Diletantismos

Cabezas trotskistas

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sábado, 22 de diciembre de 2018 · 00:11

A estas alturas del partido, la palabra masista ya es sinónimo de mentiroso y/o tramposo. Trampa envolvente para posibilitar este periodo presidencial, que ya es ilegal; mentira para prolongar aun más la posibilidad de candidatear en el próximo periodo; trampa para maquillar a los candidatos truchos con unas primarias improvisadas y sacadas de la manga. Pero en medio de la desazón, puede divertir observar cómo el mentiroso a veces termina víctima de su propio frenesí fraudulento. Por ejemplo, en las elecciones judiciales aparecieron pintadas en las aceras de algunos barrios la consigna “mi voto vale”, para apuntalar la desastrosa experiencia de la elección de autoridades judiciales y contrarrestar la exitosa campaña por el voto nulo. Pero después, esas pintadas, ese “Mi voto vale”, servía perfectamente para recordar a la gente que el voto del 21-F había que defenderlo. Así que, ni temeroso ni perezoso, yo le saqué las fotitos respectivas a esas pintadas para hacerlas circular por las redes. Sí, el voto vale, señores azulitos, en las judiciales y en los referendos.

Otra faceta de la impostura permanente: a un notorio ministro de la actual dictadura le preguntó un periodista hace ya varios años sobre sus antecedentes políticos, y respondió algo así como que en su juventud había sido de izquierda quiroguista y jesuita. No dijo que era un rematado y entusiasta militante porista, como yo lo vi muchas veces en el atrio de la universidad en los años 80. Es que como ser trotskista ya no convence, hay que asumir una apariencia de izquierda democrática.

Esto de las cabecitas trotskistas es digno de atención en la azarosa historia política nacional. A los personajes de esas ideas que, como ese ministro, están avalando esta dictadura en ciernes ya solo les queda de trotskista eso: la convicción secreta de que si la gente no quiere apoyar a un gobierno hay que obligarla a hacerlo por el medio que sea. Pero hete aquí que en la oposición están algunos de sus antiguos camaradas, cabecitas imperturbables, pese a cualquier avatar histórico, que siguen convencidas de toda la cháchara fulera del proletariado y la revolución permanente y el socialismo (solo que tampoco lo dicen abiertamente). Son los que se apresuran a decir que este gobierno es el más derechista que jamás pudo darse, por lo cual lo combaten, pero eso sí, jamás al lado del resto de grupos que mal que bien están haciendo lo posible para resistir la alevosa destrucción de la democracia que se está produciendo. Resultado: más confusión en el mejunje de ideas típico de estos  trances políticos. Estoy por concluir, como otros, que esto de la izquierda y la derecha ya es arqueología pura, o peor, que siempre fue una fantasmagoría ideológica.

Si se lee, por ejemplo, la biografía que Isaac Deutscher le dedicó a León Davidovich Bronstein (por mal nombre Trotsky), se saca la conclusión de que, si él hubiera tenido las riendas del poder en Rusia, hubiera hecho las mismas barbaridades que Stalin. Lo acusaba de derechizar la revolución, pero lo único que hacía Stalin era aplicar el catecismo marxista. Pero el hombre era obcecado y soberbio; estaba seguro de que tenía la razón, y, como una manga de otros convencidos a ultranza le decían que era un genio, terminó como terminó. En cualquier caso, parece que en esa época sí eran más útiles las palabras izquierda y derecha.

En la jerigonza de los años ochenta del siglo XX antes mencionados, todavía se usaba la palabreja “reaccionario” para arrinconar a cualquiera que no estuviera con la “revolución”. Vistas las cosas ahora, no sin una sensación encontrada de melancolía histórica, yo me asumiría sin problema como reaccionario. Pues por necesarias que sean las revoluciones, (por ejemplo, para promover mayor inclusión, como en ésta) siempre es saludable el reaccionario que alerta sobre los peligros o los excesos. Mucho más cuando el precio que se paga, la pérdida de la democracia, es tan alto que se comienza a pensar si valía la pena haberla hecho. Nicolás Gómez Dávila, un oscuro, más que olvidado, aforista colombiano, sintetizó esto talentosamente: “Lo que el reaccionario dice no interesa nunca a nadie. Ni cuando lo dice, porque parece absurdo; ni al cabo de unos años, porque parece obvio”. Ni más ni menos.

 

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario

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