Diletantismos

Ciudades y librerías

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sábado, 21 de julio de 2018 · 00:11

Compré un librito en mi última visita a Santa Cruz, sobre el tema, a decir verdad, ya harto trajinado, de las ciudades en la literatura. Está dedicado a Alejandría de Egipto y contiene una selección de textos escritos por algunos nombres centrales de la literatura del s. XX, como Ungaretti, E. M. Forster, Kavafis, M. Yourcenar, y del anterior, como Flaubert, con fotos y un diseño encantador. Esto es, uno de esos libros-objeto preciosos que la actual industria editorial ofrece a los querendones de los libros bonitos, pero además con buena literatura. Sólo después caí en cuenta de que en realidad ya tengo la mayoría de esos textos, pero la tentación fue irresistible.

El libro no es tan viejo (2005), aunque quizá en este raudo mundo ya sea considerado como tal; en todo caso, lo compré en El Garaje, la mejor librería de segunda mano de Santa Cruz, y mejor que las de La Paz (como que nunca antes había visto ese título en sus calles). Parece una de las decenas que hay en Baires, y de hecho está organizada con ese estilo. Su dueño, el señor Chazarreta (no recuerdo su nombre), me dijo, no muy seguro de si debía ser un motivo de orgullo, que era familiar del popular cantautor paceño.

Eso fue la primera vez, cuando conocí el lugar, porque en mi segunda visita me encontré, por boca de su esposa, con que entretanto, Chazarreta había muerto. Así que este textículo va como un pequeño homenaje a ese librero de una ciudad a la que hace poco se acusó de carecer dramáticamente de librerías.

Cuando se habló del tema, alguien dijo que al afirmar que en Santa Cruz había dos o tres librerías y dos millones de habitantes, no se estaba incluyendo a las librerías religiosas ni a las de “saldos”. Como si leer sobre religión no fuera leer. Como si no hubiera literatura católica (que es la que conozco algo, pero es obvio que cosa similar debe ocurrir con otras tradiciones y culturas religiosas) de altísimo nivel. Y también la palabra saldo, claro, es problemática, tratándose de arte. La literatura clásica, lanzada hace muchos años, a menudo por editoriales ya desaparecidas, y que abunda en El Garaje, ¿puede ser calificada meramente de saldo? Parece que en la queja hay más un culto excesivo de lo simplemente novedoso, y no una incidencia más profunda en la literatura. 

Como cualquier cruceño debía saber, para llegar a El Garaje hay que caminar algo así como cinco cuadras, tomando la plaza principal como referencia. Y pasear por ciertas calles viejas del centro en Santa Cruz es uno de sus encantos, como se sabe, pero en invierno; se libra uno del brutal frío paceño, y en algunos recodos se puede conseguir un poco de paz y silencio, lejos de la locura automovilística. 

 Hay un aura melancólica en esa vieja Santa Cruz, no sé, una de esas cosas de las que gustaba hablar Walter Benjamin y que mis limitaciones narrativas me impiden transmitir; y no sé si algún novelista o cuentista, o mejor, un poeta nacional haya intentado hacerlo. Por otro lado, tiene la suerte de no ser sede de Gobierno para que criminales estéticos hagan cosas como el “Palacio del pueblo”, que bien pudo haber sido construido, si realmente hacía falta, en una parte más moderna de La Paz. 

Pienso que es cierto que una ciudad como Santa Cruz se merece más cultura literaria, pero también pienso que quien se las rebusca, encuentra. Y a diferencia de las enormes y glamorosas librerías, las modestas librerías de viejo esconden siempre la secreta y caprichosa posibilidad de encontrar, de pronto, y sin buscarlo expresamente, un libro insospechado y valioso. 

 En 1980,  encontré en Río de Janeiro, huelga decir que en una librería de saldos, la primera edición en español (porque hay que recordar que Costa du Rels escribió estos cuentos en francés) de El embrujo del oro  (Buenos Aires, Viau, 1948), donde están, además del remanido La miskki simi, algunos de sus mejores cuentos (por ejemplo, el cuento de terror Dos jinetes, que acertadamente ha sido incluido en la última antología del cuento nacional de la Biblioteca del Bicentenario.

 

Wálter I. Vargas es ensayista y crítico literario

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