).

El tono de este carteo es monotemático: todo el tiempo ambos se consideran mutuamente y a sí mismos las únicas cumbres literarias, y críticas en posibilidad de revelar las “verdades y miserias de Bolivia”; ambos se quejan todo el tiempo del olvido injusto a que el país los ha relegado pese a su grandeza intelectual; ambos muestran los apuros económicos que los afanan, pese a lo cual se apoyan para escribir sus obras y se prestan libros.

Quizá no he dado una idea cabal de la sensación que produce este librito publicado por la Fundación Amáutica Fausto Reinaga: risa, pero también cierta tristeza por este país. Me refiero a algo que siempre me ha llamado la atención: los efectos excéntricos de la sobrealfabetización ideológica que resultó del vaciado de fórmulas, esquemas y consignas en mentes simples o meramente vacías, como las de Marof y Reinaga.

Porque, más allá de lo divertido, la historia de estas vidas acompaña y estimula la aparición de caudillos bárbaros como el actual (las “obras completas” de Reinaga han sido presentadas orgullosamente por el Vicepresidente). Pero, a fin de no terminar oscuramente, prefiero agregar a la famosa cita de Hobbes un adjetivo: la vida humana es “mezquina, desagradable, brutal, breve” y… chistosa.

Wálter I. Vargas
es ensayista y crítico literario.

63
5

Otras Noticias