Diletantismos

Traducir al traductor

sábado, 24 de noviembre de 2018 · 00:11

Tengo un ejemplar original, esto es, en inglés, de El guardián en el centeno. Comprado tiempo ha en los libros de viejo, se pueden ver en su primera página, ajada y descolorida, los nombres de un grupo de alumnas y un sello que permite reflexionar sobre la  posibilidad que hay en el país de estudiar algo de literatura en el idioma original: “Deutsche Schule”. Y después de engañarme una vez más diciéndome mentalmente que quizá lo que me faltó fue un poquito de mejor educación (estudié en un colegio del Estado), lo uso para curiosear o imaginar cómo podría haberse traducido tal o cual partecita, tal o cual palabra, sin parecer tan enojosamente españolísima, como la que tengo (editorial Alianza, traductora: Carmen Criado). 

Es que siempre he acariciado un proyecto: mejorar la traducción de alguna de esas 10 o 15 novelas del siglo XX que por buenas, por inolvidables, se lo merecerían; esto es, ponerla más o menos en un boliviano más aceptable. En el caso de El guardián… (en su tiempo, Rodríguez Monegal se quejó igualmente del fracaso de la traducción argentina), cambiaría obviamente todos los “tíos” que aparecen por “tipos”, si Holden se refiriera a los adultos (padres o profesores), o “changos” o “chicos”, si estuviera hablando de sus amigos de colegio; cambiaría, claro, las “gillipolleces” por “huevadas” o “cojudezas”, los “vamos a por…” por nuestra manera de hablar. Un trabajo básicamente lexical, como se verá, aunque obviamente ése sería sólo el principio de los problemas (qué hacer, por ejemplo, con las abundantísimas interjecciones).

Aclaración: lejos estoy de agarrármelas con esa figura prometeica, ese verdadero obrero de la literatura artística que es el traductor. No hablemos de Cansinos Assens, traductor total de Goethe, Poe y Dostoievski, ejemplo harto trajinado, sino de Walter Benjamin, traductor al alemán de tres tomos (unas 1.500 páginas) de Proust (y encima el tercero, Sodoma y Gomorra, ¡se perdió irremediablemente!, según cuentan los que saben). Estos hombres (y mujeres, seamos correctos políticamente) solo se merecen respeto y agradecimiento. 

En realidad, lo que me enoja un poquito es el asunto del coloquialismo, que se apoderó de mucha literatura del siglo XX, a diferencia del siglo anterior, y para colmo, a veces, con un gesto típica y antipáticamente antioccidental. Kennedy Toole, por ejemplo, puso como nota inicial de La conjura de los necios una cita de un tal Liebling, que reivindica el inglés de Nueva Orleans, su conexión con los aires del Mediterráneo, con Puerto Príncipe, la cultura helenística y cualquier cosa que tenga que ver con el Sur y se aleje del Atlántico Norte; esto es, un batiburrillo lingüístico-cultural-geográfico afortunadamente innecesario para disfrutar del humor desopilante de las escenas de la novela.

Yo digo: toda literatura que deposite su éxito artístico en la explotación del lenguaje oral y coloquial corre el riesgo de la intraductibilidad. El ejemplo clásico es, claro, Joyce, de quien se dijo que el lector que comprendiera cabalmente su novela debía ser un dublinés de principios de siglo XX. E inversamente, no quiero ni pensar lo qué sería de Periférica Boulevard si alguien se interesara (no se lo recomiendo) en pasarla al inglés o al francés. Para no desesperar de estas cosas es mejor decirse que frases como “comprender cabalmente” carecen esencialmente de sentido.

Después de El guardián… Salinger se puso menos coloquial, y hasta donde veo, se puede disfrutar su enorme capacidad narrativa sin mayor sufrimiento. Y en general, ante el problema, creo que mi consejo de conejo sería que, siempre que se presente, el lector debe hacer un esfuerzo para ignorar las españoladas o hacer el esfuerzo de imaginar cómo, con qué otra palabra, sonaría bien tal o cual frase. 

Para terminar, ya que me puse un poco sentimental con el tema de la traducción (a propósito, ¿hay un día del traductor?), mando a todxs lxs traductorxs una parte de la letra de Tu sonrisa inolvidable, una linda canción de Fito Paez que habla de las cuitas amorosas de un traductor, y en cierto momento dice: “Sigo sobre la idea del destino/Con Las mil y una noches no termino/Esto de traducir nunca paga bien, pero me río/Estoy hablando sólo como antes/Qué fue de tus hermanas, de tu madre/Estoy un poco loco, excúsame por agobiarte”.

 

Walter I. Vargas  es ensayista y crítico literario.

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